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Hacia una revolución educativa


Algunas organizaciones de padres de familia están promoviendo paros y huelgas porque el Ministerio de Educación eliminó varias juntas provinciales creadas por el gobierno pasado para descentralizar los nombramientos y hacer más participativo el papel de los padres.
Pero lo que luce a primera vista como un loable esfuerzo por preservar una modesta cuota de poder dentro de un engranaje estatal excluyente, no es sino una lucha egoísta para preservar prebendas, estipendios y sobre todo, la facultad de nombrar parientes, amigos y favoritos, tradicional patrimonio de los partidos en el gobierno.
Ni unos ni otros están movidos por el deseo sincero de solucionar una educación pública en crisis. La podredumbre y la calidad no pueden ser peores, mientras el abismo con la educación privada se profundiza, erigiéndose en el mayor instrumento de desigualdad y perpetuación de la pobreza. En Chile, en cambio, quienes dirigen la educación pública usan a las escuelas particulares como medida de referencia, procurando no estar jamás por debajo. Seguir hablando de los problemas es fácil y tentador, sólo que en esta ocasión nos abocamos a la tarea más difícil, de proponer alternativas de solución a inmediato plazo.
Proponemos, como en Chile, reducir la proporción del presupuesto que se va en planillas de personal administrativo. Parte del ahorro debe ir a mejorar la remuneración de los educadores previo establecimiento de un riguroso y objetivo sistema de méritos. Otra parte debe invertirse en material y becas. Cuba tiene un excelente sistema de becas basado en la necesidad y el talento. Un niño pobre de una apartada zona rural, que demuestre especial talento, será trasladado con beca a un centro especial, superior al nivel usual. Proponemos dejar la educación secundaria y la universitaria como están, con los aumentos anuales de siempre. Por más que hagamos o gastemos, el retorno será igual de pobre. Son el fruto de una estrategia mal concebida.
Volquemos en cambio todos los esfuerzos y recursos en el jardín de la infancia, empezando por las áreas más pobres. Asegurémonos que esos niños de cuatro años se alimenten bien, que reciban adecuada atención de salud, que mejoremos su entorno. Pongámoslos en centros bien dotados, con bibliotecas, computadoras, maestros bilingües, internet y demás. Preparemos para ellos un primer grado de primer mundo, con doce horas diarias, de mucha materia y mucha ética, con métodos audiovisuales. Y supervisemos su estudio en casa. Atendamos pues plenamente al jardín de la infancia y la escuela primaria; y veremos la diferencia a la vuelta de pocos años, cuando cada uno de esos niños, al salir de primaria, vea el mundo con ojos distintos y sean capaces de absorber al mundo. Y cuando eso logremos, debemos tenerles listo el primer año de secundaria, que reemplace al de los desastrosos de hoy.


101 años de Panamá América

 
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