“Home port”: otro gran reto para Panamá
Nuestros antepasados concibieron anticipadamente que la suerte de este país estaría echada sobre su posición geográfica, dejando un océano de visionarias ideas que fueron gradualmente definiendo nuestra vocación de tránsito y servicio, la cual enfrenta un nuevo reto que consiste en explotar al máxime esta legendaria ventaja competitiva.
Con la puesta en vigencia de la "Estrategia Marítima Nacional", Panamá se abrió paso a una maratónica gestión que buscaba rebasar nuestra condición de puerto de destino para transformarse en "Home Port"; o punto de origen y llegada de cruceros. Hoy este sueño es una realidad acompañada de una serie de prerrogativas que van desde una mayor afluencia de transeúntes, incrementos sustanciales de la actividad comercial, incluso una prometedora fuente de empleos directos e indirectos, todo ello en contraprestación de la calidad, eficiencia y seguridad que podamos ofrecer a quienes nos visiten.
Cuando escasamente dos meses nos separan de la puesta en ejecución de este mega proyecto, no es la culminación a destiempo de las obras civiles del terminal marítimo y la autopista Panamá-Colón lo que preocupa; tampoco que carezca de importancia el déficit de infraestructuras hoteleras para albergar la oleada de tres mil a cuatro mil turistas semanales que se esperan o el problema de la inseguridad pública. Lo que realmente me ocupa es no vislumbrar un cambio de actitud colectiva frente a una actividad que, además de ser un catalizador capaz de activar toda una cadena de servicios conexos, particularmente es una vitrina interactiva para la promoción de la imagen de todo un país y su gente.
Estamos frente a una ciudadanía que se resiste a valorar en su justa dimensión la oportunidad y el momento histórico que nos apremia, pues aunque suene drástico, somos un país de servicio que aún no termina de descifrar que esa condición por sí sola no nos hace merecedores del aprecio y el respeto de los demás; todavía nos falta culminar nuestra más ardua tarea: aprender a servir. Para ello resulta mandatorio una transformación rigurosa de los esquemas y paradigmas que mayoritariamente nos caracterizan y perturban en nuestro ascenso hacia la excelencia. Adicionalmente, se requiere una dinámica de conducción capaz de agregar valores a través de la oferta de productos que aún siendo comunes, estén aditivados de un ingrediente singular llamado calidad de servicio.
El balón está de nuestro lado, pese a los desaciertos, imprecisiones y falta de planificación que caracterizan la ejecución de los programas de Estado. El gobierno esta vez hizo su parte interponiendo sus buenos oficios en la negociación de este anhelado logro, brindando capacitaciones a través de diversas alternativa y medios, reconstruyendo paulatinamente parte de la infraestructura necesaria para el desarrollo comercial y turístico que se avecina; sin embargo, más que asumir el rol de espectadores, estamos llamados a ejercer el oficio de alfareros de nuestro propio destino.
De cada uno dependerá, entonces, enrumbar nuestros derroteros por la senda del éxito y la prosperidad o, simplemente, llevar a cuestas el féretro del fracaso propio y el de nuestras futuras generaciones, sino logramos realizar oportunamente los ajustes necesarios.