Instituciones no tradicionales
La crisis financiera que afectó a gran parte del continente americano en 1998 se ahondó en los países menos desarrollados porque el tema de fondo se convirtió en política partidista y se desprestigió la institucionalidad económica. Aunque formal y cronológicamente, el inicio de la crisis fue la devaluación brasileña, la gestación tuvo lugar en los años previos, en los que se intentó mantener un tipo de cambio irreal de la moneda brasileña que nunca tenía suficientemente en cuenta la inflación interna y el enorme déficit público.
La devaluación brasileña nos afectó a todos, incluso a los más sólidos, como Argentina y Chile, a pesar de sus divergentes circunstancias monetarias. Argentina tiene un "currency board" con el dólar y Chile tenía, hasta hace unos meses, un sistema de bandas fluctuantes. La crisis de ambos países, se apoya, a su vez, en debilidades internas. En Chile, como en la mayoría de los países, incluyendo Panamá, el actual gobierno ha ido interviniendo cada vez más la economía, perdiendo la flexibilidad que le hizo ser un ejemplo para todos los países americanos. En Argentina, la paridad con el dólar obliga una política monetaria mucho más exigente que la que se derivaría de la dolarización total de la economía, a lo que hay que añadir un gasto público y déficit fiscal que, en esas condiciones monetarias, es excesivo.
No obstante, detrás de la crisis de cada uno de los países afectados por la devaluación brasileña, hay similares historias de debilidades internas. Es especialmente grave la situación porque la mayoría de los países latinoamericanos no han aguantado los rigores de las reformas económicas y se han estancado o retrocedido. Pareciera aquí que la crisis se ha trasladado a las instituciones del sistema público democrático. Muchos pensaron que para que funcionara la economía de mercado sólo era necesario dejar libertad de precios y privatizar las empresas estatales. La economía de mercado es imposible sin instituciones asimiladas y respetadas por todos los ciudadanos y partidos políticos; que sean autónomas en su régimen interno e independientes en el ejercicio de sus funciones; que mantengan la separación de poderes, reflejen la independencia del poder judicial y de un sistema de justicia rápido; y que impongan sentencias que se cumplan. En consecuencia, esta nueva generación de instituciones excluye la corrupción.
Si se analizan las crisis económicas de los diferentes países latinoamericanos, lo que aparece, previamente, en la mayoría de los casos, son debilidades institucionales políticas, que la etapa de mejoría económica no consiguió, como era lógico, resolver. El premio Nobel de Economía Douglas North ha dedicado su obra a explicar cuáles son esas instituciones y lo que puede hacerse para implantarlas, que es muy poco desde el exterior. La institucionalización tiene que ser una práctica interna. North se refirió a esas instituciones como un concepto trascendental, una nueva idea que desafía las formas tradicionales de hacer las cosas. Esas instituciones novedosas deben promover la creación de una nueva cultura de mercado, basada en la honestidad, transparencia y equidad. Y esas instituciones requieren gente dispuesta a trabajar con creatividad, iniciativa y energía, sin compromisos con nadie. Un ejemplo de tales instituciones es la Comisión de Libre Competencia y Asuntos del Consumidor (CLICAC), que cumple sus funciones sobre la base de dos principios básicos, autonomía para arbitrar un mercado en el cual las violaciones a las leyes se originan tanto de los agentes económicos como del propio Estado, y carácter técnico porque sus comisionados y directores han sido designados por su experiencia, solvencia profesional y moral.
En una ocasión, el mismo North, en referencia a los países subdesarrollados, se preguntó ¿por qué algunas naciones se desarrollan y otras se mantienen inmersas en la pobreza, cuando de pronto todas han adoptado políticas de apertura similares y han abierto sus mercados, han privatizado sus empresas públicas, han desregulado los precios y han cambiado sus formas de comercializar sus bienes y servicios? Aparentemente la razón responde a la diferencia en la aplicación del marco legal institucional. Y, ¿qué es el marco legal institucional? Es precisamente las reglas del juego. No basta con sólo ver el mercado, es necesario que haya reglas claras y bien comprendidas; que haya mecanismos para que las reglas se cumplan y para que la gente crea que esas reglas se van a cumplir, porque nace de ellos mismos cumplirlas. Solamente así, las reglas tendrán sentido y la gente va entonces a apreciar las instituciones.
