“¡Hola, Lolo!”
Como muchos, pensaba que era eterno. Que siempre había estado y estaría en el sencillo y regio –porque suyo- apartamento de calle 40. Cuando me mudé a Bella Vista, a una cuadra de él, supe al mes que contaba con un ángel guardián de formato pequeño, cetrino…. y malhumorado, a veces.
A sus pletóricos 88, Lolo Silvera me recordaba el latigazo de Borges –cuando cumplió 80- al periodista que le preguntó qué pensaba sobre la muerte:
- Nada. Hasta ahora no me he muerto, y no tengo programado hacerlo en adelante.
Lo que Lolo si tenía programado era reforzar el latín, seguir con el ruso, sus arias en francés e italiano, sus alemanísimos líeders y esculpir sonetos. Teníamos los horarios invertidos; los corazones no. Donde nos encontrábamos nos quedábamos, de espaldas al tiempo, hablando, cantando, riendo. Alguna vez me llamó a las 8 de la noche:
- Es solo para desearte feliz lectura hasta la madrugada… cuando yo me levanto.
A diario, en mis recorridos, pasaba por su casa. Miraba hacia lo alto y me ganaba casi siempre el premio de encontrarlo asomado a su balcón, escrutando la vida. Con un canturreo a lo cha- cha -chá – de ésos que a los 6 años yo bailaba enfrente, en los pasillos de las monjas– le soltaba un -¡Hola, Lolo!
La cara de montaña chiricana se hacía meliflua mientras se reía:
- ¿Ya acabaste por hoy de caminar el mundo?
Era un genio múltiple; un ser tan pintoresco y fecundo como su amado trópico. Para mí, sobre todo, era el reflejo, cinco siglos más tarde, de aquel caballeresco Don Rodrigo que cantaba Manrique en sus gloriosas “Coplas a la muerte de mi padre”.
Un día me examinó de arriba a bajo:
- Estás flacuchenta ¿Por caminante… o por poeta? – Donde Mary Palma tienen unos cuadros míos. Llévate el que quieras.
Nunca lo hice. Me sobraba con él: mi galería de vivencias. Su excelsa caricatura “Las bodas de la Cucarachita Mandinga y Ratón Pérez” es la portada de mi antología Cien Años de Hilaridad, un tributo a la República en su primer centenario (2004). Lleva un cuento de Lolo, “La lotería”, desternillante cuadro de costumbres con un enfoque de la Vida es Sueño.
Fui a vitorearlo cuando presentó sus Cuentos en Primera Persona Singular. Cuando la marejada de “fans” había cedido, me acerqué en cha- cha- chá:
-¡Hola Lolo! -Le pedí que le dedicara mi ejemplar a mi madre, la pianista Ruth Parada de Fábrega, a cuyos acordes él había cantado en distintos idiomas. Con su habitual energía hizo unos trazos:
“Para Ruth, quien me ha acompañado en algún matrimonio”.
-Oye – le dije- esto me suena más como para Zsa Zsa Gabor.
- A ella le va a sonar muy bien- cortó. Mientras yo me alejaba me apuntó con el dedo:
- Tú sabes que yo te quiero mucho.
Y yo a ti, Lolo, Lolísimo… Bienaventurada de mí, pude tener lo que suplica la balada francesa: le temps pour fabriquer les souvenirs….
Así, cuando vea una caricatura genial, un cuadro “hecho en el cielo”, o la fachada de bienmesabe de un pequeño edificio en Bella Vista, podré sonreír a lo Bugs Bunny mientras saludo:
- ¡Hola, Lolo!