Israel llora
Palestina llora. Dos llantos al unísono de Antiguo Testamento. He visto esa foto desgarradora de dos niños judíos inocentes que abrazados lloran a ocho compañeros de escuela, asesinados por terroristas palestinos. Son dos niños seminaristas; miembros del importante Colegio Talmúdico Mercaz Harav, ubicado al oeste de Jerusalén. Miro la imagen y siento terror y dolor de víctima. Pero yo sé que no sólo estoy llorando por ese dolor insoportable de los dos niños inocentes; lloro también por algo inefable y cruel en la inocencia de los niños y de los pueblos.
En la foto, el poderoso conforto de las fuertes manos, del tierno abrazo y de las consternadas lágrimas del hombre de cándida barba, no es solamente de estos tiempos. Proviene esa compasión de tiempos antiguos, de la era de la esclavitud y del Éxodo del pueblo judío, padecida en tierras del Egipto de los faraones. Es la protección invencible de Moisés. Es la certeza de la guía donada por los cielos; eternamente presente para un pueblo eternamente épico.
Y me revelo en contra de la Ley del Talión. Porque, que lo sepan los victimarios palestinos, el dolor del inocente judío no paga el dolor del inocente palestino. Y viceversa, que lo sepan los victimarios judíos, el dolor del inocente palestino no paga el dolor del inocente judío.
Estos dos pueblos milenarios, Judíos y Palestinos, se infligen todavía penas bíblicas insoportables. Ambos lloran el dolor que se hace en la propia carne por el pueblo de al lado. Me pregunto. Quizá podría preguntarles. ¿Por qué ambos pueblos no aprenden a llorar el dolor que su propio pueblo le inflige a los inocentes del pueblo vecino?
Y me conmueve en la foto la textura existencial y mística reverberante en el llanto de los inocentes: ¡Qué gran crueldad se deja llevar, como pluma al viento, por el llanto de los inocentes; en ambos pueblos; por no saber llorar los dolores ajenos! Por tanto llanto cruel se hiere al fin la dicha en la inocencia. Y hoy me van a herir también en el amor a la paz. Por una tenebrosa oscuridad que la estúpida Ley del Talión extiende ya sobre nuestra admirable civilización judeo-cristiana.
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