Resulta que, para que la economía de mercado funcione, no basta con aplicar políticas correctas, sino que es necesario contar con instituciones sólidas y no corruptas. El escándalo de la corrupción rusa destapado hace un año a raíz de la desastrosa situación política, económica y social de la antigua URSS, y donde los políticos de Washington acuñaron la frase "la cleptocracia oligárquica" para definir el régimen de la nueva Rusia, describe con acierto que la causa del fracaso de los programas del Fondo Monetario Internacional es que contribuyeron a crear un desierto institucional en una cultura de engaño, de economía negra, de rapiña por los privilegiados heredados del comunismo. Es decir, la falta de instituciones serias y honorables hizo imposible la transición al capitalismo durante esta década en los países del Este de Europa, Rusia y las ex repúblicas soviéticas, con la excepción de Polonia, la República Checa y Hungría que sí sentaron las bases institucionales para una economía más eficiente.
En realidad, el levantamiento de las barreras al comercio no ha causado la pobreza mundial, sino que la ha revelado. En comparación con la década de 1980, hay cientos de millones de personas que tienen una mejor vida gracias al comercio mundial. Los programas de reformas económicas, efectivamente, pueden garantizar notables éxitos, siempre y cuando cada país establezca un régimen institucional no tradicional, serio y respetable. Pero, no esperemos milagros de los de afuera. Lo único que pueden ofrecer los países más avanzados es el ejemplo de que como mejor se garantizan la paz, la libertad y la prosperidad económica es con las instituciones autónomas y técnicas de las democracias que, por definición, son economías de mercado.
Tengamos cuidado con aquellos que están siempre dispuestos a extraer consecuencias contra la política económica ortodoxa. Lo que deben entender no es que las reformas no sirvan, sino que no bastan para conseguir un crecimiento equilibrado y que hay que hacer más cosas. La conclusión es que el mercado rendirá frutos para todos si respetamos las instituciones. Es decir, sin instituciones no tradicionales, el mercado no funciona, pero, sin mercado, mucho menos.
La devaluación brasileña nos afectó a todos, incluso a los más sólidos, como Argentina y Chile, a pesar de sus divergentes circunstancias monetarias. Argentina tiene un "currency board" con el dólar y Chile tenía, hasta hace unos meses, un sistema de bandas fluctuantes. La crisis de ambos países, se apoya, a su vez, en debilidades internas. En Chile, como en la mayoría de los países, incluyendo Panamá, el actual gobierno ha ido interviniendo cada vez más la economía, perdiendo la flexibilidad que le hizo ser un ejemplo para todos los países americanos. En Argentina, la paridad con el dólar obliga una política monetaria mucho más exigente que la que se derivaría de la dolarización total de la economía, a lo que hay que añadir un gasto público y déficit fiscal que, en esas condiciones monetarias, es excesivo.
No obstante, detrás de la crisis de cada uno de los países afectados por la devaluación brasileña, hay similares historias de debilidades internas. Es especialmente grave la situación porque la mayoría de los países latinoamericanos no han aguantado los rigores de las reformas económicas y se han estancado o retrocedido. Pareciera aquí que la crisis se ha trasladado a las instituciones del sistema público democrático. Muchos pensaron que para que funcionara la economía de mercado sólo era necesario dejar libertad de precios y privatizar las empresas estatales. La economía de mercado es imposible sin instituciones asimiladas y respetadas por todos los ciudadanos y partidos políticos; que sean autónomas en su régimen interno e independientes en el ejercicio de sus funciones; que mantengan la separación de poderes, reflejen la independencia del poder judicial y de un sistema de justicia rápido; y que impongan sentencias que se cumplan. En consecuencia, esta nueva generación de instituciones excluye la corrupción.
