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Instituto Nacional e inicio de clases


En esta semana fue el inicio del año escolar del nuevo milenio y en casi todos los aspectos, no difiere mucho de los años previos: centros mal dotados y destartalados, la especulación con los textos escolares, las prácticas monopólicas en la venta de uniformes y libros, el abuso de las cuotas escolares en centros privados, los buses colegiales desordenados, la falta de maestros en zonas apartadas, etc.
Algo distinto fue el gesto temerario de la presidenta Mireya Moscoso, de presentarse al Instituto Nacional y dar un discurso en el que informó de la asignación de B/.5 millones para ese colegio, producto de la venta a la Autoridad del Canal del inmueble donde operaba el Balboa High School, más 100 computadoras, el mobiliario de la clausurada escuela norteamericana y la donación de un lote al otro lado de la Avenida de los Mártires.
No hubo incidentes ni protestas, lo que quizás fue una rara muestra de madurez de los estudiantes, los mismos que hace un año agredieron a su rector Jaime Ruiz por demandar la presencia policial durante unos disturbios, o el natural resultado de las buenas nuevas, o el producto del factor sorpresa, la cuestión es que la inesperada visita presidencial fue bien acogida.
La enorme inversión en la reparación del Instituto Nacional es merecida, dada su calidad de Monumento Histórico y el trascendental papel desempeñado por ese centro de estudios a lo largo de la vida republicana, en cuyas aulas operó la Facultad Nacional de Derecho en 1918, la Escuela Libre de Derecho en 1930 y la Universidad Nacional fundada por el presidente Harmodio Arias en 1935.
Las más importantes gestas populares, democráticas y soberanas del siglo tuvieron por eje al Instituto Nacional o a sus estudiantes. Sus gruesas paredes parecen forjadas para la lucha; y en ellas yacen torpemente maquilladas infinidad de cicatrices de metralla y sangre, de infinitos embates de los cuerpos represivos del militarismo nacional y del ejército colonial de Estados Unidos.
Con un poco de suerte es posible escuchar en sus salones, lejos de la algarabía de su muchachada rebelde, ecos del pasado glorioso, acaso al rector Octavio Méndez Pereira enfrentarse verbalmente, cara a cara, a la fuerza policial, negándose a entregar al estudiante Secundino Torres Gudiño. Pudo entonces más la fuerza de la autoridad moral sobre las armas.
Al margen de lo anterior, no nos mereció regocijo alguno la repartición de los despojos del Balboa High School. Con su cierre perdimos una oportunidad inédita de conservar un puente más con nuestra historia, permitiendo la continuación de su funcionamiento bajo calendario y estándar estadounidense, lo cual habría representado muchas ventajas para estudiantes locales y extranjeros interesados en continuar educándose en Norteamérica. Y el hecho de que existan hoy en el país otros centros que reúnen estas características, no demerita sino que más bien refuerza el argumento, por el hecho de la tradición, acreditación y raíces del desmantelado colegio.
Otro punto que llama la atención es el anuncio del Ministerio de Educación, de la inversión record de B/.25 millones en reparaciones, - más que en los cinco años del gobierno anterior -, lo que es triste porque es demasiado dinero en un mero conservar, no en mejorar, lo que tenemos. Si las comunidades cuidaran sus escuelas, esos millones podrían gastarse en computadoras, laboratorios, bibliotecas y equipos modernos, en vez de persianas, bancas y sanitarios saqueados.

101 años de Panamá América

 
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