Iberoamérica y el terrorismo islámico
La Península Ibérica y las tierras de América Latina y el Caribe no escapan a la acechanza del rabioso fundamentalismo islámico que, el 11 de marzo del presente año, en Madrid, demostró de lo que es capaz de hacer esa corriente de odio, destrucción y muerte, que propugna la arcaica y perversa guerra santa, patrocinada por violentos clérigos de extremo fanatismo.
En ese marco de fobias y ciego primitivismo se forma y se estimula a los terroristas suicidas, capaces de perpetrar las más grandes atrocidades. Si a estos alienados sujetos no les importa la propia vida, qué puede significarles la de los demás, por eso mueren cometiendo incalificables hechos, bajo la promesa de alcanzar el paraíso, dentro del adoctrinamiento que les inculcan los mencionados y malvados clérigos que, en realidad, tienen en sus manos todos los poderes terrenales y divinos en aquellos pueblos sojuzgados por la arbitrariedad y la intolerancia.
Serios analistas de la realidad americana y mundial concuerdan en afirmar que no existe ninguna duda respecto a la silenciosa y sistemática penetración, con mortíferos fines, del referido fundamentalismo en territorios iberoamericanos. ¡Qué duda puede haber en lo referente a España, luego de lo que aconteció en el mencionado y fatídico mes de marzo!
Al Qaeda del execrable Osama bin Laden, Hezbollah, Hamas, Jihad Islámico, al Jamaa al Islamiya, son los grupos islámicos más virulentos cuya subterránea y activa presencia ha sido detectada en los ámbitos latinoamericanos y caribeños.
Ya han realizado vituperables hechos homicidas (recuérdese lo que aconteció en 1992 y 1994, en Buenos Aires, cuando fueron destruidas las sedes de la Embajada de Israel y de la Asociación Mutual Israelita, con numeroso saldo de muertos y heridos).
Hay indicios de que estas siniestras agrupaciones han comenzado a mantener nexos con la narcoguerrilla colombiana de las FARC, con el peruano y brutal Sendero Luminoso y que recolectan abundantes cantidades de dólares, a la vez que intensifican labores de adoctrinamiento belicoso, en el seno de comunidades de origen árabe, valiéndose inclusive de la amenaza y el chantaje.
Públicamente, se ha señalado que en la Triple Frontera, entre Paraguay, Argentina y Brasil, funcionan santuarios del terrorismo islámico.
En América del Sur, a más de los indicados, estos otros países han encontrado indiscutibles huellas de la agresiva actividad fundamentalista: Uruguay, Chile, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela (sobre todo, en Isla Margarita). Se ubica como de mayor riesgo en esta muy preocupante materia, en América Central, a Panamá, Honduras, El Salvador, Guatemala y Nicaragua. Bien han hecho las autoridades centroamericanas en reforzar los controles ante las amenazas de Al Qaeda, habiéndose ya detectado a uno de esos despreciables sujetos que había llegado a tierras hondureñas, obviamente no para contribuir a la paz. La situación debe ser examinada en su real magnitud, si a lo anotado, de por sí inquietante, se añade que el terrorismo islámico está vinculándose con sindicatos dedicados al tráfico de drogas y de armas.
En México, donde viven grandes capos del crimen organizado, cuya influencia en América Central es indiscutible, se ha dado la voz de alerta. No debe faltar plena conciencia en Iberoamérica sobre el enorme riesgo que constituye el terrorismo islámico para su concordia, bienestar y desarrollo, así como lo imprescindible de la mutua colaboración internacional para neutralizar a tiempo la colosal amenaza.
En ese marco de fobias y ciego primitivismo se forma y se estimula a los terroristas suicidas, capaces de perpetrar las más grandes atrocidades. Si a estos alienados sujetos no les importa la propia vida, qué puede significarles la de los demás, por eso mueren cometiendo incalificables hechos, bajo la promesa de alcanzar el paraíso, dentro del adoctrinamiento que les inculcan los mencionados y malvados clérigos que, en realidad, tienen en sus manos todos los poderes terrenales y divinos en aquellos pueblos sojuzgados por la arbitrariedad y la intolerancia.
Serios analistas de la realidad americana y mundial concuerdan en afirmar que no existe ninguna duda respecto a la silenciosa y sistemática penetración, con mortíferos fines, del referido fundamentalismo en territorios iberoamericanos. ¡Qué duda puede haber en lo referente a España, luego de lo que aconteció en el mencionado y fatídico mes de marzo!
Al Qaeda del execrable Osama bin Laden, Hezbollah, Hamas, Jihad Islámico, al Jamaa al Islamiya, son los grupos islámicos más virulentos cuya subterránea y activa presencia ha sido detectada en los ámbitos latinoamericanos y caribeños.
Ya han realizado vituperables hechos homicidas (recuérdese lo que aconteció en 1992 y 1994, en Buenos Aires, cuando fueron destruidas las sedes de la Embajada de Israel y de la Asociación Mutual Israelita, con numeroso saldo de muertos y heridos).
Hay indicios de que estas siniestras agrupaciones han comenzado a mantener nexos con la narcoguerrilla colombiana de las FARC, con el peruano y brutal Sendero Luminoso y que recolectan abundantes cantidades de dólares, a la vez que intensifican labores de adoctrinamiento belicoso, en el seno de comunidades de origen árabe, valiéndose inclusive de la amenaza y el chantaje.
Públicamente, se ha señalado que en la Triple Frontera, entre Paraguay, Argentina y Brasil, funcionan santuarios del terrorismo islámico.
En América del Sur, a más de los indicados, estos otros países han encontrado indiscutibles huellas de la agresiva actividad fundamentalista: Uruguay, Chile, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela (sobre todo, en Isla Margarita). Se ubica como de mayor riesgo en esta muy preocupante materia, en América Central, a Panamá, Honduras, El Salvador, Guatemala y Nicaragua. Bien han hecho las autoridades centroamericanas en reforzar los controles ante las amenazas de Al Qaeda, habiéndose ya detectado a uno de esos despreciables sujetos que había llegado a tierras hondureñas, obviamente no para contribuir a la paz. La situación debe ser examinada en su real magnitud, si a lo anotado, de por sí inquietante, se añade que el terrorismo islámico está vinculándose con sindicatos dedicados al tráfico de drogas y de armas.
En México, donde viven grandes capos del crimen organizado, cuya influencia en América Central es indiscutible, se ha dado la voz de alerta. No debe faltar plena conciencia en Iberoamérica sobre el enorme riesgo que constituye el terrorismo islámico para su concordia, bienestar y desarrollo, así como lo imprescindible de la mutua colaboración internacional para neutralizar a tiempo la colosal amenaza.