Identidad nacional
Las efemérides de noviembre motivan que los panameños y las panameñas coincidamos en los sentimientos enraizados en el pasado, en los estímulos que nos ofrece la perspectiva de un futuro compartido. Nos hacen sentir individual y colectivamente, como eslabones de una cadena y de un destino. Reafirman la importancia de tener una visión integrada, orgánica, de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser.
A partir del 31 de diciembre de 1999, Panamá se encuentra en una encrucijada histórica. Finalizó el dualismo que existió a lo largo del siglo XX en la extensión de nuestro territorio y de nuestra soberanía. En adelante, la integración de la totalidad de nuestro espacio nacional a los planes de desarrollo, con el ejercicio pleno de nuestra soberanía, le dan al país una dinámica saludable y necesaria, pero que no debe sujetarse al lastre de la ignorancia y la desorientación sobre el camino que vamos a seguir.
Las transformaciones obligadas del proceso integrador, tienen su correlación económica, política, social y cultural. Estas transformaciones deben realizarse sin incurrir subrepticia o inconscientemente, en errores irreparables. La identidad nacional no debe ser considerada, en el marco de esas transformaciones, como un factor menor perdido entre las contingencias materiales. Por el contrario es hacia las virtualidades de nuestra identidad nacional a donde debemos mirar como a la cantera que nos provee los materiales básicos, consistentes, para los grandes proyectos, para las grandes aspiraciones, para las grandes realizaciones nacionales.
Sabemos que los componentes de nuestra cultura nacional son diversos: aborigen, hispánico, africano, asiático, europeo y norteamericano. En Panamá se produjo un formidable mestizaje del cual no se excluyen los "zonians", que le da una indiscutible complejidad a la cuestión de nuestra identidad nacional. Esa complejidad no está desprovista de originalidad.
Nuestro pueblo tiene características propias que se destacaron en las épocas precolombina, del descubrimiento, de la conquista, de la colonia, de la emancipación y de la era republicana. Urracá, Cémaco, El Quibian, son símbolos de la defensa autóctona de lo nuestro. El alto grado de civilización de la sociedad vernácula que floreció en Panamá hace más de mil años, lo patentiza las piezas de orfebrería extraídas del "Sitio Conte" en las riberas del Río Grande de Coclé por el Museo Peabody de la Universidad de Harvard (Peabody Museum of Archaeology and Ethnology, Harvard University), y por el Museo de la Universidad de Pennsylvania (The Museum of Archaeology and Anthropology, University of Pennsylvania). Ambas universidades juzgan que estas joyas panameñas constituyen uno de los más grandes tesoros jamás descubiertos en el Nuevo Mundo. La colección exhibida en el Museo Metropolitano de Nueva York y en otros museos de jerarquía mundial, es denominada "El Río de Oro" ("The River of Gold").
También es motivo de orgullo que el primer sitio de la sede Episcopal de Panamá, la diócesis más antigua del Hemisferio Occidental, se ubicó en Santa María La Antigua del Darién en 1510, a orillas de nuestro Mar Caribe, por Vasco Núñez de Balboa. El mismo Adelantado, protagonista de otro momento estelar, cruzó el Istmo y descubrió el Océano Pacífico en tierra panameña el 25 de septiembre de 1513.
El carácter de Panamá como una entidad nacional bien definida se aprecia en la decisión del Rey Fernando de España quien en 1509, al dividir Tierra Firme, creó separadamente la circunscripción de Castilla de Oro, que comprendió desde sus inicios el Darién, Panamá y Veragua. A la vez que creó, una entidad aparte, la circunscripción de Nueva Andalucía, correspondiente al territorio de Colombia. La Ciudad de Panamá es la capital más antigua del continente americano. Tiene a su haber como timbre de distinción, haber sido fundada el 15 de agosto de 1519, casi un siglo antes de que se estableciera en el territorio continental de los Estados Unidos la colonia de Jamestown en Virginia en 1607, más de un siglo antes del establecimiento por los Pilgrims de la colonia de Plymouth en 1620 y de la fundación de la colonia de la Bahía de Massachusetts por los puritanos en 1630.
Por razones geopolíticas y por sus antecedentes históricos, Bolívar manifestó singular predilección por el Istmo de Panamá, que escogió como sede del Congreso Anfitiónico de 1826, con el objetivo supremo de lograr la unidad y la integración de la América Latina. Le reconocía a Panamá los atributos para desempeñar una misión universalista, al punto de que en la convocatoria del Congreso de Panamá, dos días antes de la Batalla de Ayacucho, proclamaba que "si el mundo hubiese de elegir su capital, el Istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino".