Si se analizan las crisis económicas de los diferentes países latinoamericanos, lo que aparece, previamente, en la mayoría de los casos, son debilidades institucionales políticas, que la etapa de mejoría económica no consiguió, como era lógico, resolver. El premio Nobel de Economía Douglas North ha dedicado su obra a explicar cuáles son esas instituciones y lo que puede hacerse para implantarlas, que es muy poco desde el exterior. La institucionalización tiene que ser una práctica interna. North se refirió a esas instituciones como un concepto trascendental, una nueva idea que desafía las formas tradicionales de hacer las cosas. Esas instituciones novedosas deben promover la creación de una nueva cultura de mercado, basada en la honestidad, transparencia y equidad. Y esas instituciones requieren gente dispuesta a trabajar con creatividad, iniciativa y energía, sin compromisos con nadie. Un ejemplo de tales instituciones es la Comisión de Libre Competencia y Asuntos del Consumidor (CLICAC), que cumple sus funciones sobre la base de dos principios básicos, autonomía para arbitrar un mercado en el cual las violaciones a las leyes se originan tanto de los agentes económicos como del propio Estado, y carácter técnico porque sus comisionados y directores han sido designados por su experiencia, solvencia profesional y moral.
En una ocasión, el mismo North, en referencia a los países subdesarrollados, se preguntó ¿por qué algunas naciones se desarrollan y otras se mantienen inmersas en la pobreza, cuando de pronto todas han adoptado políticas de apertura similares y han abierto sus mercados, han privatizado sus empresas públicas, han desregulado los precios y han cambiado sus formas de comercializar sus bienes y servicios? Aparentemente la razón responde a la diferencia en la aplicación del marco legal institucional. Y, ¿qué es el marco legal institucional? Es precisamente las reglas del juego. No basta con sólo ver el mercado, es necesario que haya reglas claras y bien comprendidas; que haya mecanismos para que las reglas se cumplan y para que la gente crea que esas reglas se van a cumplir, porque nace de ellos mismos cumplirlas. Solamente así, las reglas tendrán sentido y la gente va entonces a apreciar las instituciones.
Resulta que, para que la economía de mercado funcione, no basta con aplicar políticas correctas, sino que es necesario contar con instituciones sólidas y no corruptas. El escándalo de la corrupción rusa destapado hace un año a raíz de la desastrosa situación política, económica y social de la antigua URSS, y donde los políticos de Washington acuñaron la frase "la cleptocracia oligárquica" para definir el régimen de la nueva Rusia, describe con acierto que la causa del fracaso de los programas del Fondo Monetario Internacional es que contribuyeron a crear un desierto institucional en una cultura de engaño, de economía negra, de rapiña por los privilegiados heredados del comunismo. Es decir, la falta de instituciones serias y honorables hizo imposible la transición al capitalismo durante esta década en los países del Este de Europa, Rusia y las ex repúblicas soviéticas, con la excepción de Polonia, la República Checa y Hungría que sí sentaron las bases institucionales para una economía más eficiente.
En realidad, el levantamiento de las barreras al comercio no ha causado la pobreza mundial, sino que la ha revelado. En comparación con la década de 1980, hay cientos de millones de personas que tienen una mejor vida gracias al comercio mundial. Los programas de reformas económicas, efectivamente, pueden garantizar notables éxitos, siempre y cuando cada país establezca un régimen institucional no tradicional, serio y respetable. Pero, no esperemos milagros de los de afuera. Lo único que pueden ofrecer los países más avanzados es el ejemplo de que como mejor se garantizan la paz, la libertad y la prosperidad económica es con las instituciones autónomas y técnicas de las democracias que, por definición, son economías de mercado.
Tengamos cuidado con aquellos que están siempre dispuestos a extraer consecuencias contra la política económica ortodoxa. Lo que deben entender no es que las reformas no sirvan, sino que no bastan para conseguir un crecimiento equilibrado y que hay que hacer más cosas. La conclusión es que el mercado rendirá frutos para todos si respetamos las instituciones. Es decir, sin instituciones no tradicionales, el mercado no funciona, pero, sin mercado, mucho menos.