Hombres y mujeres de fe
Este artículo de opinión debe servir varios propósitos. El primero, evidente, desearles en esta época de adviento, los mejores deseos para que vivan vidas plenas, felices y dignas, en compañía de sus seres más queridos.
Es también la ocasión oportuna para despedirme. Esta columna tiene algo más de un lustro de estar viendo la luz pública, y las necesidades por las cuales fue tomando forma hoy ya no se justifican, por lo que si regresa mi opinión a este medio será tan sólo por razones esporádicas y específicas. Por supuesto que todavía queda mucho por hacer en este país que tanto queremos, pero lo importante, lo realmente trascendente, era, retomar el rumbo.
Quiero aprovechar, también, para pedir disculpas. La columna siempre trató de despersonalizar, aunque tenga que confesar que no siempre lo logramos como hubiésemos querido. Para nosotros, las diferencias personales siempre fueron y serán secundarias; lo importante era la poca o mucha luz que se podía aportar para enfocar un problema y encarar su solución y su circunstancia.
Encontramos duras posturas de adversarios cuando apoyamos las reformas constitucionales del 2004; enfrentamos gente muy escéptica, cuando manifestamos nuestra disposición a la reconciliación con los norieguistas, no importa cuál fuese la posición de ellos. Algunas personas pudieron tolerar mis posiciones, siempre que se tratara de temas de Estado, como las reformas fiscales, las constitucionales y la ampliación del Canal de Panamá.
El endoso a este gobierno, que se quedó sin gasolina y sin proyecto político después de la ratificación de la ampliación, les pareció muy sospechoso a quienes de todo sospechan. Afirmo, sin ambages, que después de recuperada nuestra democracia en la década de los 90, se trata de uno de los mejores gobiernos que ha tenido la República, y uno de los que más ha consolidado nuestras instituciones democráticas.
Nunca quise entrar en polémica con los hombres y mujeres de fe. Tengo mucho respeto por las distintas expresiones religiosas, y por la manera, como las personas religiosas enriquecen las vidas de los demás. Si fui prepotente, pido perdón. Tan sólo quería referirme a una vieja convicción que separa las cosas del Estado de las cosas de las Iglesias.
No pretendo revivir las viejas rencillas, tan sólo pedir perdón por el sustantivo exagerado, el adjetivo equivocado o el adverbio fuera de lugar. Tratamos de ser cautos y prudentes, no siempre conseguimos nuestros objetivos.
La vida depara para sí otros retos, que enfrentaré con el mismo sentido de entrega con el que hago todo. A mis amigos, a mis adversarios, a mis conciudadanos, las puertas de mi mente y de mi corazón siempre estarán abiertas para todo aquellos en que pueda servirles. A mi familia, gracias por su paciencia.
Feliz Navidad y venturoso Año 2009.