Inocente y culpable
Se puso sobre sus pies. El Magistrado de la audiencia le hizo la pregunta de rigor: "¿Se considera usted inocente o culpable?". El acusado miró hacia todos lados, menos al jurado. Luego, clavando fijamente sus ojos en el piso, éste respondió: "Inocente su Señoría". La audiencia continuó. Alegatos, argumentos, de parte y parte. Los familiares y curiosos que concurrieron al juicio ya no apostaban a la inocencia o culpa del acusado, sino a quien, entre fiscal y defensor, les parecía mejor. Razón tenía Ferri cuando advertía que al iniciarse una audiencia todos nos preocupamos por saber si el acusado es culpable o no. A lo largo del juicio, con el transcurrir de las horas, decía, se pierde este interés y se apuesta a defensor o acusador.
Personalmente, creo que es así. Sin embargo, al final, cuando se está a la impaciente espera del veredicto del jurado, el interés inicial retorna con más fuerza, mayor ímpetu, y la ansiedad se adueña, con mayor dominio, de todos.
Llegó, luego de los alegatos, el momento en que los jurados habrán de decidir. Al rato, luego de varias horas de espera, apareció el cuerpo de jueces populares. Pasaron un papel al Magistrado, quien leyó su contenido ceremoniosamente: "El Jurado declara: ¡Inocente¡". El abogado abraza a su cliente. Estaba feliz. Una victoria más en su hoja de vida profesional. El acusado lloraba, reía, sonreía y saltaba tratando de levantar en peso a su abogado que lo había librado de los veinte años de cárcel si lo declaraban culpable. De pronto, suspende la risa, frunce el ceño y firmemente mira al abogado que lo ha defendido y le dice: ¡Usted es tan buen abogado que por poco me convence de mi inocencia¡
El abogado también frunce el ceño y sus brazos, que hacía unos pocos minutos eran buenos para abrazar a su defendido, ahora lo empujan, calla, no dice nada, con rabia y furor mira al rostro del liberado y se decide a pronunciar estas palabras: "¡En todo momento creí en su inocencia, ahora me doy cuenta que usted es un vulgar asesino, un farsante! ¡Pero bien, le tengo una sorpresa, búsquese otro abogado, porque le acaba de surgir otro caso de homicidio!".
El relato anterior, nada de invento ni fecundo fruto de la imaginación, es un cuadro que se dibujó en la realidad, dato de la experiencia. Moraleja: El cliente debe confiar, siempre, a su abogado todo cuanto ha acontecido en el caso, lo bueno y lo malo. Ningún abogado que se repute bueno y correcto podrá formular una excelente defensa si no conoce a ciencia cierta todos los elementos que rodean el hecho. El abogado es para el acusado lo mismo que el cura o pastor es para el confesado: su confesor.