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Historia de una maestra


El desempleo y la pobreza que golpean a muchas sociedades, incluso la nuestra, crean un sistema demasiado injusto que no valora la vocación y sacrificio que realizan algunos profesionales. Los educadores son símbolo esencial de la lucha por mejorar la calidad intelectual y social de los infantes y jóvenes, a través de la enseñanza tecnológica e ideológica que promueve una nueva visión del recurso humano panameño. Sin embargo, muchos de estos profesores, y maestros en especial, deben pasar por innumerables situaciones que van desde trabajar sin las herramientas necesarias hasta laborar en lugares lejanos, donde el progreso pareciera no llegar.
Hace unos días visité una comunidad rural en Chiriquí, llamada Alto Bonito, en el distrito de Renacimiento, donde los pobladores vieron por primera vez la entrada de un automóvil por su carretera que fue hecha por los propios moradores con el apoyo del Legislador Olmedo Carreño. Pero este artículo, al margen de esas cosas, se basa en la vida diaria de sus habitantes, específicamente de la maestra Dina González, joven de 21 años, que todos los fines de semana tiene que cruzar ríos, viajar a caballo y estar lejos de su familia, para educar a 20 niños que cursan primaria.
Nos impresionaron los páramos que pasan aquellos educadores para ser útiles a sus semejantes y llevar hacia adelante una comunidad, a través de la educación como base del desarrollo social. Por eso, al conversar con esta maestra sobre sus sacrificios para dar clases a estos niños, nos damos cuenta que querer es poder y educar no cuesta nada cuando se tiene el interés de enseñar. Así mismo estarán miles de educadores que trabajan en lugares casi inaccesilbes. Pero, a pesar de la lejanía de Alto Bonito en Chiriquí, se refleja una alegría de sus habitantes al vivir en armonía con la naturaleza, pidiendo sólo un poquito de ayuda al gobierno para mejorar sus vías y desarrollar su comunidad.
Para el hombre del sin-sentido (del sin destino) sólo el poder y el tener parecen tener sentido: sólo tiene sentido el poder del dinero, el poder político, el poder de las armas, el poder del poder... no le preocupa ser más humano y más humanidad; le preocupa tener...Este ser empequeñece al mundo, porque impide que el Ser sea.
Gabriel Marcel nos dejó dicho que el hombre moderno ha perdido el sentido para el Ser, el sentido ontológico. Y que confunde su Ser con su (incompleta) vida; su Ser con su poco o mucho tener y poseer... Deshumanización de lo humano, que lleva a la despersonalización del mundo. Crisis moral y crisis de identidad y destino.
El hombre moderno, alejado del Ser, parecer ser, hoy, sólo un oscuro conjunto de funciones vitales (comer, dormir...), psicológicas o instintivo-afectivas (ver, oír, odiar, ambicionar...) y sociales (trabajar, consumir, contaminar, oprimir, o ser oprimido)...
Recordemos que sólo el animal, por su naturaleza, no busca encontrarle sentido (ni sentidos), al entorno ni al mundo, ni a sí mismo...Y no lograría alcanzarlo...El animal en su entorno, sólo percibe señales, en infinitas sucesiones de presente...
El hombre en su entorno y su interioridad, además de señales, percibe signos; y, desde señales y signos, crea símbolos... y aprehende el Ser, y su Ser y el mundo... Interpreta al mundo, y lo transforma (de modo egoísta o solidariamente)...
Por eso no debe el hombre ser el discapacitado ontológico; y ser, sí, el ser de pensares y hacimientos, de esperas y esperanzas.

101 años de Panamá América

 
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