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Hombres y pactos éticos


Es notorio, a través de los años de convivencia con los políticos de nuestro medio, que en cada período de elecciones en Panamá, surjan las geniales ideas de los pactos éticos. Dicen llamarse pactos de entendimiento y respeto entre ellos, debido a que o bien no saben entenderse como hombres capaces e inteligentes, o sus propósitos e intereses no les permiten manejarse en un ambiente de cortesía, cordialidad, educación y ante todo, con la mejor intención de comprender que ellos se deben a un electorado que no deja de observar sus diatribas de las cuales son los principales protagonistas.
A todo esto debemos pensar que son éstos los hombres en cuyos hombros se pretende que descansen los más sagrados destinos de nuestra patria. Este hecho es motivo de gran preocupación para todo ciudadano que lucha en el día a día del trabajo esforzado para tratar de seguir adelante y dejarle un buen patrimonio a las generaciones venideras.
Siempre he pensado que nuestra sociedad, compuesta por grandes hombres intelectuales, jóvenes capaces con deseos de trabajar, niños observando nuestros testimonios y aprendiendo de nosotros, ancianos abrigando la esperanza de un mejor día, merece un mayor respeto de parte de nuestras actuales y futuras autoridades.
Aquí, es interesante resaltar aquello que muchos no conocemos, y que es la razón por la cual justificamos la actuación de nuestros políticos con los famosos pactos para lograr un entendimiento. Me refiero al “Sentido de pertenencia”; el que conoce la importancia de este aspecto de la humanidad sabe que el hombre tiene un origen del cual él mismo es parte, y al cual le debe apego y respeto, antes que destruirlo; pero a veces no actuamos así, ya que es sabido que el hombre es el único animal racional que destruye su propio hábitat o lo que señalara un gran filósofo: “El hombre es el lobo del hombre”; esto es, en síntesis, la forma como se conducen los políticos panameños.
Este problema se enfoca dentro de un amplio espectro de ideas, pues estamos frente al concepto de cómo nos consideramos nosotros mismos y cómo deseamos que los demás nos consideren. A este respecto, en calidad de hombre, pienso que esta figura como tal, regalada por nuestro gran creador, está muy lejos de las expectativas que nuestro Señor Dios pensó de nosotros, cuando nos asignó semejante responsabilidad, ya que no la hemos honrado, apreciado y cuidado, de tal manera que no la merecemos como una bendición de su parte.
A la luz de los entendidos de nuestra politiquería criolla, estos hechos son tan relucientes como lo hace cualquier estrella del firmamento, vendiéndonos estas ideas como una actitud generosa y de grandes logros, que incluso está avalada por personalidades eclesiásticas, forjando un ambiente de mucha camaradería y participación activa de las clases sociales.
En otro orden de ideas, todas estas observaciones inciden grandemente en la formación que nos estamos permitiendo dar a nuestra vida personal y no le damos la mayor importancia. No nos hemos permitido crecer en los embates de lo que es la política genuina, entendida como tal aquella que busca el bienestar social integral de las mayorías, que se desea representar, sino que siempre está dirigida al acomodo económico particular del que se erige como nuestra futura autoridad. Dios nos recuerda que nuestra misión en este mundo es “servir” no ser servido.
Tampoco hemos logrado crecer en ningunos de los campos de la personalidad, el intelecto y en lo espiritual.
Podemos afirmar, sin lugar a equivocarnos, que nuestros políticos carecen de estas cualidades en gran medida; por ello no podemos demandar mucho de su comportamiento, pues en una forma simplista se comprende que “no se puede ofrecer lo que no se posee”.
Todo lo relacionado a los pactos políticos es una verdadera pena, porque el verdadero hombre que teme a Dios y sigue sus enseñanzas con sabiduría, no necesita de pactos éticos entre otros hombres de su mismo género, y está claro que estos pactos sólo se dan cuando las emociones rebasan el entendimiento y la razón, que no se someten a la voluntad de Dios.
Nosotros, los hombres, fuimos creados con poder y autoridad para guiar nuestras generaciones en el conocimiento pleno de la palabra basada en el amor de Dios, para con nosotros. Este legado implica una responsabilidad muy grande que desconocemos; es por eso que no la practicamos.
Un pacto verdadero, si se quiere para un político en este caso, sería el que pudieran establecer con Dios, comprometiéndose a respetarle, amarle, a ser fiel seguidor, y forjador de sus enseñanzas, a mantener su estatus como hombre que le ha otorgado, a someterse a su voluntad, a respetar, comprender y tener misericordia de su prójimo y sobre todo, comprometerse en oración, que la sabiduría que emane de su Santo Espíritu será utilizada como un gran siervo a su servicio y en bienestar del pueblo. En fin, estamos hablando de hombres “líderes”, que sean capaces de:
  • No ser sólo varón o simplemente individuo del sexo masculino.

  • Hacer las cosas, no buscar razones para demostrar que no se pueden hacer.

  • Levantarse cada vez que se cae o se fracase, en vez de explicar por qué se fracasó.

  • Ser digno, consciente y responsable de sus actos.

  • Trazarse un plan y seguirlo, pese a todas las circunstancias exteriores.

  • Levantar los ojos de la tierra, elevar el espíritu, soñar con algo grande.

  • Ser forjador de algo: un hogar, un negocio, un puesto, un sistema de vida.

  • Entender el trabajo no como una necesidad, ni como un medio de enriquecerse, sino como un privilegio de servir a la Nación.

  • Sentir vergüenza de burlarse de quienes creyeron en ellos.

  • Decir me equivoqué, y proponerse no repetir la misma equivocación.

  • Comprender la necesidad de adoptar una disciplina basada en principios sanos, y sujetarse por su propia y deliberada voluntad a esa disciplina.

  • Comprender que la vida no es algo que se nos da hecho, sino que es la oportunidad para hacer algo bien hecho.


Hombres de esta talla son los que necesita nuestro país y el mundo.

101 años de Panamá América

 
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