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John Kerry, cuestión de faldas


Nos referíamos ayer a la campaña política sucia que se adelanta contra el favorito a la nominación demócrata a la Presidencia de Estados Unidos, John Kerry. Decíamos que uno de sus flancos más vulnerables es el que concierne a las supuestas relaciones extramatrimoniales que mantuvo el aspirante con una joven hace algunos años.
Kerry no parece por el momento preocupado. Algunas encuestas le dan hasta nueve puntos porcentuales sobre el presidente George Bush hijo. Pero es de esperar, por los antecedentes del tipo de campaña que suele desarrollarse en ese país, que el lío de faldas saldrá más adelante con mayor virulencia. Lo único que puede darle un respiro momentáneo es que sus adversarios republicanos decidan guardar las municiones para más adelante, cuando haya ganado la nominación, prefiriéndolo como rival vulnerable a otro que no lo sea, como es el caso de Howard Dean y John Edwards, adversarios de Kerry dentro de las primarias demócratas.
De todos modos, a juzgar por la historia y el éxito de los grandes presidentes demócratas, John Kerry no debiera preocuparse demasiado por las faldas. Décadas de mutismo histórico terminaron cuando investigadores revelaron hace algunos años los amoríos extraconyugales del presidente Franklin Delano Roosevelt, un estadista sin parangón de la unión norteamericana que venció a la Gran Depresión de los 30 y a las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial. Sus excesos en ese terreno sólo fueron superados por otro gran mandatario, de breve gestión, que condujo sin embargo a su país hacia la igualdad racial, John F. Kennedy.
Pero el más escandaloso de todos fue sin lugar a dudas, Bill Clinton. El hombre que condujo a su país por el período de prosperidad más largo de las últimas décadas, y que estuvo cerca como nadie de lograr la paz entre israelíes y palestinos - que de haberlo conseguido no habría habido un 11 de septiembre fatídico -, quien no respetó prácticamente ningún rincón de la Casa Blanca para realizar sus fantasías amorosas. Eso no impidió empero su grandeza.
El más discreto, sin ser demócrata, fue quizás Thomas Jefferson, fundador del país y padre de su Constitución, a quien algunos historiadores atribuyeron hace tres o cuatro años haber mantenido aventuras amorosas con una esclava con quien tuvo hijos. El hecho, no obstante, en nada hace palidecer su gigantesca figura. En ese terreno debieran aprender de los panameños. Con toda sabiduría hay un pacto de no agresión entre los candidatos en lo concerniente a su vida privada. Y eso es algo que se da en todas las campañas desde siempre. Los norteamericanos, en cambio, nunca han aprendido a no meterse en la alcoba de sus hombres públicos.

101 años de Panamá América

 
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