default

Hantavirus sombrero pintao


La epidemia del hantavirus en la región santeña me permite en esta ocasión reflexionar sobre la tragedia de nuestro pueblo; y no me referiré exclusivamente a la mortal enfermedad, sino a lo que se esconde tras la urgencia sanitaria en la zona. Siendo fiel a lo que observamos en América Latina, a Los Santos le acontece igual que a los miles de poblados latinoamericanos que sólo son noticia dentro de tres categorías de hechos. La primera de ellos se relaciona con algunos eventos noticiosos que tienen su origen en curiosidades de fraude vernacular o, en el peor de los casos, debido a la existencia de una tragedia. La tercera variante se refiere a la reacción de grupos contestarios que sienten que son vulnerados sus derechos, alternativa que sin duda es la menos publicitada.
Lo acontecido en Los Santos es una mezcla de los tres factores que he mencionado. Como sabemos, la provincia santeña es muy conocida por la defensa que hace de su identidad regional; sin embargo, víctima de un folclor adulterado terminó el Siglo XX por asumir acríticamente el papel de reducto folclórico nacional. Entre polleras, cutarras, mejoranas, acordeones y murgas hizo del carnaval la apoteosis de su cultura popular. Al final, como ha acontecido con otros productos culturales de Los Santos, la fiesta del Rey Momo se trastocó en una empresa de atracción turística y de rentabilidad económica. Hoy, iniciado el Siglo XXI, el carnaval es una industria sin chimenea y una parte inseparable de la idiosincrasia del azuerense. El carnaval no sólo es tradición, constituye un escaparate económico que permite a todo el mundo ganar sus reales, desde las licoreras hasta el hombre que vende su helado en carretilla y la fondera que sabe que la presa de lechona será devorada por hambrientos comensales. Naturalmente, uns ganan más que otros, pero todos tienen su pedazo del pastel económico. Factores como lo que intento exponer son los que explican la actitud santeña ante la suspensión del carnaval por causa del hantavirus. La primera reacción fue de incredulidad y de negación de la realidad. La gente se devanaba los sesos tratando de comprender cómo era posible que una rata montaraz (aunque fuera nativa y usara sombrero pintao), pudiera trastocar lo más preciado del santeño: disfrutar la efímera gloria de rendir pleitesía a Baco y a las reinas de las tunas. Esto explica la cantidad de rumores que generó el suceso, desde aquellos que comentaban en el Parque Porras que "aquí hay gato encerrao", hasta los que en La Villa se preguntaban: "¿Y qué tendrá que ver en todo esto Cerro Quema?". Al final las inmensas mayoría de las personas se quedó en sus casas y terminó por entender que la salud es primera y por percatarse que en Panamá sin el carnaval azuerence la fiesta de Momo pierde gran parte de su mágico esplendor.
Sumemos a lo que hemos planteado, el manejo inadecuado de la información y la reacción tardía del Ministerio de Salud y lograremos una primera aproximación a la temática. Sin embargo, los verdaderos resortes de la reacción colectiva de Los Santos son producto de fenómenos que se han venido incubando desde hace muchos años. Porque no son sólo ratas de cuatro patas las que atacan a la región, son variados los "hantavirus" que enferman la sección sur de la Península de Azuero. Entre ellos el hantavirus del gamonal político, el hantavirus de la deforestación, el hantavirus de la minería, el hantavirus de los bailes y discotecas, así como el hantavirus de la migración. La verdad es que esta otra epidemia la vieja ya no es noticia, pero ello no impide que siga corroyendo las bases del sistema social. Otra cosa es percatarse que el carnaval y el licor siempre han matado más gente que el hantavirus.
En nuestro país uno tiene que reconocer que no deja de ser un poco cómico que un simple roedor haya venido a sembrar el pánico y enseñarle al istmeño que no se puede seguir viviendo en un país que carece de planes de contigencia y que urge que frenemos el jolgorio colectivo en que vivimos. Por ejemplo, sólo las ratas han logrado parar los bailes en Azuero. Gracias a ellas al fin el Ministerio de Salud acude masivamente a las calles a conversar con la gente, han salido a relucir las implicaciones de la destrucción del medio ambiente y la necesidad de mantener el equilibrio ecológico. Hasta los insectos intentan incidir en las figuras de índole política y los sismos vienen a recordarnos que no es cierto aquello de que "somos un pueblo bendito por Dios". Como si fuera poco, las ratas han movido a un alcalde a "descubrir que en el distrito de Panamá existe un promedio de 2.5 millones de roedores, cuando ese mismo municipio apenas tiene un estimado de 800 mil habitantes y el hambre deambula por las calles.
Al final sólo me queda agregar lo que ya dijo un paisano en la guarareña playa de Bella Vista: ¡Tenía que ser santeña pa"ser una rata tan bellaca!. ¡Joo... a puesto a parí a to"el mundo, compa!

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América