Impenitencia
Un león, un asno y un lobo fueron a confesarse. El león confesó que el se comía a cuanto animal le fuera posible. El confesor le dio la absolución de inmediato, considerando que el león era el rey de la selva y debido a su naturaleza estaba el comerse a cuanto animal pudiera.
El asno confesó que en una ocasión había estado tan hambriento, que llegó a comerse un pedazo de suela de uno de los zapatos de su amo y debido a eso, aquel contrajo un resfrío. El confesor se sintió incapaz de perdonarlo y se lo remitió al obispo para que le impusiera él la penitencia.
El lobo confesó su glotonería y su ferocidad para con sus presas, especialmente ovejas y terneros. El sacerdote le dio la absolución, no sin antes aconsejarle moderación en su conducta y le impuso como penitencia que en adelante no debiera comer cantidad de carne alguna que tuviera un valor mayor de unos diez centavos.
El lobo convino en ello, pero se despidió del confesor bajo la impresión de que la dieta impuesta era muy severa.
Dos o tres días después y casi muerto de hambre vio a una vaca con su ternero; se le desorbitaron los ojos y tuvo que vencer el impulso de correr de inmediato hacia ellos, pero se contuvo al recordar la pena que se le había impuesto, la que debía cumplir a cabalidad. Se hizo un examen de conciencia para decidir. Valoró entonces a la vaca en siete centavos y tres el ternero, y se comió a los dos.