¡¿Invasión?! ¿En Navidad?
Era, aproximadamente, las 9 de la noche de aquel 19 de diciembre de 1989. Me encontraba en el Estadio Nuevo Panamá con mis dos hijos en la práctica de la obra teatral del nacimiento de Jesús a presentarse al día siguiente. En ese momento se me acercó un amigo integrante del movimiento civilista diciéndome: "Geraldine, recoge a tus hijos y abandona este lugar lo más pronto posible, en cualquier momento se dará inicio la invasión". Sin ningún titubeo le respondí: "¡¿Invasión?! ¿en Navidad?, tú estás loco chico, ¿a quién se le ocurre semejante barbarie en una fecha como ésta?". Lo más triste del caso es que, ocurrió.
Haciéndole caso omiso a las palabras de mi amigo y a eso de las 10 de la noche me dirigí a mi casa. En el camino íbamos entonando villancicos situación que me alejaba de pensar que algo inesperado y catastrófico pudiera pasar. Sin embargo, cerca de las once de la noche, mi esposo y mis hijos, empezamos a escuchar una y otra vez un estruendo que nos causaba temor. Me acordé de mi amigo y fue cuando asimilé sus palabras de advertencia. Paso a paso seguí cada uno de los acontecimientos, de los ataques, del saqueo, de la gente de El Chorrillo huyendo aterrados y temerosos hacia lo desconocido, y de la captura de Noriega. Indignada observé a panameños y panameñas brindándole afecto y ovaciones hacia aquel soldado extranjero que de forma prepotente tomó nuestro suelo patrio sin tren de aterrizaje y ocultándose en la oscuridad de la noche ultrajaba mi tierra que no era de su pertenencia ni de su incumbencia por el simple hecho de capturar a un solo hombre. Aquel soldado extranjero jamás se imaginó que el panameño por su idiosincrasia es pacífico y con una nobleza sin precedentes. Igualmente, tampoco podré dejar de lado los excesos que se cometieron durante la época de la dictadura, situación difícil desde el punto de vista mental y psicológico. Ambos hechos dejaron marcas indelebles en la mente, en el corazón y en la dignidad del panameño.
Un ataque, una invasión, o una guerra, no son razonables ni convenientes en ninguna época del año, ni en la vida de cualquier ser humano. Una invasión no aparece por si sola, ésta se planea, se financia, se afinan los detalles del armamento y, de algunas estrategias; tiene autores, actores, y traidores quienes ponen en peligro real la integridad física y psicológica de niños, hombres y mujeres indefensos; y, de igual forma, impacta y pone de relieve lo frágil que es la vida. El estrés postraumático afecta a toda clase de personas que pasan por una tragedia. Las víctimas suelen tener pesadillas y reviviscencias que le dan la sensación de que todavía no ha acabado el conflicto hasta la dificultad para recordar aspectos importantes del hecho traumático y que parte de sus vidas muere en la fatídica experiencia.
Si un ser humano con una convicción personal verdadera se encuentra con otro que tiene otra de contenido contradictorio, puede darse el caso más favorable de que uno convenza al otro de que se ha equivocado. Pero, si esto no ocurre, entonces surge una situación que básicamente ya no tiene solución. Fácilmente se produce un cortocircuito, y ya no se busca el camino por los medios personales, sino a través de la inteligencia abstracta, la sugestión psicológica, la ironía, el ridículo, de agresiones con mensajes de muerte acompañados por tonos de voz impregnados de coraje, resentimiento, odio, y venganza y con la posibilidad de terminar con el uso de fusiles, tanques y bombas. De este modo termina ocurriendo lo malsano reduciendo al otro al silencio. La verdadera tolerancia se hace muy compleja.
La increíble rapidez con que sucedieron las cosas y en que se perdieron tantas vidas aquel 20 de diciembre y que marcó el final de una dictadura -ambas situaciones- nos debe llamar a la reflexión. ¿Qué hemos aprendido? El respeto y la promoción de los derechos humanos suponen un cambio ético profundo en las interpretaciones jurídicas y, con mayor exigencia, en las conductas de todos y cada uno de los individuos.
Panamá puede ser mejor, mejor con personas cada vez mejor educadas, tolerantes, con una conciencia recta, que vivan los valores y las virtudes. Lo que verdaderamente podemos hacer para prevenir el dolor humano, es despertar, dejar de lado la inhumana indiferencia y luchar por evitar las llamadas "antesalas de la guerra".
