Informar sobre la gestión presidencial
La presidenta Moscoso, así como el que le suceda en el alto cargo, no debe olvidar que para exigir a la ciudadanía orden, honradez, conducta y esfuerzo, es preciso obrar en los planos superiores con fuerza de ejemplaridad. Convenir en que no existe una moral privada y una moral pública, porque la moral es una sola e indivisible y no admite una interpretación dual. Se debe desempeñar la función presidencial encomendada con cabal sentido de responsabilidad, conciencia de la propia idoneidad y espíritu de sacrificio.
Sería halagador y en alto grado, que la presidenta Moscoso (como bien lo hiciera el presidente don Enrique A. Jiménez durante su gobierno de 1945 a 1948), a través de ininterrumpidas conferencias semanales de prensa, en el Palacio de las Garzas, mantuviera al pueblo informado de su gestión. Lamentablemente, ello no se ha cumplido (a pesar de contar con la flamante Dirección de Información de la Presidencia), en casi cuatro años de su mandato. No se recuerda, durante este tiempo, que se haya convocado ni semanal ni mensualmente a una sola "conferencia de prensa" en la Presidencia, para informar oficialmente a la Nación sobre la labor realizada a nivel gubernamental. El presidente Abraham Lincoln dijo: "Diga al pueblo la verdad y la nación estará salvada".
Todo lo contrario, la presidenta ha instituido en Panamá la nefasta modalidad de sus acostumbradas "conferencias de prensa callejeras", contestando a los periodistas las interrogantes que le formulen en las calles, pasillos, patios, etc., generalmente, con frases desprovistas de un lenguaje adecuado y de la prudencia necesaria que justifica una formal declaración presidencial, independientemente de cualquiera sea el tema tratado. Y todo esto ocurre, precisamente, porque se hace en forma improvisada. Es de desear, ojalá así sea, que el próximo Presidente de la República (2004-2009) rescate la formalidad del deber indeclinable que tiene un gobernante democrático e informar periódicamente a la Nación, todo lo relacionado con la marcha de los asuntos públicos, siempre en función de la verdad.
Por otra parte, la opinión pública no debe permanecer indiferente cuando se trata de juzgar la labor realizada por un determinado gobierno, porque una actitud de esa naturaleza induciría al desaliento a los futuros mandatarios. El juicio popular en este aspecto es indispensable en toda democracia para quienes tengan a su cargo la orientación de los destinos nacionales, sepan en todo momento que hay una conciencia colectiva despierta y vigilante interesada en conocer el uso que se hace del poder político que se otorga a los presidentes. Y en este sentido, también es necesario que cuando llega la hora de juzgar las tareas de un gobierno, se abandonen por completo resabios y prejuicios para que el fallo que se dicte en forma inapelable sea sereno y justo.
Por eso se ha dicho, que él o la gobernante debe tener la valentía de abandonar el cargo que se desempeña o la representación que se inviste, cuando está en peligro el mantenimiento de una recta línea de conducta o cuando la vindicta pública señala con su dedo acusador la violación de los deberes, la incapacidad funcional o el abuso de las facultades otorgadas, entendiendo que honra más una retirada digna que un poder detentado por razón de empecinada prepotencia y sin contar con la confianza de los gobernados y el respeto de la sociedad. Presidenta Moscoso: ¡Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!
El encuentro con el educador norteamericano Frederick Libby, impresionó notablemente a la maestra Rodríguez, por las ideas que tenía él para asegurar el adecuado funcionamiento de las escuelas primarias en el país. Libby era Inspector General de Enseñanza Primaria, cargo creado en 1913, considerado por muchas personas como una experiencia fundamental en la organización de la educación nacional, en virtud del rápido incremento de las escuelas primarias, personal docente y número de alumnos. Encontró en 1916 que las escuelas estaban organizadas en Distritos Escolares, uno de los cuales era el de Antón, donde ella trabajaba. Al frente de cada uno de los 21 distritos estaba un Inspector Escolar, cuya función era esencialmente de fiscalización y, de cierta forma, punitiva.
El movimiento impulsado a partir de mayo de 1919, por integrar varones y niñas en las mismas escuelas y aulas, llamado coeducación, le pareció una revolución, vista la opinión de algunos sobre la conveniencia moral de mantener la diferenciación de sexos en los espacios educativos. Igualmente, la celebración de la primera Asamblea Pedagógica causó una fuerte impresión en su viaje, pues observó debates y conferencias sobre temas educativos de actualidad, a cargo de grandes maestros como Homero Ayala, Jeptha B. Duncan , Dámaso Botello y otros.
Al conversar con sus colegas observó que una buena parte de ellos tenía preparación pedagógica, eran idóneos, situación muy distinta a la de su época; algunos se formaban en Escuelas Normales Rurales y otros en las Urbanas.
En 1920, el 43 % de los maestros de primaria tenían diploma de la normal y 43% certificado de aptitud; en secundaria, el 26% de los docentes de secundaria tenían estudios universitarios. Unos 71 centros de educación particular funcionaban en esa época en los principales centros poblados del país. Mucha expectativa le generó la filosofía que sustentó toda la reforma curricular que dirigió con talento José Daniel Crespo en 1926.
Aún cuando observaba con asombro los avances educativos, también le causó preocupación escuchar en 1929 el informe del Secretario J.B. Duncan que expresaba que sólo terminaba la escuela primaria el 2% de los niños en edad escolar y que el 50% de la población panameña era analfabeta o semianalfabeta. También le preocupaba la situación de sus colegas, pues encontró que los ingresos no les permitían vivir de forma decorosa. En 1932, los educadores subsistían en condiciones muy difíciles. Un maestro graduado ganaba mensualmente B/65.00, si trabajaba en la Capital del país, y B/35.00, si lo hacía en lugares rurales. (Continuará la próxima semana)
* El autor es Vicerrector de la Universidad Especializada de las Américas.
