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Inmigrantes


Calais en Francia, la frontera entre México y EE.UU. o el mediterráneo de España. Más que un delito individual, la inmigración ilegal se ha convertido en un penoso problema político, social y diplomático que atenta contra la estabilidad de las naciones receptoras y expone el drama de miseria y pobreza de las naciones de origen. Cada año millones se movilizan en el hemisferio sur hacia países industrializados, en el contexto de lo que se conoce como trata de personas.

Vagones, barcos, el contenedor de algún camión o frágiles cayucos sirven para el ilícito que, aunque puede ser señalado como un problema actual, tiene distintas motivaciones. Como si de cobro histórico se tratara, los inmigrantes se dirigen a las naciones que en un momento de la historia subsidiaron su desarrollo con base en materias primas y recursos de los países de donde provienen las diásporas.

De América Latina hacia EE.UU. y España, de África a Francia, España e Inglaterra; de India y Turquía hacia Alemania, Bélgica y Holanda. Hace dos años esa inmigración incontenible desató una de las peores crisis en los barrios marginales de París. Pero si bien la pobreza y las falsas promesas de los tratantes estimulan ese negocio de negreros, en muchos de los casos la ventaja que ofrece una mano de obra barata halla recepción en las naciones de destino. Pese a esfuerzos como los que desarrolla EE.UU., lejos de resolverse el problema lo agravan, incorporando más elementos a una crisis que podría reventar de un momento a otro, con consecuencias que pocos aciertan a prever.

101 años de Panamá América

 
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