Helmut Kohl
El excanciller alemán Helmut Kohl se ha marchado tranquilo a casa, satisfecho de haber cumplido plenamente su deber tras 16 años de ejercicio del poder. Lo sucede el socialdemócrata Gerhard Schroder quien logró derrotar a la coalición socialcristiana de Kohl el pasado domingo.
Alemania ha tenido la fortuna de contar con una envidiable sucesión de excelentes estadistas desde el término de la Segunda Guerra Mundial, empezando por Konrad Adenauer (1949-1963), a quien correspondió la difícil tarea de la reconstrucción.
Los implacables bombardeos aliados dejaron a una nación en la que no quedó piedra sobre piedra. Las ciudades fueron reconstruídas en base a planos y fotos de archivo. Y al cabo de unos años todo lucía como antes. Se habló entonces del "milagro alemán".
Los ancianos y las mujeres pusieron una alta cuota de sudor y sacrificio porque tras el conflicto, escaseaba la mano de obra masculina, sacrificada en los campos de batalla. Pero ya durante el gobierno del socialista Willy Brandt (1969-1974), Alemania era una potencia económica de escala mundial.
Brandt logró un acercamiento al bloque soviético, lo que a la postre resultó vital para lograr la ansiada reunificación alemana, cuya escisión estaba representada en un ominoso muro erigido durante los años más crudos de la Guerra Fría.
Pero fue a Helmut Kohl a quien correspondió encabezar los momentos estelares de la Alemania de hoy. Bajo su mandato se consolidó el liderazgo del país en Europa. Su plena comunicación con el primer ministro soviético Mijail Gorvachov facilitó la reunificación alemana y la caída del muro de Berlín, aun cuando quiera verse como efecto necesario de la caída del comunismo en la Unión Soviética y su posterior disolución.
También durante el gobierno de Kohl se consolidó el eje París-Berlín que forzó la actual Unión Europea, con su consiguiente unión monetaria en torno al "euro", y la implementación de sólidos pasos hacia una próxima integración política.
Kohl sin embargo pagó el alto precio de la unificación, en la que una Alemania Occidental próspera y moderna tuvo que subsidiar y compartir su prosperidad con su atrasada hermana del Oeste, haciéndose en consecuencia menos rica. También pagó un precio de generosidad a Rusia, en forma de masivos préstamos blandos y donaciones. Y si fue difícil derribar el muro de Berlín, mucho peor ha sido derribar el muro mental de los alemanes el este, en su esfuerzo por integrarse a una economía de mercado.
Alemania ha tenido la fortuna de contar con una envidiable sucesión de excelentes estadistas desde el término de la Segunda Guerra Mundial, empezando por Konrad Adenauer (1949-1963), a quien correspondió la difícil tarea de la reconstrucción.
Los implacables bombardeos aliados dejaron a una nación en la que no quedó piedra sobre piedra. Las ciudades fueron reconstruídas en base a planos y fotos de archivo. Y al cabo de unos años todo lucía como antes. Se habló entonces del "milagro alemán".
Los ancianos y las mujeres pusieron una alta cuota de sudor y sacrificio porque tras el conflicto, escaseaba la mano de obra masculina, sacrificada en los campos de batalla. Pero ya durante el gobierno del socialista Willy Brandt (1969-1974), Alemania era una potencia económica de escala mundial.
Brandt logró un acercamiento al bloque soviético, lo que a la postre resultó vital para lograr la ansiada reunificación alemana, cuya escisión estaba representada en un ominoso muro erigido durante los años más crudos de la Guerra Fría.
Pero fue a Helmut Kohl a quien correspondió encabezar los momentos estelares de la Alemania de hoy. Bajo su mandato se consolidó el liderazgo del país en Europa. Su plena comunicación con el primer ministro soviético Mijail Gorvachov facilitó la reunificación alemana y la caída del muro de Berlín, aun cuando quiera verse como efecto necesario de la caída del comunismo en la Unión Soviética y su posterior disolución.
También durante el gobierno de Kohl se consolidó el eje París-Berlín que forzó la actual Unión Europea, con su consiguiente unión monetaria en torno al "euro", y la implementación de sólidos pasos hacia una próxima integración política.
Kohl sin embargo pagó el alto precio de la unificación, en la que una Alemania Occidental próspera y moderna tuvo que subsidiar y compartir su prosperidad con su atrasada hermana del Oeste, haciéndose en consecuencia menos rica. También pagó un precio de generosidad a Rusia, en forma de masivos préstamos blandos y donaciones. Y si fue difícil derribar el muro de Berlín, mucho peor ha sido derribar el muro mental de los alemanes el este, en su esfuerzo por integrarse a una economía de mercado.