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¿Hasta cuándo aguantará nuestra paciencia ?


La urbe capitalina está atravesando por un congestionamiento vehicular descomunal que afecta en muchas formas a todas las personas que aquí vivimos y trabajamos. A ese problema que cada día tiende a agravarse más, tenemos ahora la modalidad de los cierres de las calles como método de protesta, ordenados por algunos dirigentes gremiales para darle, con ello, fuerza a sus protestas.
No dudo que algunas de estas posiciones, como la lucha por el aumento del salario, la reducción del costo de la canasta familiar y el aumento del precio de la luz tengan plena justificación, pero ello, en modo algunos no da el derecho a causarle tanto daño, como son los paros vehiculares a quienes componen nuestra sociedad. Esas medidas extremas causan un repudio total no sólo para quienes las promueven, sino también le restan simpatía y respaldo a las causas que dicen defender.
Se han presentando en muchas ocasiones, casos increíbles en los cuales de 10 a 15 personas, que en la mayoría de las veces ni siquiera entienden el alcance de lo que buscan, cierran una vía muy transitada por varias horas.
El panameño por naturaleza es muy paciente y pacífico, pero ¿hasta dónde podrá ese individuo mantener un control ante el efecto negativo que estos tranques le vienen causando a su estado anímico? Ojalá, que en medio de la desesperación que estos paros pueden causarle, no se produzcan hechos que lamentar; todo acto de violencia engendra violencia, y el cierre de calles es un acto de violencia aunque sus dirigentes no lo vean así.
Esos dirigentes de gremios, por más justificación que puedan tener las causas que defienden, van perdiendo todo el respaldo de la comunidad, ellos y sus causas.
En una democracia, las protestas tienen amplia cabida y son muy necesarias, pero hay que buscar otros métodos que conduzcan al mismo fin sin perjudicar a terceros. Varios de esos dirigentes ni siquiera trabajan, ni lo han hecho nunca y viven a costa del trabajo de otros. No pagan impuestos, por supuesto, pero se creen los dueños y señores del país y que ellos son la ley. Eso sí, hacen uso de la más reprochable demagogia. Son algunos de estos personajes, viejos anarquistas que sólo saben protestar y jamás han presentado soluciones serias y viables para mejorar las condiciones de vida de quienes dicen defender. El pueblo los conoce y jamás los ha respaldado. Nunca se han atrevido a optar por un puesto de elección por un partido político o de forma independiente porque no cuentan, por sus acciones negativas, con el respaldo ni siquiera de los sectores que ellos dicen representar.
Creo en la protesta y hay muchas formas pacíficas de lograr los objetivos perseguidos, pero considero también que debemos tener más responsabilidad en la defensa de nuestros puntos de vista. Las manifestaciones son bienvenidas. La utilización de la radio y la televisión son métodos civilizados que sirven para orientar la opinión pública. No sigamos, eso sí, haciéndonos un "jaraquiri" que logra efectos muy contrarios a los que se persigue.

101 años de Panamá América

 
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