Después de la colonización española, Panamá fue adquiriendo, a lo largo de los siglos XVI, XVII, XVIII, XIX y XX una originalidad que ha tenido su expresión, a veces afortunada, a veces incomprendida o contrariada, en nuestra participación en el concierto de las naciones. La originalidad panameña ha tenido comprensión en algunos y ha exasperado a otros. La originalidad panameña también se expresó, y se expresa, en nuestra capacidad natural de convivir con lo distinto, de recibir variadas influencias culturales y de incorporarlas sin traumas ni complejos al talante nacional.
Pese a todo, Panamá ha presentado ante el mundo, la imagen de un pueblo capaz de vivir un sano nacionalismo reivindicatorio, junto a un genuino universalismo. Nadie puede regatearnos el valor de semejante vocación.
El ser nacional panameño tiene menguas que son consecuencia de una falta de ejemplaridad, de liderazgo, de arraigo firme en el terreno de lo moral. Sin tratar de imponerle restricciones al pensamiento cívico nacional, hay que convenir en que a ningún pueblo, a ninguna persona, le hace daño que se le ofrezca un espejo para mirarse, o que se le extienda una invitación para tratar de lo esencial, o que se le alerte sobre la necesidad del autoanálisis y de la rectificación.
En estos días de celebraciones, de evocaciones, de panegíricos, es igualmente sano y congruente con la conciencia cívica, hacer una gimnasia que nos ayude a eliminar toxinas, obesidad y ficciones dañinas. No podemos abstraernos de las fronteras, no podemos tomarnos la libertad de trivializar una realidad cargada de advertencias, de alarmas, no debemos olvidar el primado de las estructuras, de las tendencias pesadas de la historia que se está haciendo, del desarrollo de las sociedades.
Ante el dicho de que "no hay nada tan perfecto que no tenga su defecto" la experiencia humana ha demostrado que los seres y las sociedades humanas están siempre pendientes de hacer la prueba y el error. Para que esa experiencia sea útil y provechosa, debemos tener el valor de poner nuestros sueños, nuestros ideales, nuestras aspiraciones, frente a los aportes, los esfuerzos, los sacrificios que estamos dispuestos a hacer para convertirlos en realidad. Si las circunstancias llegaran a sernos favorables, nuestro deber consiste en saberlas aprovechar. No las podemos inventar. El filósofo existencialista, Gabriel Marcel decía que "el mañana no es para esperar, sino para inventar". En el caso del mañana panameño, lo que tenemos que hacer para poder decir que lo hemos inventado, es prepararlo.
A partir del 31 de diciembre de 1999, Panamá se encuentra en una encrucijada histórica. Finalizó el dualismo que existió a lo largo del siglo XX en la extensión de nuestro territorio y de nuestra soberanía. En adelante, la integración de la totalidad de nuestro espacio nacional a los planes de desarrollo, con el ejercicio pleno de nuestra soberanía, le dan al país una dinámica saludable y necesaria, pero que no debe sujetarse al lastre de la ignorancia y la desorientación sobre el camino que vamos a seguir.
Las transformaciones obligadas del proceso integrador, tienen su correlación económica, política, social y cultural. Estas transformaciones deben realizarse sin incurrir subrepticia o inconscientemente, en errores irreparables. La identidad nacional no debe ser considerada, en el marco de esas transformaciones, como un factor menor perdido entre las contingencias materiales. Por el contrario es hacia las virtualidades de nuestra identidad nacional a donde debemos mirar como a la cantera que nos provee los materiales básicos, consistentes, para los grandes proyectos, para las grandes aspiraciones, para las grandes realizaciones nacionales.
Sabemos que los componentes de nuestra cultura nacional son diversos: aborigen, hispánico, africano, asiático, europeo y norteamericano. En Panamá se produjo un formidable mestizaje del cual no se excluyen los "zonians", que le da una indiscutible complejidad a la cuestión de nuestra identidad nacional. Esa complejidad no está desprovista de originalidad.
Nuestro pueblo tiene características propias que se destacaron en las épocas precolombina, del descubrimiento, de la conquista, de la colonia, de la emancipación y de la era republicana. Urracá, Cémaco, El Quibian, son símbolos de la defensa autóctona de lo nuestro. El alto grado de civilización de la sociedad vernácula que floreció en Panamá hace más de mil años, lo patentiza las piezas de orfebrería extraídas del "Sitio Conte" en las riberas del Río Grande de Coclé por el Museo Peabody de la Universidad de Harvard (Peabody Museum of Archaeology and Ethnology, Harvard University), y por el Museo de la Universidad de Pennsylvania (The Museum of Archaeology and Anthropology, University of Pennsylvania). Ambas universidades juzgan que estas joyas panameñas constituyen uno de los más grandes tesoros jamás descubiertos en el Nuevo Mundo. La colección exhibida en el Museo Metropolitano de Nueva York y en otros museos de jerarquía mundial, es denominada "El Río de Oro" ("The River of Gold").
