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La creación fue el comienzo de la historia de amor de Dios con la humanidad. En un proceso que duró millones de años, Dios fue preparando todo para la venida del ser humano. El quiso entablar un diálogo de amor con "lo otro" que no fuera él y por eso nos creó como personas, a su imagen y semejanza, dotándonos de libertad, asumiendo el riesgo de nuestro posible pecado. El ser humano optó por la rebeldía y querer ser como Dios, y cayó en el pecado de la soberbia. Sustituyó a Dios por dioses falsos, porque no puede vivir sin referencia a lo trascendente y cayó en la esclavitud, ya que los ídolos atan, alienan, ilusionan y enloquecen a los adoradores.
El pecado, entonces, alejó a las personas de Dios y poco a poco el diálogo se empobreció terminando en un monólogo, porque los dioses de barro no pueden responder. Estos dioses de bolsillo entretienen, calman la conciencia, llenan por un rato los vacíos del alma, pero al final frustran la gran aspiración humana de encontrarse con lo divino. Y la gran tragedia es que el ser humano añora la eternidad, pero no puede hablar con Dios desde su pecado de idolatría.
La conversión es la vuelta al camino de Dios y a la restauración del diálogo, acercando la persona a Dios y acabando el triste monólogo idolátrico. En Jesús de Nazareth se da el abrazo total de Dios a la humanidad y viceversa. Dios y el hombre se hacen uno, una sola persona y dos naturalezas. En Cristo se cumplen todos los deseos de trascendencia de los seres humanos, haciendo pleno el diálogo con su Padre. Gracias al sí de María, valiente y decidido, el universo se abre como tierra abonada para que el Verbo germine en ella y nazca cual árbol fuerte y vigoroso que dé frutos de salvación para siempre. Nosotros, gracias a la encarnación y redención, nos incorporamos al diálogo que realiza el Hijo con el Padre en el Espíritu y aportamos nuestra propia realidad personal y comunitaria. En él somos uno con Dios. La gracia nos injerta al Gran Arbol y nos convertimos en ramas que dan frutos de amor.
En cuanto al misterio de la encarnación y del nacimiento del Hijo de Dios, podemos ver que la iniciativa siempre parte del Señor y su fin es recuperarnos, incluirnos de nuevo en el proceso de un diálogo y comunión cada vez más intenso con el Misterio de Amor que es él. Para que esto sea posible, nosotros tenemos que "excluirnos" de toda reverencia a cultos idolátricos de personas, instituciones, modas, hábitos, posesiones y seguridades. Un ejemplo radical, la persona de Francisco de Asís, por cierto el iniciador de los belenes o nacimientos, quien en un acto significativo de total renuncia, ante el obispo de Asís, el pueblo y su padre, se quita toda su ropa lujosa y la cambia por la de un mendigo del público y se interna en un proceso de adoración total al Misterio de Amor. Poco a poco reúne a un grupo de seguidores, quienes despojándose de todo lo que pudiera atarlos a "este mundo", van formando la comunidad de los frailes menores, llamados posteriormente "franciscanos". Estos constituyen un signo claro de renuncias a seguridades e instalaciones y van profundizando un diálogo cada vez más intenso con Dios. Francisco de Asís, quien va siempre a la cabeza de su grupo, entra en comunión con la humanidad y con la naturaleza, porque no se puede amar a Dios y dejar por fuera a los seres humanos y a todo lo creado. Esto lo convierte a él en un "maestro" del diálogo y comunión con lo sagrado, o sea, al Dios Trinitario, a nosotros y al universo, ya que los seres humanos y la creación, de diversa manera, somos templo de lo divino. Recordemos que todos los que aspiran a dirigirnos en América -nuestra patria grande- en cualquier campo de la actividad humana, si están "atados" a cultos idolátricos, sea dinero, poder, vicios, culto a su propio yo, al final fallarán y serán como el "pastor asalariado", que al ver venir al lobo vende a las ovejas por cualquier precio, las deja solas y se "diluye" en su adoración maligna, perdiéndose en un monólogo enloquecedor. Esta ha sido una de las grandes desgracias de nuestros líderes americanos, por lo que la corrupción y la pobreza (que van de la mano) al final tienen como causa una tragedia espiritual, la idolatría. Solo queda un camino para salvar nuestro continente: la vuelta al Señor y al diálogo pleno con lo sagrado. Los idólatras han acabado nuestras riquezas.
*El autor es obispo auxiliar de San Pedro Sula, Honduras.

101 años de Panamá América

 
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