Hombres sin alma
El título de este artículo es muy fuerte. Pero vamos a hablar de todos aquellos que en el mundo moderno han venido promoviendo la competitividad salvaje y las aperturas apabullantes contra los pueblos. El liberalismo salvaje, en su momento, fue aquel del dejar pasar - dejar hacer o el del laisser-faire. Era precisamente la posición asumida por los seres, que el hombre era el lobo del hombre. Dejar hacer significaba que casi todo era permitido. Explotar al que era posible explotarlo. Sangrar a los que por inercia o debilidad no tenían cómo defenderse. Era sencillamente, el puño y patada de hoy en día.
La competitividad es sana cuando se tiene límites que reclaman fundamentales derechos humanos de respeto a la justicia social y a la dignidad humana.
Las aperturas de los tiempos modernos que vivimos hacen que los países del primer mundo, o sea, aquellos que son dueños de los mejores recursos materiales y humanos y consecuentemente de las nuevas tecnologías, impongan sus productos, de toda clase, a los países pobres y en desarrollo. Así, a través de organismos que le obedecen a ellos, desbancan naciones y aherrojan pueblos. No es necesario señalar ejemplos cuando estamos viviendo la tragedia de la ruina de nuestra producción agrícola e industrial con la avalancha de productos extranjeros que, subsidiados por sus gobiernos, nos quitan el derecho elemental a nuestra soberanía alimentaria.
Con el pretexto de que lo que no producimos barato tengamos que dejarlo para irnos a la sustitución de productos, estamos presenciando la invasión indiscriminada de toda clase de alimentos y mercancías a un mercado nuestro con un poder adquisitivo lacerado que empobrece cada día más a nuestras gentes.
Pero se nos dice que no estamos al compás de los tiempos. A los que abogamos por medidas protectoras de nuestros propios recursos, se nos tacha de atrasados. Cuando se elimina un comercio y entran cadenas de comercios que muestran el contenido y las vitrinas de las transnacionales, estamos mirando los fantasmas que comienzan a asolar, por todas partes a los que una vez construyeron creyendo que era para sí, sus hijos y sus nietos.
No previeron el cambio, éste que ha venido con las nuevas estructuras deshumanizadas. Celebran y se ríen los que observan este panorama de injusticia social que asoma a las economías en desarrollo. Y también somos espectadores de cómo cunde el desempleo de la mente y de la mano de obra del nacional. Una carretera que antes necesitaba 1,500 hombres de pico y pala hoy la hacen 100 hombres en distintas máquinas. Y detrás de esta realidad, no hay sustitución que pueda ayudar a esas 1,500 personas que quedan en total desamparo.
Es indudable que el progreso tecnológico no puede detenerse y no solamente es necesario que continúe y se haga cada día más conquistador de éxitos, pero esto debe venir acompañado de soluciones y respuestas en compensaciones de bienestar para todas las clases sociales y muy particularmente para las más pobres y necesitadas.
No vemos en el horizonte todavía lo que puede controlar los mecanismos que se dan hoy en día a través de entes y oficinas que deben cuidar que no se dé la explotación de los trabajadores a todos los niveles; porque la corrupción también corroe, en ocasiones, estos organismos que en una ocasión se llamaron Regulaciones de Precios y ahora entes que deben proteger a los consumidores.
Pero cada pueblo tiene o debe tener sus propios resortes para cuidar a su gente. Panamá lo necesita más que nunca en estos momentos de grave crisis económica y social, nuestros mejores talentos deben aplicarse a impedir el desmejoramiento de nuestro pueblo y buscarle respuestas. Volveremos a hablar sobre el tema.
La competitividad es sana cuando se tiene límites que reclaman fundamentales derechos humanos de respeto a la justicia social y a la dignidad humana.
Las aperturas de los tiempos modernos que vivimos hacen que los países del primer mundo, o sea, aquellos que son dueños de los mejores recursos materiales y humanos y consecuentemente de las nuevas tecnologías, impongan sus productos, de toda clase, a los países pobres y en desarrollo. Así, a través de organismos que le obedecen a ellos, desbancan naciones y aherrojan pueblos. No es necesario señalar ejemplos cuando estamos viviendo la tragedia de la ruina de nuestra producción agrícola e industrial con la avalancha de productos extranjeros que, subsidiados por sus gobiernos, nos quitan el derecho elemental a nuestra soberanía alimentaria.
Con el pretexto de que lo que no producimos barato tengamos que dejarlo para irnos a la sustitución de productos, estamos presenciando la invasión indiscriminada de toda clase de alimentos y mercancías a un mercado nuestro con un poder adquisitivo lacerado que empobrece cada día más a nuestras gentes.
Pero se nos dice que no estamos al compás de los tiempos. A los que abogamos por medidas protectoras de nuestros propios recursos, se nos tacha de atrasados. Cuando se elimina un comercio y entran cadenas de comercios que muestran el contenido y las vitrinas de las transnacionales, estamos mirando los fantasmas que comienzan a asolar, por todas partes a los que una vez construyeron creyendo que era para sí, sus hijos y sus nietos.
No previeron el cambio, éste que ha venido con las nuevas estructuras deshumanizadas. Celebran y se ríen los que observan este panorama de injusticia social que asoma a las economías en desarrollo. Y también somos espectadores de cómo cunde el desempleo de la mente y de la mano de obra del nacional. Una carretera que antes necesitaba 1,500 hombres de pico y pala hoy la hacen 100 hombres en distintas máquinas. Y detrás de esta realidad, no hay sustitución que pueda ayudar a esas 1,500 personas que quedan en total desamparo.
Es indudable que el progreso tecnológico no puede detenerse y no solamente es necesario que continúe y se haga cada día más conquistador de éxitos, pero esto debe venir acompañado de soluciones y respuestas en compensaciones de bienestar para todas las clases sociales y muy particularmente para las más pobres y necesitadas.
No vemos en el horizonte todavía lo que puede controlar los mecanismos que se dan hoy en día a través de entes y oficinas que deben cuidar que no se dé la explotación de los trabajadores a todos los niveles; porque la corrupción también corroe, en ocasiones, estos organismos que en una ocasión se llamaron Regulaciones de Precios y ahora entes que deben proteger a los consumidores.
Pero cada pueblo tiene o debe tener sus propios resortes para cuidar a su gente. Panamá lo necesita más que nunca en estos momentos de grave crisis económica y social, nuestros mejores talentos deben aplicarse a impedir el desmejoramiento de nuestro pueblo y buscarle respuestas. Volveremos a hablar sobre el tema.