default

Hubo una vez una mentira...


Me preguntaba en un escrito reciente, cómo el sustrato de una mentira podía engatusar a media opinión pública, desarrollarla, e incluso, casi convertirla en verdad. A mi vez, me respondía afirmativamente, debido a la preparación y condicionalidad por la cual la opinión pública ha venido siendo madurada para aceptar ésta y cualquier otra patraña. Concluí tal reflexión indicando que cuando el andamio se viene abajo por el peso de sus falsedades, irremediablemente cae sobre las cabezas de sus mentores. Tal es el caso del llevado y traído Murcia.

Según ha trascendido, ese delincuente internacional que tan locuaz y muellemente hizo declaraciones a la prensa, con una facilidad realmente envidiable para un detenido de máxima seguridad, en un país prototipo de guerras, sicarios, estafas y cárceles como lo es Colombia, ahora, según ha trascendido, resulta que no puede, no quiere o no se atreve a enfrentarse con la justicia del país que él ha acusado de haber sobornado a capricho. Si el episodio ha sido condenable, mucho más lo es quienes aquí, en el patio, sin ningún pudor, vergüenza, ni estima nacional, acogieron, reinventaron y hasta estigmatizaron ya no a personas directamente, si no al país.

De tal modo que, durante varias semanas y basados en las declaraciones de un traficante de honras, cuya sicopatías e intereses ocultos no están a mi alcance, la metralla mediática mantuvo en vilo al país en medio de una avalancha de especulaciones, versiones noveladas y otras linduras que no sólo envenenaron el ambiente político, sino que sembraron desconfianzas e incertidumbres, justamente en la etapa culminante de una elección presidencial, por demás crucial. Claro, no es la primera y tampoco será la última: Alguna vez nos embarcaron detrás de una perra en busca de cadáveres, lo que al final terminó en burla falaz. En otra ocasión y por varias semanas, nos enrolaron en la causa de un tal Gorriti, cronista extranjero él, alegando “libertad de expresión” o algo así.

Ahora, se nos trató de atormentar, engatusar, confundir, quién sabe detrás de qué oscuros designios. Como es natural, no habrá disculpas ante la opinión pública por el exabrupto, excusas y menos rectificaciones. Lo más probable, y de acuerdo al rumbo de los acontecimientos que va recambiando el panorama electoral, lo más cierto es que en las próximas semanas hasta la mismísima Pasión del Crucificado sea arrollado a la manipulación mediática. De hecho ya está en operación. Pero como en todo manejo de la mentira o la verdad a medias, lo que algunos no se percatan es que, más de lo que se cree, hay muchísimos panameños que conocen aquello de “la lección aprendida”.

De tal manera que, independientemente de nuestra ingenuidad de pueblo alegre y confiado, existe un severo sentido de sobrevivencia que no dejará quitarnos el país, no tan fácilmente. O lo que es lo mismo: “Para decir mentiras y comer pescado, hay que tener mucho cuidado”.

[agalastica@yahoo.es]

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América