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Hogares sin Dios ni ley


Quienes pergeñamos de rato en rato algunas cuartillas para darlas a conocer en los diferentes diarios, exponiendo diferentes temas, tenemos que contar con algún dominio del ambiente que nos rodea, de la realidad social y política de nuestro país y del acontecer mundial, ayudado de una sistemática lectura.
Somos muy dados a achacarles a las autoridades toda la culpa de lo que acontece en nuestro país, especialmente en el campo de la delincuencia. Y es que en ese enfoque poco objetivo, exoneramos la creciente indiferencia en muchos sectores de la ciudadanía. Cualquiera en determinada barriada u organización o en las casas de inquilinato que aún pululan, envejecidas por el tiempo, podrá distinguir gente que dentro de su pobreza o humildad, procuran llevar una vida ejemplar alejada de todo vicio; los hay padres de familia que conducen a sus hijos por el camino del buen ejemplo, pero hay aquellos que, como decía una señora, "aunque vistan de blanco como palominos, tienen el corazón más negro que un caldero". Y mucha razón tiene en aplicar ese calificativo a elementos perversos, seres endemoniados en cuyos hogares no hay Dios ni ley.
En estos hogares donde más se preocupan por las cosas vanas, sin ningún grado de espiritualidad, podrá ver a los descendientes que militan al margen del Código Penal. Si son varones se entregan al aguardiente desde temprana edad y si son hembras, comparten el mismo u otro descarrilamiento de conducta, con la tolerancia de sus propias familias o de vecinos que se hacen de la vista gorda y, claro, no tardará el día en que caigan en manos de las autoridades o que se genere entre ellos una riña en que salgan a relucir largos puñales o armas de fuego con la secuela de muertes de inocentes que nada tienen que ver en un fuego cruzado, como lo indican las crónicas policivas.
En esos hogares sin Dios ni ley entra el dinero fácil, producto de distintas fechorías, incluso si son funcionarios, harán cuenta triquiñuela sea posible con los números para apoderarse de dineros o hacerse pagar sumas que en legítimo derecho no les pertenecen. También están aquellos que, pese a su degradación moral, tienen el rostro más duro que un cemento y aunque muchas veces han sido encarcelados, caminan desvergonzadamente y se jactan de alguna influencia.

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