Indígenas y desarrollo social
Toda la población está esperando escuchar de los candidatos a la Presidencia de la República, las propuestas que su equipo de trabajo presente para resolver los graves problemas sociales que aquejan a nuestro país. Altos niveles de desempleo, alarmantes cifras de pobreza y pobreza extrema, educación insuficiente y de baja calidad, escasez de vivienda, salud insuficiente, y en general índices de desarrollo humano que reflejen una vida digna para todos los panameños y panameñas.
Resulta vergonzoso que en pleno siglo XXI casi uno de cada diez panameños no sepan leer ni escribir, o que casi la mitad reciban ingresos que no les permiten comprar los alimentos que requieren para llevar una vida sana. El tiempo pasa y la población no percibe que se estén haciendo los esfuerzos para garantizar una solución de estos males a corto plazo.
Uno de los temas que será necesario afrontar en la próxima agenda de gobierno es cómo vamos a lograr que la población indígena mejore sus condiciones de vida. Si los indicadores sociales son frustrantes cuando se considera toda la población, el problema es más dramático aún al analizar las comunidades indígenas. Por cada analfabeto en las zonas urbanas y rurales, hay cuatro en las indígenas, y la mortalidad infantil es cinco veces mayor. Casi la mitad de los indígenas no tiene grado aprobado, una cuarta parte son analfabetos e igual proporción de la población menor de cinco años está desnutrida.
Debemos reconocer que nuestros gobernantes solamente ponen atención a los grupos organizados que protestan en las calles pero abandonan a su destino aquellos que no tienen los medios para denunciar su deplorable condición. Por su parte los líderes sociales que encabezan estos movimientos de protesta incubados en la urbe capitalina, pelean por sus intereses particulares pero no miran hacia los que están más debajo de ellos en la escala social.
Además, en muchas ocasiones, legislamos sin tener en cuenta las oportunidades que los indígenas requieren para convertirse en sujetos de su propio desarrollo. Comunidades enteras que vivían dentro de zonas que han sido declaradas Parque Nacional por algún funcionario desde un escritorio, quedaron sin poder cazar, pescar, cultivar o realizar actividad alguna que les garantice la subsistencia a que tienen derecho, especialmente por ser los panameños que ya vivían en este territorio mucho antes de que ninguno de los que protesta en las calles pensara en la existencia de Panamá.
Esperamos que en los nuevos programas de gobierno exista un espacio para reconocer que nuestra población indígena tiene el derecho a subsistir y desarrollarse. De otra manera continuaremos presentando al mundo cifras vergonzosas que demuestran que a pesar de toda la riqueza natural que anunciamos poseer, hemos sido capaces de darle vida digna ni siquiera a los que estaban aquí cuando nosotros llegamos.
Resulta vergonzoso que en pleno siglo XXI casi uno de cada diez panameños no sepan leer ni escribir, o que casi la mitad reciban ingresos que no les permiten comprar los alimentos que requieren para llevar una vida sana. El tiempo pasa y la población no percibe que se estén haciendo los esfuerzos para garantizar una solución de estos males a corto plazo.
Uno de los temas que será necesario afrontar en la próxima agenda de gobierno es cómo vamos a lograr que la población indígena mejore sus condiciones de vida. Si los indicadores sociales son frustrantes cuando se considera toda la población, el problema es más dramático aún al analizar las comunidades indígenas. Por cada analfabeto en las zonas urbanas y rurales, hay cuatro en las indígenas, y la mortalidad infantil es cinco veces mayor. Casi la mitad de los indígenas no tiene grado aprobado, una cuarta parte son analfabetos e igual proporción de la población menor de cinco años está desnutrida.
Debemos reconocer que nuestros gobernantes solamente ponen atención a los grupos organizados que protestan en las calles pero abandonan a su destino aquellos que no tienen los medios para denunciar su deplorable condición. Por su parte los líderes sociales que encabezan estos movimientos de protesta incubados en la urbe capitalina, pelean por sus intereses particulares pero no miran hacia los que están más debajo de ellos en la escala social.
Además, en muchas ocasiones, legislamos sin tener en cuenta las oportunidades que los indígenas requieren para convertirse en sujetos de su propio desarrollo. Comunidades enteras que vivían dentro de zonas que han sido declaradas Parque Nacional por algún funcionario desde un escritorio, quedaron sin poder cazar, pescar, cultivar o realizar actividad alguna que les garantice la subsistencia a que tienen derecho, especialmente por ser los panameños que ya vivían en este territorio mucho antes de que ninguno de los que protesta en las calles pensara en la existencia de Panamá.
Esperamos que en los nuevos programas de gobierno exista un espacio para reconocer que nuestra población indígena tiene el derecho a subsistir y desarrollarse. De otra manera continuaremos presentando al mundo cifras vergonzosas que demuestran que a pesar de toda la riqueza natural que anunciamos poseer, hemos sido capaces de darle vida digna ni siquiera a los que estaban aquí cuando nosotros llegamos.