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Hogar y fe


Hace varias décadas se llamaba Domingo de Quincuagésima que todos entendíamos como Domingo de Carnaval.
Pese a todas las bondades que quieran encontrarles a los carnavales, y la más notoria es el asueto, algunos siguen pensándolos como una "maldición congénita panameña" que no vale la pena dedicarles mucha atención y que ojalá los que tanto los defienden, los tomen en serio pues es nuestro distintivo, ya que es lo único que tomamos en serio. Aclaro que el entierro de la sardina no tiene nada de católico, por tanto no perdona lo mal hecho durante este período.
Es costumbre pagana.
Subsumiendo de nuevo el tema del hogar como escuela de fe, sin embargo se encuentran dificultades generalizadas que afectan a muchas familias en la transmisión de la fe.
La falta de suficiente comunicación. La vida actual, con su organización plural, su timo agitado y su dispersión, dificulta gravemente la comunicación familiar. Las familias viven hoy más separadas que nunca a causa del trabajo de los padres. Los estudios de los hijos y las diferentes posibilidades del fin de semana. Y cuando, por fin, se encuentran todos juntos, la televisión impone con frecuencia su "ley del silencio", impidiendo la convivencia familiar o introduciendo desde fuera los centros de interés sobre los que ha de girar la familia. Ahora bien, cuando falta verdadera comunicación en el hogar, es imposible compartir la fe y transmitirla.
El desacuerdo entre padres e hijos, sus criterios, sensibilidades y actitudes responden a modelos culturales y sistemas de valores diferentes. Hemos de señalar, sin embargo, que según estudios sociológicos recientes, el conflicto entre padres e hijos se ha suavizado en los últimos años, probablemente porque los padres han renunciado a imponer determinadas pautas de comportamiento. Por otra parte, en lo que se refiere al hecho religioso, parecen diferir cada vez menos las posiciones entre padres e hijos, en las familias jóvenes. Todos ellos se ven afectados por la misma crisis de fe y la tentación de la indiferencia.
Muchos padres sienten, sobre todo, la dificultad de la transmisión constatable en el contexto cultural de nuestros días. Lo que se hace difícil no es la transmisión de la fe, sino la transmisión en general, se trate de una tradición, de una cultura o de una ideología. Según la conocida antropóloga Margaret Mead, no vivimos ya en una cultura postfigurativa donde los hijos aprenden de los padres como éstos aprendieron de sus abuelos. Ya no se aprende del pasado, sino del presente. La muestra es una cultura configurativa en la que las nuevas generaciones aprenden a vivir de sus compañeros afines, de la televisión o de la moda del momento. Incluso vivimos ya rasgos de una cultura prefigurativa pues a veces son los padres los que superados por el cambio cultural, comienzan aprender de los hijos, mejor adaptados a los tiempos. ¿Cómo vivir y transmitir la fe en este contexto social?
Naturalmente la dificultad básica procede de la crisis de fe. En muchas familias se vive una fe diluida, difusa, rutinaria, con un trasfondo de indiferencia y dejación. Por otra parte, cada vez es más frecuente una religión "a la carta", de la que se toman algunos aspectos que gustan (bautizo, primera comunión, cenizas, procesiones, bodas, sepelios) y de la que se deja lo que supone exigencia y compromiso. En estos hogares no es posible una transmisión auténtica de la fe en Jesucristo.

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