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Hacia una constituyente


¡Qué mejor día para reiterar la necesidad de una Constituyente, que un 14 de julio! La gesta libertaria que hoy se conmemora sentó las bases para establecer el inolvidable principio que nos enseña que: "Un pueblo siempre tiene el derecho a revisar, reformar y cambiar su Constitución. Una generación no puede someter a sus leyes a las generaciones futuras".
Los múltiples problemas que confrontamos en Panamá -desde hace varios lustros- continúan intensificándose en forma acelerada e invadiendo, sin distingo, a todos los sectores que conforman nuestra sociedad. Nuestra realidad es muy distinta a la que nos presenta la clase política dirigente la cual, huérfana de un análisis apropiado de los tiempos que vivimos, no ha encontrado mejor camino que establecer pactos exclusivos entre sus integrantes y de espaldas al pueblo, quien debe ser el principal actor de cualquier pacto. Buscan así, conservar así las estructuras autoritarias y adicionarle los ingredientes que requieren sus apetitos y ambiciones políticas de monopolio del poder, como lo evidencia la rapiña por las partidas circuitales.
En Panamá, al igual que en el resto de Latinoamérica, la debilidad del Estado está demostrada ante la incapacidad para encontrar solución a los problemas nacionales y su manifiesto rechazo a salir, de una vez por todas, de un tipo de sociedad tradicional para incorporarnos a los grandes cambios y transformaciones del mundo actual. Ni las instituciones públicas, ni las estructuras políticas existentes, al igual que los mecanismos administrativos o electorales existentes, corresponden a nuestras circunstancias políticas, sociales, educativas o económicas. No pueden interpretar y mucho menos expresar las realidades que vive nuestro país. La crisis es evidente como evidente es- cada vez más- la necesidad de un verdadero cambio.
Ante el vacío institucional, ético, político, jurídico y de todos los órdenes que, además de todo, frena la economía, es cada día más urgente convocar un proceso Constituyente que tenga una Asamblea Nacional Constituyente como instrumento más adecuado y propicio para transformar a fondo el Estado. Hoy por hoy es más palpable que nunca, que el Estado no le brinda a sus ciudadanos, en medio de su desfasada organización y desatinados mecanismos de actuación, la adecuada atención a los problemas de las grandes mayorías nacionales con la responsabilidad, eficiencia y seriedad debidas. Hoy por hoy, el panameño se encuentra indebidamente protegido y es la principal víctima de la irresponsabilidad estatal. Como se ha dicho "tenemos un Estado demasiado pequeño para las cosas grandes y demasiado grande para las cosas pequeñas"
Una Asamblea Nacional Constituyente, electa democráticamente por todos y sin cortapisas de ninguna naturaleza, es el instrumento idóneo para que todos los panameños seamos los verdaderos protagonistas y los verdaderos propietarios de nuestro propio destino. No podemos, adentrados ya en el siglo XXI, permitir que unas pequeñas minorías (de caras pintadas o fiduciarias) sean las que sigan decidiendo a nombre de las mayorías y tomando decisiones que son en beneficio de quienes las hacen y no de quienes dicen representar.
Muchos de los actuales detentadores del poder, al igual que los PRD"s que les precedieron, se aterran ante la idea de una Asamblea Nacional Constituyente pues ella conlleva una mayor participación del pueblo a todos los niveles de discusión y toma de decisiones. Les resultaría entonces más difícil el poder manipular con sus maquinarias políticas y electoreras todo el proceso de administración de la cosa pública. Una Asamblea Nacional Constituyente permitiría elevar el grado de educación política de todos, especialmente de la juventud panameña que crece sin poder ejercer plenamente su derecho a opinar y decidir.
El pueblo panameño clama por una transformación real, por un verdadero programa económico y social, por una administración de justicia que cierre los caminos de la impunidad y de la corrupción, que ponga fin al monopolio partidista y que logre una descentralización de poderes y recursos el Estado para que se beneficien las comunidades. Una Asamblea Nacional Constituyente, sin convertirse en una panacea o hacedora de milagros, sí puede convertirse, como instrumento efectivo de participación popular, en la más eficaz herramienta modernización de la democracia, de renovación política real y verdadera.
La democratización de la vida nacional pasa por la creación de mecanismos de participación de todos los sectores de opinión, por el derrumbe de los muros que hacen hoy día, impenetrable para el pueblo la arbitrariedad del Estado y sus Organos de Gobierno. Una Asamblea Nacional Constituyente abriría los caminos necesarios para que haya una mayor democracia, para que el pueblo no sea espectador sino actor.

101 años de Panamá América

 
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