Heridas abiertas
Uno de los íconos más representativos que anunciaban nuevos tiempos políticos en Panamá se resume en una foto donde aparece Manuel A. Noriega en manos de un agente de la DEA a punto de subir al avión que lo llevaría a EE.UU. acusado de narcotráfico. La dictadura militar y el reinado de el “man” tocaban fondo. Pero no así su legendaria investidura, perenne en muchas mentes.
Algunas de sus víctimas buscaron sanación en la espiritualidad, otras, aún reclaman a sus desaparecidos.
Una parte de la historia panameña se esfumó sin aclararse. Los gobiernos de turno poco hicieron para recuperarla a través de su extradición. Nunca se determinaron en encarar la verdad, en vez, permanecieron pasmados ante las historias que cobrarían vida con su regreso.
Otra carga la comparte el sepulcral “código del silencio” castrense, envainado de secretos y evidencias que, sin un motivo contundente, nunca serán revelados. Un espectro silencioso nos ha impedido madurar como panameños, no confrontamos la historia. No se trata de impregnar venganza entre unos y otros, sino de evolucionar, aprender del pasado para superarlo.
Noriega entró en la postrimería de su vida, la oportunidad de encararlo y escuchar de sus labios lo ocurrido es muy probable que no se repita, su condición senil podría excusarlo impunemente con el paso del tiempo.
¿Cual fue el temor de repatriarlo? ¿ Será que Noriega aún cuenta con la fuerza suficiente para amedrentar a pares y adversarios? ¿Serán sus testaferros quienes han influenciado para evitar su regreso?
Muchos países compartieron dictaduras similares a la nuestra y sus protagonistas pasaron por procesos legales tortuosos. Algunos pagaron años en las mismas prisiones donde torturaron o desaparecieron a sus enemigos. Ejemplos donde la justicia logró cerrar algo más que heridas profundas. ¿Lograremos cicatrizar las propias?