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¿Integración con Centroamérica?


SEGÚN UN importante diario panameño, pudimos leer hace poco una sentencia formulada por uno de los líderes de la empresa privada que rezaba: "La integración de Panamá con Centroamérica es vital para poder lograr un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea". Bajo el riesgo de que posiblemente no haya comprendido a cabalidad el contenido del término "integración", me parece importante no obstante, exponer, algunos pensamientos que espero contribuyan a diferenciar más el debate sobre una cuestión de alcance nacional, como lo es la posible integración con la América Central.
Dejo a los expertos en economía nacional la tarea de analizar minuciosamente las diferencias estructurales en las economías de Panamá y las del resto de las naciones de la región. Me limito a mencionar la conocida tesis de que casi todos nuestros vecinos se basan en el concepto tradicional de desarrollo industrial para sacar a sus países del subdesarrollo. La historia de nuestra economía parece demostrarme que nuestro camino, al parecer más eficiente, fue y sigue siendo otro: El progreso y desarrollo de nuestra economía se fundamenta, no únicamente, pero con especial énfasis, en los servicios, en el principio fiscal de la territorialidad y en el de la protección de la confidencialidad de la persona humana. En este último precepto nos parecemos más a los suizos que a los centroamericanos.
La noticia aludida sobre la necesidad de una integración de nuestro país con el Istmo centroamericano, tan inofensiva como aparenta, conlleva explosivo de gran alcance respecto de la autodefinición de Panamá como una nación especial: Políticamente neutral (suelo propicio para mediación de conflictos), nuestro país se desenvuelve dentro de un concepto de economía de servicios internacionales (Canal, Zona Libre, registro naviero, servicios legales, centro de ferias y, no por último, turismo), con una moneda extranjera, el dólar estadounidense, amparada por nuestra Constitución y por un acuerdo bilateral con los EE.UU. y, sobre todo, con su principal recurso natural de singular y vital importancia, su posición geográfica, envidiada por el resto de la región centroamericana. No hay en el continente otro país comparable y me temo que una integración con Centroamérica mal concebida vaya a dar al traste con las principales columnas de nuestro sistema económico, social y político.
La experiencia suiza nos enseña que, lo que mejor sirve a los intereses de una nación pequeña en sus relaciones internacionales y en la defensa de sus singulares intereses, es el bilateralismo; o sea, todo un sistema de acuerdos bilaterales con cada uno de sus vecinos. Esto es válido, sin embargo, bajo la premisa de que esos vecinos sepan sopesar y reconocer las ventajas especiales que ofrece esa pequeña nación a la economía y política de la región. Nadie puede negar que este sea el caso con nuestro Istmo.
El comercio internacional necesita a Panamá; no creo necesario demostrarlo aquí, y más de un puñado de países recordará con agradecimiento que nuestro país en el pasado ha servido en diversas ocasiones como exitoso mediador en conflictos internacionales; los términos Contadora y Consejo de Seguridad de la ONU son sólo ejemplos que cualquiera puede recordar. Por algo destacaron los cancilleres Maduro de Venezuela y Rosenthal de Guatemala que "Panamá emergió .. como el candidato de consenso para ocupar un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU en representación de América Latina y el Caribe debido a su condición como "punto de encuentro" de la región".
El peso de Panamá en las relaciones internacionales parece mejor conmensurado desde afuera que desde la perspectiva que lo ven sus propios políticos. Si nuestro país no se da a respetar, nadie tiene por qué respetarnos. ¡El respeto no se obsequia, se conquista! Es hora de que el Istmo de Panamá haga escuchar su enérgica voz en el concierto de las naciones y tome conciencia de que, si sabe negociar con claridad de conceptos, firmeza, paciencia y mucho tacto diplomático, logrará mucho más que como se deje arrastrar por novedosas tendencias situacionales y limitadas en el tiempo.
No podemos perder de vista el marco histórico y la génesis de nuestra nación. Tenemos que comprender que nuestro país es más importante en la arena internacional de lo que nosotros mismos, los panameños, muchas veces nos podemos imaginar.
No sólo Centroamérica, sino también Europa necesita de Panamá, especialmente ahora que estamos por ampliar el Canal cumpliendo con nuestro moto nacional de "pro mundi beneficio" y bajo la premisa de que ese servicio en beneficio del mundo tiene que traer a nuestro país frutos positivos. No veo por qué doblegarnos ante la postura de la Europa Comunitaria de que "sólo negocia con grupos de países"; esto no es cierto y es fácil de refutar cuando recordamos que los Tratados Bilaterales entre Suiza y la Unión Europea, que entraron en vigor el 1° de julio del 2005, son la prueba más fehaciente de que es la voluntad de las naciones de defender sus más sagrados intereses lo que al final del día mejor conviene a sus pueblos.
Si el concepto de nación de los suizos se forjó al fuego de la lucha por el control de los pasos por los Alpes, el concepto de nación en Panamá se forjó al fuego de la lucha por el control de la "Cintura de América", fundamento que permitió la construcción de su famoso Canal. Si el Sonderweg (camino especial) de los suizos se ha caracterizado, entre otras, por su férrea voluntad y disponibilidad de defender ellos mismos su independencia, su neutralidad, su economía, su propia organización política y su cultura frente a los intereses o grupos de intereses de terceros, nos toca ahora a nosotros hacer lo análogo para lograr nuestra meta de nación en progreso y bienestar.
Y digo "entre otras cosas" porque no podemos omitir la mención de una de las grandes fuerzas morales que caracterizan a la Confederación Helvética y las que al mismo tiempo explican el respeto de que goza esa nación alpina en todo el mundo: su Estado de Derecho, la eficiencia de los servicios públicos, su profundo arraigo democrático, la independencia de sus tribunales y el alto pero sano grado de conciencia nacional de su población y sus políticos. También en este campo es bastante lo que los panameños podemos aprender de nuestros amigos suizos.

101 años de Panamá América

 
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