Hay maestros que sí son educadores
No sé por qué me llamaron como jurado para ese concurso de oratoria entre niños de primaria, quienes debían hablar del modo de vida ideal para tener un corazón sano. Yo, que bebo ron, se puede decir que ingiero manteca cruda, a veces fumo, no hago ejercicios y asumo que el estrés es la materia prima en mi trabajo, me sentía como pez fuera del agua.
Aún así acudí y me llevé la sorpresa de mi vida. Primero, más de una decena de chiquillos y chiquillas de cuarto a sexto grado me deslumbraron con su fiereza, su dominio del tema, el temple de sus voces y la seguridad con que se pararon en el escenario y cautivaron a la audiencia. Y, segundo, los maestros de escuela que allí estaban me hicieron ver que no todo está perdido. Les noté una devoción por el sublime arte de educar que tenía tiempo sin ver. Mimaron a sus pupilos y pupilas, mientras afuera sus colegas se debatían en una huelga que considero absurda, ellos estaban ahí, desde muy temprano, haciendo una pausa en su lucha, y realizando un trabajo que todo el dinero del mundo no alcanza para compensar.
Todos los niñitos lo hicieron muy bien, pero debo admitir que hubo dos casos que -en lo personal- me sedujeron: el de una bebita de la escuela Venezuela, Karim, y el de un indígena, Eduardo Caraquito, creo que de la escuela Federativa del Brasil, ambos del cuarto grado. Estos dos pequeñines me indicaron que habían perseverado mucho, que saltaron gigantescos obstáculos para estar ahí, y que nada en la vida los va a detener cada vez que se impongan una meta. Despertaron en mí una esperanza que me hacía falta en estos días.
De los maestros debo decir que los admiro. No importaron en ese momento sus demandas y sus compromisos gremiales; lo valioso ese día eran sus alumnos, y por eso hicieron un alto en la batalla para construir el mañana.
¡Ah, y claro, decidí ponerme a dieta!
La discusión de un Plan Nacional de Desarrollo solamente tiene sentido si el debate entra el fondo de las causas de nuestro subdesarrollo. Ya es hora de que dejemos los rodeos, pues ellas son conocidas: Desigualdad, corrupción, ausencia de seguridad ciudadana, desempleo y pobreza, y la persistencia de un sistema político electoral que castra toda posibilidad de desarrollo democrático.
El gobierno, flagrantemente ha incumplido sus promesas electorales; pero a la "oposición" le falta coraje para emplazarlo y pedirle cuentas. La convocatoria tardía y acomodaticia del gobierno al diálogo puso a prueba a la "oposición", que nuevamente falló. El gobierno confesó su incapacidad al reconocer, después de dos años de gobierno, que carece de un Plan de Desarrollo. Ese era el momento para que la oposición demostrara coherencia y ofreciera alternativas a la incapacidad gubernamental.
La ampliación no es urgente y, por tanto, el tema debe posponerse, hasta tanto se llegue a un verdadero acuerdo nacional sobre su conveniencia y oportunidad. Lo urgente es que abordemos los temas que sí lo son. El hambre y la miseria que galopan desbocadas, mientras se amasan más y más grandes fortunas y crece la brecha de la desigualdad, son el problema inmediato. La ausencia de bases democráticas para la participación popular es también un problema urgente. Eso lo sabe el gobierno y también la "llamada oposición", pero prefieren "cuentearse" mutuamente, porque los intereses de sus dirigentes son otros.
El error, tanto de los dirigentes del gobierno como de la "llamada oposición" es creer que esta nueva cortina de humo engañará al pueblo, pero se equivocan.
Aún así acudí y me llevé la sorpresa de mi vida. Primero, más de una decena de chiquillos y chiquillas de cuarto a sexto grado me deslumbraron con su fiereza, su dominio del tema, el temple de sus voces y la seguridad con que se pararon en el escenario y cautivaron a la audiencia. Y, segundo, los maestros de escuela que allí estaban me hicieron ver que no todo está perdido. Les noté una devoción por el sublime arte de educar que tenía tiempo sin ver. Mimaron a sus pupilos y pupilas, mientras afuera sus colegas se debatían en una huelga que considero absurda, ellos estaban ahí, desde muy temprano, haciendo una pausa en su lucha, y realizando un trabajo que todo el dinero del mundo no alcanza para compensar.
Todos los niñitos lo hicieron muy bien, pero debo admitir que hubo dos casos que -en lo personal- me sedujeron: el de una bebita de la escuela Venezuela, Karim, y el de un indígena, Eduardo Caraquito, creo que de la escuela Federativa del Brasil, ambos del cuarto grado. Estos dos pequeñines me indicaron que habían perseverado mucho, que saltaron gigantescos obstáculos para estar ahí, y que nada en la vida los va a detener cada vez que se impongan una meta. Despertaron en mí una esperanza que me hacía falta en estos días.
De los maestros debo decir que los admiro. No importaron en ese momento sus demandas y sus compromisos gremiales; lo valioso ese día eran sus alumnos, y por eso hicieron un alto en la batalla para construir el mañana.
¡Ah, y claro, decidí ponerme a dieta!
La discusión de un Plan Nacional de Desarrollo solamente tiene sentido si el debate entra el fondo de las causas de nuestro subdesarrollo. Ya es hora de que dejemos los rodeos, pues ellas son conocidas: Desigualdad, corrupción, ausencia de seguridad ciudadana, desempleo y pobreza, y la persistencia de un sistema político electoral que castra toda posibilidad de desarrollo democrático.
El gobierno, flagrantemente ha incumplido sus promesas electorales; pero a la "oposición" le falta coraje para emplazarlo y pedirle cuentas. La convocatoria tardía y acomodaticia del gobierno al diálogo puso a prueba a la "oposición", que nuevamente falló. El gobierno confesó su incapacidad al reconocer, después de dos años de gobierno, que carece de un Plan de Desarrollo. Ese era el momento para que la oposición demostrara coherencia y ofreciera alternativas a la incapacidad gubernamental.
La ampliación no es urgente y, por tanto, el tema debe posponerse, hasta tanto se llegue a un verdadero acuerdo nacional sobre su conveniencia y oportunidad. Lo urgente es que abordemos los temas que sí lo son. El hambre y la miseria que galopan desbocadas, mientras se amasan más y más grandes fortunas y crece la brecha de la desigualdad, son el problema inmediato. La ausencia de bases democráticas para la participación popular es también un problema urgente. Eso lo sabe el gobierno y también la "llamada oposición", pero prefieren "cuentearse" mutuamente, porque los intereses de sus dirigentes son otros.
El error, tanto de los dirigentes del gobierno como de la "llamada oposición" es creer que esta nueva cortina de humo engañará al pueblo, pero se equivocan.