Sería halagador y en alto grado, que la presidenta Moscoso (como bien lo hiciera el presidente don Enrique A. Jiménez durante su gobierno de 1945 a 1948), a través de ininterrumpidas conferencias semanales de prensa, en el Palacio de las Garzas, mantuviera al pueblo informado de su gestión. Lamentablemente, ello no se ha cumplido (a pesar de contar con la flamante Dirección de Información de la Presidencia), en casi cuatro años de su mandato. No se recuerda, durante este tiempo, que se haya convocado ni semanal ni mensualmente a una sola "conferencia de prensa" en la Presidencia, para informar oficialmente a la Nación sobre la labor realizada a nivel gubernamental. El presidente Abraham Lincoln dijo: "Diga al pueblo la verdad y la nación estará salvada".
Todo lo contrario, la presidenta ha instituido en Panamá la nefasta modalidad de sus acostumbradas "conferencias de prensa callejeras", contestando a los periodistas las interrogantes que le formulen en las calles, pasillos, patios, etc., generalmente, con frases desprovistas de un lenguaje adecuado y de la prudencia necesaria que justifica una formal declaración presidencial, independientemente de cualquiera sea el tema tratado. Y todo esto ocurre, precisamente, porque se hace en forma improvisada. Es de desear, ojalá así sea, que el próximo Presidente de la República (2004-2009) rescate la formalidad del deber indeclinable que tiene un gobernante democrático e informar periódicamente a la Nación, todo lo relacionado con la marcha de los asuntos públicos, siempre en función de la verdad.
Por otra parte, la opinión pública no debe permanecer indiferente cuando se trata de juzgar la labor realizada por un determinado gobierno, porque una actitud de esa naturaleza induciría al desaliento a los futuros mandatarios. El juicio popular en este aspecto es indispensable en toda democracia para quienes tengan a su cargo la orientación de los destinos nacionales, sepan en todo momento que hay una conciencia colectiva despierta y vigilante interesada en conocer el uso que se hace del poder político que se otorga a los presidentes. Y en este sentido, también es necesario que cuando llega la hora de juzgar las tareas de un gobierno, se abandonen por completo resabios y prejuicios para que el fallo que se dicte en forma inapelable sea sereno y justo.
Por eso se ha dicho, que él o la gobernante debe tener la valentía de abandonar el cargo que se desempeña o la representación que se inviste, cuando está en peligro el mantenimiento de una recta línea de conducta o cuando la vindicta pública señala con su dedo acusador la violación de los deberes, la incapacidad funcional o el abuso de las facultades otorgadas, entendiendo que honra más una retirada digna que un poder detentado por razón de empecinada prepotencia y sin contar con la confianza de los gobernados y el respeto de la sociedad. Presidenta Moscoso: ¡Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!
El encuentro con el educador norteamericano Frederick Libby, impresionó notablemente a la maestra Rodríguez, por las ideas que tenía él para asegurar el adecuado funcionamiento de las escuelas primarias en el país. Libby era Inspector General de Enseñanza Primaria, cargo creado en 1913, considerado por muchas personas como una experiencia fundamental en la organización de la educación nacional, en virtud del rápido incremento de las escuelas primarias, personal docente y número de alumnos. Encontró en 1916 que las escuelas estaban organizadas en Distritos Escolares, uno de los cuales era el de Antón, donde ella trabajaba. Al frente de cada uno de los 21 distritos estaba un Inspector Escolar, cuya función era esencialmente de fiscalización y, de cierta forma, punitiva.
El movimiento impulsado a partir de mayo de 1919, por integrar varones y niñas en las mismas escuelas y aulas, llamado coeducación, le pareció una revolución, vista la opinión de algunos sobre la conveniencia moral de mantener la diferenciación de sexos en los espacios educativos. Igualmente, la celebración de la primera Asamblea Pedagógica causó una fuerte impresión en su viaje, pues observó debates y conferencias sobre temas educativos de actualidad, a cargo de grandes maestros como Homero Ayala, Jeptha B. Duncan , Dámaso Botello y otros.
Al conversar con sus colegas observó que una buena parte de ellos tenía preparación pedagógica, eran idóneos, situación muy distinta a la de su época; algunos se formaban en Escuelas Normales Rurales y otros en las Urbanas.
En 1920, el 43 % de los maestros de primaria tenían diploma de la normal y 43% certificado de aptitud; en secundaria, el 26% de los docentes de secundaria tenían estudios universitarios. Unos 71 centros de educación particular funcionaban en esa época en los principales centros poblados del país. Mucha expectativa le generó la filosofía que sustentó toda la reforma curricular que dirigió con talento José Daniel Crespo en 1926.
Aún cuando observaba con asombro los avances educativos, también le causó preocupación escuchar en 1929 el informe del Secretario J.B. Duncan que expresaba que sólo terminaba la escuela primaria el 2% de los niños en edad escolar y que el 50% de la población panameña era analfabeta o semianalfabeta. También le preocupaba la situación de sus colegas, pues encontró que los ingresos no les permitían vivir de forma decorosa. En 1932, los educadores subsistían en condiciones muy difíciles. Un maestro graduado ganaba mensualmente B/65.00, si trabajaba en la Capital del país, y B/35.00, si lo hacía en lugares rurales. (Continuará la próxima semana)
* El autor es Vicerrector de la Universidad Especializada de las Américas.