Irak en el abismo
Pocas veces, durante el pasado siglo, Estados Unidos hizo la guerra en solitario. Por alguna razón, siempre lo hizo acompañado con aliados. Así fue durante la primera y segunda guerra mundial, también en Corea cuando lo hizo bajo la bandera de las Naciones Unidas, incluso en Viet Nam, se asistió con soldados australianos, laosianos y de países vecinos. En la ex Yugoeslavia fue igual, y en la más reciente, en Serbia, hizo lo mismo bajo bandera de la OTAN. A principios de año, arrolló a Afganistán, también con ayuda de sus aliados de la OTAN y la venia de las Naciones Unidas. En 1991, despedazó a Irak, también bajo la bandera de la ONU. En fin, en general, a Norteamérica no le agrada hacer la guerra solo. ¿Por qué?
Es posible que el aislamiento al que se sometió tras su época de expansión en el siglo XIX, con la guerra contra México y España, y el sinfín de intervenciones en América Latina, luego de la dura experiencia de las grandes guerras, se haya convencido de las bondades de no ir solo por los duros parajes de las aventuras bélicas. El bipolarismo mundial, tras el advenimiento de la Unión Soviética como potencia atómica, también aconsejaba otra estrategia. ¿Y por qué ahora el cambio? Definitivamente, se debe al derrumbe soviético y de su alianza militar. El vacío de poder le ha caído en las manos, con la OTAN como instrumento dócil en plena hipertrofia y una ausencia total de contrapesos visibles en el horizonte.
La diferencia tecnológica es también una buena razón. Las guerras actuales muestran un abismo en el que hay una gran disparidad entre el armamento tradicional y el de la última generación. La nueva aviación se coloca ahora, cómodamente, fuera del alcance de la artillería y cohetes antiaéreos, desde donde arroja bombas guiadas por láser y satélites sin el temor de recibir represalias. El poder de fuego en tierra del nuevo siglo es igual de inmenso y superior. Todos los soldados y vehículos modernos son creación cibernética, cargados de chalecos antibalas, fusiles de mirilla láser y granadas guiadas, visión nocturna y sensores de calor y movimiento. Los tiempos del diestro tirador de pulso firme, pegado a la mirilla, pasaron. Cualquier soldado hoy da al blanco con ojos vendados.
A esa inmensa superioridad tecnológica apuesta Estados Unidos. E Irak representa una oportunidad dorada para demostrar al mundo el concierto terrible del nuevo y supremo poder imperial. Si se quiere, es la unción de la nueva Roma. Irak y su tirano, no despiertan simpatía alguna. Es el Satán de nuestros días. No hay problema para distinguir entre el bien y el mal, al menos a simple vista. Norteamérica emerge como héroe del mundo civilizado contra el terrorismo irracional, engrandecida y victimizada tras los trágicos hechos del 11 de septiembre.
Es un riesgo calculado, una apuesta segura. Pero cuidado. Irak no es Afganistán y la aventura puede terminar trágicamente, exacerbando el ánimo de las naciones musulmanas. Estados Unidos puede salir victorioso en la batalla y perder, sin embargo, la guerra, cuando su unilateralismo provoque que se divida al mundo entre cristianos y musulmanes, como en el medievo. Pero lo hará. Irá en busca del premio mayor oculto bajo las vastas arenas, las reservas petroleras más grandes del mundo, ahora bajo explotación de una ineficiente e inepta compañía rusa que, desde ya, tiene sus días contados.
Es posible que el aislamiento al que se sometió tras su época de expansión en el siglo XIX, con la guerra contra México y España, y el sinfín de intervenciones en América Latina, luego de la dura experiencia de las grandes guerras, se haya convencido de las bondades de no ir solo por los duros parajes de las aventuras bélicas. El bipolarismo mundial, tras el advenimiento de la Unión Soviética como potencia atómica, también aconsejaba otra estrategia. ¿Y por qué ahora el cambio? Definitivamente, se debe al derrumbe soviético y de su alianza militar. El vacío de poder le ha caído en las manos, con la OTAN como instrumento dócil en plena hipertrofia y una ausencia total de contrapesos visibles en el horizonte.
La diferencia tecnológica es también una buena razón. Las guerras actuales muestran un abismo en el que hay una gran disparidad entre el armamento tradicional y el de la última generación. La nueva aviación se coloca ahora, cómodamente, fuera del alcance de la artillería y cohetes antiaéreos, desde donde arroja bombas guiadas por láser y satélites sin el temor de recibir represalias. El poder de fuego en tierra del nuevo siglo es igual de inmenso y superior. Todos los soldados y vehículos modernos son creación cibernética, cargados de chalecos antibalas, fusiles de mirilla láser y granadas guiadas, visión nocturna y sensores de calor y movimiento. Los tiempos del diestro tirador de pulso firme, pegado a la mirilla, pasaron. Cualquier soldado hoy da al blanco con ojos vendados.
A esa inmensa superioridad tecnológica apuesta Estados Unidos. E Irak representa una oportunidad dorada para demostrar al mundo el concierto terrible del nuevo y supremo poder imperial. Si se quiere, es la unción de la nueva Roma. Irak y su tirano, no despiertan simpatía alguna. Es el Satán de nuestros días. No hay problema para distinguir entre el bien y el mal, al menos a simple vista. Norteamérica emerge como héroe del mundo civilizado contra el terrorismo irracional, engrandecida y victimizada tras los trágicos hechos del 11 de septiembre.
Es un riesgo calculado, una apuesta segura. Pero cuidado. Irak no es Afganistán y la aventura puede terminar trágicamente, exacerbando el ánimo de las naciones musulmanas. Estados Unidos puede salir victorioso en la batalla y perder, sin embargo, la guerra, cuando su unilateralismo provoque que se divida al mundo entre cristianos y musulmanes, como en el medievo. Pero lo hará. Irá en busca del premio mayor oculto bajo las vastas arenas, las reservas petroleras más grandes del mundo, ahora bajo explotación de una ineficiente e inepta compañía rusa que, desde ya, tiene sus días contados.