Hugo Chávez y la Victoria del Siglo
El presente título es una parodia del evento electoral ocurrido ayer en Venezuela, llamado por el presidente Hugo Chávez, "la gran batalla del siglo XX" o de otro modo, según sus propias palabras, "la votación más trascendental del siglo", obviamente en su país y en lo que pueda representar internacionalmente, considerando que gobierna una nación que figura entre las más grandes productoras de petróleo del planeta.
Por otra parte, Venezuela ha adquirido una tremenda importancia estratégica, tras el rápido deterioro bélico del conflicto colombiano, que empieza a provocar una emigración masiva de personas y capitales hacia Estados Unidos y otros países, incluyendo el nuestro. Cada semana se incrementa el riesgo de que Norteamérica se vea involucrado en un Viet Nam sudamericano, en todo lo cual Venezuela jugaría un papel vital para los intereses estadounidenses. Se aspira a taponar de algún modo el conflicto colombiano e impedir que se extienda hacia los ricos pozos de oro negro del Golfo de Venezuela, el Canal de Panamá y otras naciones.
En otro aspecto, la elección de 131 constituyentes ayer, tiene también importancia en el tema de la corrupción pública en Latinoamérica y el mundo en desarrollo, donde el mal está a un paso de convertirse en el segundo gran problema condicionante de la agenda de ayuda de las naciones desarrolladas, sólo después de la lucha contra las drogas, objeto de una certificación anual por el Congreso y el Ejecutivo de Estados Unidos. No es difícil predecir que para la corrupción se aplicarán en breve certificaciones o evaluaciones similares.
La elección de ayer tiene que ver con todo eso. Hugo Chávez, excoronel golpista que no oculta y hasta hace ostentación de sus proclividades castrenses, promovió el evento de ayer como una fórmula para escapar de la mayoría que le es adversa en el Congreso y de una madeja legal que le impide, cual camisa de fuerza, hacer tabla rasa de las instituciones de gobierno del país, todas las cuales, según su opinión, han conducido a la podredumbre moral y económica que la abruma.
Chávez quiere hasta cambiar el nombre al país por el de "República Bolivariana de Venezuela" y, durante la campaña por ganar la mayoría de los constituyentes, tuvo por símbolo la espada del Libertador, de quien admira sobre todo su faceta militar y sus eventuales inclinaciones absolutistas.
El mandatario goza de entre 75 y el 80% de popularidad, niveles no alcanzados por ningún gobernante venezolano, irónicamente, ni por el propio Simón Bolívar en la cúspide de su gloria. Y esa es la fuerza que usa como ariete en su arriesgada revolución institucional en la que ha dicho que expone con gusto su propio cuello.
El referéndum de ayer le fue ampliamente favorable; pero de aquí en adelante se le abre un camino minado donde se multiplican los peligros. Y la historia enseña cuán efímeras son las veleidades de las masas y cuán volubles son sus preferencias, loas y aplausos de hoy. De todos modos, la experiencia venezolana es como un espejo en el que nos debemos mirar todos pues, si no lo sabemos, podríamos estar de ella más cerca de lo que somos capaces de prever.
Por otra parte, Venezuela ha adquirido una tremenda importancia estratégica, tras el rápido deterioro bélico del conflicto colombiano, que empieza a provocar una emigración masiva de personas y capitales hacia Estados Unidos y otros países, incluyendo el nuestro. Cada semana se incrementa el riesgo de que Norteamérica se vea involucrado en un Viet Nam sudamericano, en todo lo cual Venezuela jugaría un papel vital para los intereses estadounidenses. Se aspira a taponar de algún modo el conflicto colombiano e impedir que se extienda hacia los ricos pozos de oro negro del Golfo de Venezuela, el Canal de Panamá y otras naciones.
En otro aspecto, la elección de 131 constituyentes ayer, tiene también importancia en el tema de la corrupción pública en Latinoamérica y el mundo en desarrollo, donde el mal está a un paso de convertirse en el segundo gran problema condicionante de la agenda de ayuda de las naciones desarrolladas, sólo después de la lucha contra las drogas, objeto de una certificación anual por el Congreso y el Ejecutivo de Estados Unidos. No es difícil predecir que para la corrupción se aplicarán en breve certificaciones o evaluaciones similares.
La elección de ayer tiene que ver con todo eso. Hugo Chávez, excoronel golpista que no oculta y hasta hace ostentación de sus proclividades castrenses, promovió el evento de ayer como una fórmula para escapar de la mayoría que le es adversa en el Congreso y de una madeja legal que le impide, cual camisa de fuerza, hacer tabla rasa de las instituciones de gobierno del país, todas las cuales, según su opinión, han conducido a la podredumbre moral y económica que la abruma.
Chávez quiere hasta cambiar el nombre al país por el de "República Bolivariana de Venezuela" y, durante la campaña por ganar la mayoría de los constituyentes, tuvo por símbolo la espada del Libertador, de quien admira sobre todo su faceta militar y sus eventuales inclinaciones absolutistas.
El mandatario goza de entre 75 y el 80% de popularidad, niveles no alcanzados por ningún gobernante venezolano, irónicamente, ni por el propio Simón Bolívar en la cúspide de su gloria. Y esa es la fuerza que usa como ariete en su arriesgada revolución institucional en la que ha dicho que expone con gusto su propio cuello.
El referéndum de ayer le fue ampliamente favorable; pero de aquí en adelante se le abre un camino minado donde se multiplican los peligros. Y la historia enseña cuán efímeras son las veleidades de las masas y cuán volubles son sus preferencias, loas y aplausos de hoy. De todos modos, la experiencia venezolana es como un espejo en el que nos debemos mirar todos pues, si no lo sabemos, podríamos estar de ella más cerca de lo que somos capaces de prever.