Honduras
No resulta fácil una decisión ante el dilema hondureño. A Panamá le recuerda los años de la dictadura militar, cuando la voluntad nacional chocaba con la casi siempre ambivalente posición de la OEA.
Panamá estaba entonces por la salida de un régimen brutal que se arropaba en una mal disimulada constitucionalidad, que ya nos había costado vidas y humillaciones. La OEA se situaba al lado del régimen y defendía lo que llamaba la “autodeterminación de los pueblos”, sólo que en ese instante para ese organismo “pueblo” no éramos nosotros, sino la dictadura.
Claro que, en las actuales circunstancias, Honduras vive un drama con algunas características diferente a la experiencia panameña. Aun cuando el gobierno de José Manuel Zelaya haya adoptado comportamientos que no compartamos, fue elegido democráticamente; derrocarlo es romper con el orden constitucional y con la democracia que hemos defendido.
Pese a que en torno al golpe se reúnen sectores democráticos, el que aparezcan militares como ejes de la acción constituye una trampa peligrosa que a la larga los habilita para volver a erigirse en árbitros sociales, desde las cuestionables normas de disciplina y seguridad que costó muchas vidas a Centroamérica. Hoy actúan a favor de la democracia, mañana nadie sabrá qué posiciones tomen. Contra los deseos aparentemente mayoritarios, Zelaya debe volver a su cargo y los militares a sus cuarteles. Zelaya debe regresar sin tomar represalias, preparar las elecciones de noviembre y entonces que hable el pueblo, pero en las urnas, y sin los fusiles.