(gemiliani@cableonda.net)
Felipe Rodríguez tiene 22 años y el 5 de septiembre del 2004 sufrió el accidente que cambio su vida. Felipe nació en el distrito de Chepo un 27 de abril.
En medio de la pobreza y necesidad, los padres de Felipe y su pequeño hermano le brindan amor y cuidados.
Haciéndole caso omiso a las palabras de mi amigo y a eso de las 10 de la noche me dirigí a mi casa. En el camino íbamos entonando villancicos situación que me alejaba de pensar que algo inesperado y catastrófico pudiera pasar. Sin embargo, cerca de las once de la noche, mi esposo y mis hijos, empezamos a escuchar una y otra vez un estruendo que nos causaba temor. Me acordé de mi amigo y fue cuando asimilé sus palabras de advertencia. Paso a paso seguí cada uno de los acontecimientos, de los ataques, del saqueo, de la gente de El Chorrillo huyendo aterrados y temerosos hacia lo desconocido, y de la captura de Noriega. Indignada observé a panameños y panameñas brindándole afecto y ovaciones hacia aquel soldado extranjero que de forma prepotente tomó nuestro suelo patrio sin tren de aterrizaje y ocultándose en la oscuridad de la noche ultrajaba mi tierra que no era de su pertenencia ni de su incumbencia por el simple hecho de capturar a un solo hombre. Aquel soldado extranjero jamás se imaginó que el panameño por su idiosincrasia es pacífico y con una nobleza sin precedentes. Igualmente, tampoco podré dejar de lado los excesos que se cometieron durante la época de la dictadura, situación difícil desde el punto de vista mental y psicológico. Ambos hechos dejaron marcas indelebles en la mente, en el corazón y en la dignidad del panameño.
Un ataque, una invasión, o una guerra, no son razonables ni convenientes en ninguna época del año, ni en la vida de cualquier ser humano. Una invasión no aparece por si sola, ésta se planea, se financia, se afinan los detalles del armamento y, de algunas estrategias; tiene autores, actores, y traidores quienes ponen en peligro real la integridad física y psicológica de niños, hombres y mujeres indefensos; y, de igual forma, impacta y pone de relieve lo frágil que es la vida. El estrés postraumático afecta a toda clase de personas que pasan por una tragedia. Las víctimas suelen tener pesadillas y reviviscencias que le dan la sensación de que todavía no ha acabado el conflicto hasta la dificultad para recordar aspectos importantes del hecho traumático y que parte de sus vidas muere en la fatídica experiencia.
Si un ser humano con una convicción personal verdadera se encuentra con otro que tiene otra de contenido contradictorio, puede darse el caso más favorable de que uno convenza al otro de que se ha equivocado. Pero, si esto no ocurre, entonces surge una situación que básicamente ya no tiene solución. Fácilmente se produce un cortocircuito, y ya no se busca el camino por los medios personales, sino a través de la inteligencia abstracta, la sugestión psicológica, la ironía, el ridículo, de agresiones con mensajes de muerte acompañados por tonos de voz impregnados de coraje, resentimiento, odio, y venganza y con la posibilidad de terminar con el uso de fusiles, tanques y bombas. De este modo termina ocurriendo lo malsano reduciendo al otro al silencio. La verdadera tolerancia se hace muy compleja.
La increíble rapidez con que sucedieron las cosas y en que se perdieron tantas vidas aquel 20 de diciembre y que marcó el final de una dictadura -ambas situaciones- nos debe llamar a la reflexión. ¿Qué hemos aprendido? El respeto y la promoción de los derechos humanos suponen un cambio ético profundo en las interpretaciones jurídicas y, con mayor exigencia, en las conductas de todos y cada uno de los individuos.
Panamá puede ser mejor, mejor con personas cada vez mejor educadas, tolerantes, con una conciencia recta, que vivan los valores y las virtudes. Lo que verdaderamente podemos hacer para prevenir el dolor humano, es despertar, dejar de lado la inhumana indiferencia y luchar por evitar las llamadas "antesalas de la guerra".
(gemiliani@cableonda.net)
Felipe Rodríguez tiene 22 años y el 5 de septiembre del 2004 sufrió el accidente que cambio su vida. Felipe nació en el distrito de Chepo un 27 de abril.
En medio de la pobreza y necesidad, los padres de Felipe y su pequeño hermano le brindan amor y cuidados.