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Humanizando monstruos


“Son unos animalitos, profesora, y hay que tratarlos como tal”. A la mente de ella venía la época de la esclavitud cuando se creía que negros e indígenas no eran seres humanos. Eran siervos a natura que necesitan cierto grado de esclavitud para humanizarse.

A mi mente filosófica vienen las ideas sobre Hobbes, Rousseau, Santo Tomás de Aquino, Sartre, Pascal: “El hombre es lobo para el hombre”, “El hombre nace bueno la sociedad lo corrompe”, “El hombre no es proyecto acabado, sino en camino”, “Somos libertad”, “El hombre es una caña pensante”. Poco inferior a los ángeles...

Cuando elegí ser profesor no pensaba en lo difícil que es educar hombres y mujeres. Es algo muy serio. Claro, hay muchos tipos de profesores. Recuerdo las clases con Araúz, García de Paredes, Garibaldi: no queríamos que esas horas terminaran. La educación es un proceso de humanización.

Creo mucho en el tomismo: somos un proyecto; con nuestras decisiones libres vamos realizando nuestra humanidad o devolviendo a nuestra humanidad su libertad. Pero qué difícil se hace. Esta sociedad nos invita a la deshumanización. Hay estructuras que hacen que nos volvamos animales que consumen: pornografía, sexo sin amor, vicios, supersticiones, vida de apariencias.

En las aulas, cada hora de clases es un momento para humanizar. Cuando entras a tu salón, tus estudiantes tienen diversas actitudes. La sociedad, el desamor y los padres los convertimos en pequeños animalitos que lastiman la mano de sus vecinos. Te comunican su odio, sus resentimientos. ¿Y tú qué haces? Intentas humanizarlos con las matemáticas, los idiomas, las ciencias, las humanidades.

Pero te dicen: “Profesor, qué clase tan aburrida”. Y tú tienes que competir contra los vídeos de TV, contra la música de moda, contra las diversas plataformas de Internet. Claro, tus clases se hacen aburridas. Aquello es más interesante y atrayente.

No dejes que sus odios te venzan. No devuelvas mal por mal. Ya lo decía un gran pedagogo: “Una cucharada de miel, hace más que un barril de vinagre”. Pero cómo les doy amor, si yo mismo soy un barril de vinagre. La cadena parece interminable. Sólo una transformación curricular hacia el amor, cambiará nuestra educación. Pero necesito sentirme amado. De no ser así, seré un mal padre de familia, un mal profesional, un mal hombre; me convertiré en monstruo y viviré a la defensiva, dejaré que los placeres y las pasiones dominen mis facultades más espirituales.

Los intereses oscuros de la maldad quieren que nuestros hijos e hijas sean monstruos. No conviene que piensen, podrían revelarse y salirse de la vorágine de hedonismo y consumismo que los agobia. Pero no podrán salir de esa caverna, al estilo de Platón y Matrix, sino tú no los ayudas. Pero tú tienes que salir. Tú y yo somos, que frase tan repetida, “instrumentos de cambio”. El cambio no es la política, los presidentes, los ministros. El cambio, la verdadera metanoia, es el amor. Un minuto de amor puede cambiar mi vida. Acude a la fuente del amor y lleva amor a tus hijos, a tus vecinos, a tus alumnos. Quizás nunca te lo agradezcan, pero en la marcha del cosmos algo habrá cambiado.

101 años de Panamá América

 
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