Interés superior del menor
Ésta es una de las mayores falacias de nuestro tiempo y, con los años, se verá cuánto daño ha causado a la sociedad y a la familia de hoy.
Caracterizado por una minoridad plena de derechos y ausente de deberes, y por el debilitamiento de la autoridad paterna, bajo el principio elevado a máxima dogmática del "interés superior del menor", florece desde hace al menos una década, una niñez y adolescencia ausente de valores, orientada casi exclusivamente hacia el gozo de la vida desde su particular punto de vista, bajo un régimen de total permisividad y desenfreno.
Por eso, los sicarios favoritos son menores; consumadas y curtidas seductoras de igual condición son consideradas víctimas; y las pandillas juveniles florecen a la sombra de la impunidad. Los jóvenes delincuentes se saben por encima de la Ley y se ríen de los psicólogos y sociólogos que los defienden. Muchos maltratan y amenazan a sus padres; otros los someten al chantaje de una satisfacción sin límites de necesidades materiales superfluas, bajo advertencia de satisfacerlas por otros medios.
Se comprende que el adulto que tenga relaciones con una menor sea condenado por violación, no importa los antecedentes de esta última, ni las circunstancias; pero no, en cambio, en caso que se trate de otro menor, varón, a quien se condena igual, sin considerar su propia minoridad y las circunstancias del caso, por el solo factor objetivo de que la sujeto pasiva sea también una menor.
Los menores requieren, paralelo al régimen tutelar del que gozan, otro similar de deberes, obligaciones y responsabilidades. El actual sistema está desequilibrado y está llevando a la sociedad y a familias panameñas al despeñadero.
Caracterizado por una minoridad plena de derechos y ausente de deberes, y por el debilitamiento de la autoridad paterna, bajo el principio elevado a máxima dogmática del "interés superior del menor", florece desde hace al menos una década, una niñez y adolescencia ausente de valores, orientada casi exclusivamente hacia el gozo de la vida desde su particular punto de vista, bajo un régimen de total permisividad y desenfreno.
Por eso, los sicarios favoritos son menores; consumadas y curtidas seductoras de igual condición son consideradas víctimas; y las pandillas juveniles florecen a la sombra de la impunidad. Los jóvenes delincuentes se saben por encima de la Ley y se ríen de los psicólogos y sociólogos que los defienden. Muchos maltratan y amenazan a sus padres; otros los someten al chantaje de una satisfacción sin límites de necesidades materiales superfluas, bajo advertencia de satisfacerlas por otros medios.
Se comprende que el adulto que tenga relaciones con una menor sea condenado por violación, no importa los antecedentes de esta última, ni las circunstancias; pero no, en cambio, en caso que se trate de otro menor, varón, a quien se condena igual, sin considerar su propia minoridad y las circunstancias del caso, por el solo factor objetivo de que la sujeto pasiva sea también una menor.
Los menores requieren, paralelo al régimen tutelar del que gozan, otro similar de deberes, obligaciones y responsabilidades. El actual sistema está desequilibrado y está llevando a la sociedad y a familias panameñas al despeñadero.