default

Hay que tomar La Bastilla


Las sociedades con epidermis frágiles, de fácil resquebrajamiento, sumergidas en la autocomplacencia de una supuesta felicidad, olímpicas y soberanas en la imprudencia, transforman su futuro en el albur de naipes marcados, cuyo destino alguien juega en su castillo de arena.
Sin duda, que la llamada Sociedad Civil, puesta en la moda que más incomoda y erigida como tótem de una tribu moderna que formamos todos, sin excepción, ni omisión, no es una fuente de orden y armonía espontánea, como algunos sostienen contra marea y a favor de sus propios vientos.
Por ello, estimular la crítica, fomentar el diálogo abierto, y transparente, documentado, con ideas, respetuoso en la forma y contenido, contribuye, cimienta y libera la forma constructiva que debe tener toda democracia estable, madura y en crecimiento permanente.
Los esfuerzos de esta era globalizada, transnacionalizada, de acomodo y reacomodo, de reinado de las comunicaciones en el amplio término de la palabra, y de transición hacia donde aún no sabemos, tienen también la dirección de construir una cultura democrática en la Sociedad Civil y, al mismo tiempo, democratizar la sociedad política.
No hay duda alguna que el civismo es una actitud diaria, permanente, de todos los días y en cada lugar y escenario público como privado, desde donde se desprende una conducta responsable ante sí y los demás, sin pompa, pero con el decoro que otorga la dignidad.
Anthony Giddens, ya lo dijo en un trabajo sobre la denominada tercera vía-nuevo viejo modelo que causa revuelo en el capitalismo- el "tejido democrático es prioridad de la Sociedad Civil, y allí el Estado tiene su propio papel, donde no se extingue, ni cae en estado catatónico o hace mutis por el foro, a favor de un nuevo escenario y recomposición social.
En la Sociedad Civil, se ha dicho y se sabe, existen conflictos de intereses - no todo es miel sobre hojuelas- y es allí donde debiera verse el manto protector del Estado a favor del individuo, la persona humana.
Ciertamente el Estado no puede estar en todas partes, pero tampoco, en ninguna y menos en el limbo donde reina la indefensión ciudadana.
De ahí que la Sociedad Civil está llamada a jugar, en este escenario del tercer milenio, la carta democrática y de la democratización, no sólo del Estado, sino de la sociedad política y de la Nación en su conjunto.
Es un requisito sine qua nom, necesario, indispensable para el crecimiento, estabilidad y desarrollo sostenible de un país, que la Sociedad Civil contribuya y apoye creativa y decididamente a un gobierno surgido de una mayoría con suficiente respaldo nacional, lo que le garantizará, en principio, y permitirá cumplir con su rol de "administrador de la civilidad".
La historia que tantas pasadas nos juega, con la precisión única de recordarnos que los hechos se repiten y que a veces cuando ello ocurre más de una vez, dan paso al sainete, nos indica también que a veces, la desconfianza en las autoridades tiene el respaldo inequívoco de ese pasado que se repite como frente al espejo.
A medida que avanza el análisis, podemos concluir, entre muchas otras cosas, que la Sociedad Civil necesita del Estado y viceversa. Su comunión de principios, es recomendable, pero no algo que se dé espontáneamente, ni a la perfección.
Hay un camino por recorrer y no será de rosas. Los medios de comunicación y desde luego, los periodistas, tienen una gran tarea y un amplio campo para maniobrar en este escenario.
Si a alguien le impone una dedicación especial en este nuevo escenario de la Sociedad Civil del siglo XXI, es al periodista, a quien se le exige una formación más profunda, rigurosa y atenta a los acontecimientos cotidianos, públicos y privados, guardián indiscutible, por demás, de la democracia, esa que no se cocina entre gallos y medianoche, sino que se construye como las maravillosas pirámides egipcias, para derrotar el tiempo, ser permanentes y buscar con ello la perfección humana.
El periodista cabalga, a veces, solitario en su computadora personal, teclea, y pareciera no dejar huellas, pero la palabra verdadera se hunde en la arena o en cualquier superficie, para asomar una y mil veces y expresar lo que no pueden hacer los que no tienen voz.
No escribe para, ni se dirige, el periodista a quien concierne, sino a usted, amigo lector, a un destinatario común y corriente, capaz de conmoverlo con la palabra, y debe intentar hacerlo su cómplice, en la verdad y transparencia de los hechos, sin más trucos que la veracidad y el uso de un lenguaje exacto, que le entregue la dimensión y trascendido de los acontecimientos.
El renacimiento de los contenidos en los impresos, no sólo es una tendencia en la prensa mundial de mayor desarrollo, sino una necesidad para sobrevivir frente a la competencia electrónica y de la comunicación instantánea, pero también del lector que desea participar en el conocimiento de una información analítica, documentada y verdadera.
Los medios y el periodista también compiten en el mercado de la información global, a través de una información equilibrada, donde deben destacarse la excelencia editorial e independencia en los enfoques.
Los impresos están en el ojo de la tormenta en un mundo de cambios vertiginosos que suelen producir aturdimiento, porque de ellos se espera algo más que papel entintado o una tipografía bien ordenada. En primer lugar, los medios del siglo XXI deben luchar contra el exceso de actualidad que impone el mundo electrónico de la imagen y de la voz. Es más barato y fácil hoy proyectar la imagen de un candidato, que reflejar, analizar, presentar, su propuesta de gobierno. Esta es tarea indispensable para un impreso, en una Sociedad Civil dispuestas a pensar para avanzar.
En segundo lugar, los medios del siglo XXI deben conocer y dominar el entorno revolucionario creado por la tecnología en un mundo globalizado, pero fragmentado en materia de información, producto del creciente e irresponsable protagonismo que se le otorga cada día a la imagen.
El público quiere entender lo que pasa. Los diarios debieran ser productores, entonces, de contenidos.
En tercer lugar: hay que competir con información creativa, objetiva, historias, temas de interés común, para participar del mercado publicitario en el tercer milenio y del favor o escogencia del público lector.
En cuarto lugar, que podría ocupar un sitio preferencial, el periódico deberá poseer una identidad propia, adaptarse a los cambios, pero sin dejar de ser fiel a su esencia y principios.
Según Jacques Attal, intelectual francés ex asesor de Francois Mitterrand, quien nos orienta con un lúcido y visionario enfoque acerca del limbo en que vivimos, hacia donde quizás vamos y qué está sucediendo -más o menos "porque hay muchas sociedades y son muy complejas"- hay que tomarse la Bastilla. Un viejo hecho histórico-político-social, recientemente conmemorado, pero que en la actualidad pareciera ser más difícil de ejecutarlo a juicio de nuestro autor.
Esto se debe según Jacques Attal, porque nadie sabe dónde está ahora La Bastilla, porque el rey es el mercado y resultado algo abstracto cambiar instituciones invisibles.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América