También es motivo de orgullo que el primer sitio de la sede Episcopal de Panamá, la diócesis más antigua del Hemisferio Occidental, se ubicó en Santa María La Antigua del Darién en 1510, a orillas de nuestro Mar Caribe, por Vasco Núñez de Balboa. El mismo Adelantado, protagonista de otro momento estelar, cruzó el Istmo y descubrió el Océano Pacífico en tierra panameña el 25 de septiembre de 1513.
El carácter de Panamá como una entidad nacional bien definida se aprecia en la decisión del Rey Fernando de España quien en 1509, al dividir Tierra Firme, creó separadamente la circunscripción de Castilla de Oro, que comprendió desde sus inicios el Darién, Panamá y Veragua. A la vez que creó, una entidad aparte, la circunscripción de Nueva Andalucía, correspondiente al territorio de Colombia. La Ciudad de Panamá es la capital más antigua del continente americano. Tiene a su haber como timbre de distinción, haber sido fundada el 15 de agosto de 1519, casi un siglo antes de que se estableciera en el territorio continental de los Estados Unidos la colonia de Jamestown en Virginia en 1607, más de un siglo antes del establecimiento por los Pilgrims de la colonia de Plymouth en 1620 y de la fundación de la colonia de la Bahía de Massachusetts por los puritanos en 1630.
Por razones geopolíticas y por sus antecedentes históricos, Bolívar manifestó singular predilección por el Istmo de Panamá, que escogió como sede del Congreso Anfitiónico de 1826, con el objetivo supremo de lograr la unidad y la integración de la América Latina. Le reconocía a Panamá los atributos para desempeñar una misión universalista, al punto de que en la convocatoria del Congreso de Panamá, dos días antes de la Batalla de Ayacucho, proclamaba que "si el mundo hubiese de elegir su capital, el Istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino".
Después de la colonización española, Panamá fue adquiriendo, a lo largo de los siglos XVI, XVII, XVIII, XIX y XX una originalidad que ha tenido su expresión, a veces afortunada, a veces incomprendida o contrariada, en nuestra participación en el concierto de las naciones. La originalidad panameña ha tenido comprensión en algunos y ha exasperado a otros. La originalidad panameña también se expresó, y se expresa, en nuestra capacidad natural de convivir con lo distinto, de recibir variadas influencias culturales y de incorporarlas sin traumas ni complejos al talante nacional.
Pese a todo, Panamá ha presentado ante el mundo, la imagen de un pueblo capaz de vivir un sano nacionalismo reivindicatorio, junto a un genuino universalismo. Nadie puede regatearnos el valor de semejante vocación.
El ser nacional panameño tiene menguas que son consecuencia de una falta de ejemplaridad, de liderazgo, de arraigo firme en el terreno de lo moral. Sin tratar de imponerle restricciones al pensamiento cívico nacional, hay que convenir en que a ningún pueblo, a ninguna persona, le hace daño que se le ofrezca un espejo para mirarse, o que se le extienda una invitación para tratar de lo esencial, o que se le alerte sobre la necesidad del autoanálisis y de la rectificación.
En estos días de celebraciones, de evocaciones, de panegíricos, es igualmente sano y congruente con la conciencia cívica, hacer una gimnasia que nos ayude a eliminar toxinas, obesidad y ficciones dañinas. No podemos abstraernos de las fronteras, no podemos tomarnos la libertad de trivializar una realidad cargada de advertencias, de alarmas, no debemos olvidar el primado de las estructuras, de las tendencias pesadas de la historia que se está haciendo, del desarrollo de las sociedades.
Ante el dicho de que "no hay nada tan perfecto que no tenga su defecto" la experiencia humana ha demostrado que los seres y las sociedades humanas están siempre pendientes de hacer la prueba y el error. Para que esa experiencia sea útil y provechosa, debemos tener el valor de poner nuestros sueños, nuestros ideales, nuestras aspiraciones, frente a los aportes, los esfuerzos, los sacrificios que estamos dispuestos a hacer para convertirlos en realidad. Si las circunstancias llegaran a sernos favorables, nuestro deber consiste en saberlas aprovechar. No las podemos inventar. El filósofo existencialista, Gabriel Marcel decía que "el mañana no es para esperar, sino para inventar". En el caso del mañana panameño, lo que tenemos que hacer para poder decir que lo hemos inventado, es prepararlo.