Jornada de la Paz 2001
Anualmente, para la primera fecha del año, se nos hace llegar el Mensaje del Sumo Pontífice para la Jornada de la Paz. Si algo no se siente en el ambiente es la paz. No es que estemos en guerra, sino en perenne tensión. La incomprensión entre los terrícolas junto al egoísmo eterno e indomable del ser humano nos condena a vivir en una perdurable inquietud que añora la paz de la cual tanto hablamos. Este es el mejor contexto para recibir el Mensaje del Sumo Pontífice con su diálogo entre las culturas para una civilización del amor y de la paz.
En 22 números en el estilo acostumbrado de conceptos abstractos nos recuerda la necesidad de la fraternidad universal, la globalización que une los destinos de la economía, cultura y sociedad, del desafío de las migraciones, diversidad de culturas, y respeto y recíproco del perdón y la reconciliación, del valor de la paz, de la educación de solidaridad, de la vida y del llamamiento a los jóvenes. Según el comentarista del Vaticano, Bernardo Cervellera de Zenith, quien califica al Papa Juan Pablo II, como el Profeta de la Paz posible. Uno que "ve delante" e intuye las pistas que la humanidad debe seguir "en este decisivo pasaje de su historia".
El Papa ve: "las vastas y densas sombras", las tragedias de este inicio de milenio que, casi contradiciendo el mensaje de paz del Jubileo, se dan la mano para vencer a la esperanza. Los intentos de paz en Sri Lanka, Kahmir, Molucas, Argelia, Congo, Burundi y, sobre todo, en Israel y en los territorios ocupados de Palestina, donde se combate la guerra más larga de todo el planeta, parecen destinados al fracaso.
Hace algunos años, al explotar la guerra étnica en Bosnia, Samuel Huntington, profesor de Harvard, había previsto que el tercer milenio habría sido el tiempo del conflicto entre las civilizaciones. Basándose en datos de Chechenia, del Cáucaso, Sudán, Medio Oriente, preveía un incremento de conflictos a lo largo de "los confines" culturales, reavivados aún más por el derrumbamiento de la cortina de hierro. Con el surgir de China como gran potencia oriental y "confuciana", Huntington trazaba un futuro de guerra entre Oriente y Occidente. Y con el incremento demográfico de los países de mayoría islámica preveía también un enfrentamiento entre poblaciones cristianas y musulmanas. Los recientes conflictos de antigua Yugoeslavia, en Indonesia, el brazo de hierro entre China y Occidente sobre derechos humanos y derechos del comercio, parecían darle razón.
Según Huntington, los conflictos culturales pueden terminar sólo por "agotamiento" de las partes o porque se crean treguas, más o menos largas, garantizadas por "terceros" más potentes que las partes en conflicto. Y así -es un ejemplo de Hungtington-, Arabia, financiadora del fundamentalismo islámico, podría garantizar la paz en Sudán, la NATO y Rusia la del Kosovo, en todo caso, la paz del planeta puede ser garantizada sólo por los líderes políticos, espirituales, de la economía.
Este Papa ve la cultura y la religión no como una especie de cáncer inevitable de la vida humana, sino como elementos ligados a la misma definición de hombre: "ser humano significa necesariamente existir en una determina cultura "(n.5). Por eso no tiene miedo de afirmaciones contracorriente sobre el valor de "patria" y de "nación" vistas como el sedimentarse de la historia de un individuo, en su familia y en su territorio. Y por esto, Juan Pablo II ve la multiplicidad de culturas como expresión maravillosa de las riquezas de la naturaleza y del mundo creado, no como presupuesto de un conflicto. Para el Papa, las amenazas a la paz provienen tanto de la exaltación de la propia cultura como las otras, como de la homologación, fruto de los medios de comunicación al servicio de una cultura sin dios, es decir, una no-cultura" (n.9).
Este Papa ve la cultura ligada a la verdad y a la libertad. Un cierto maximalismo dominante hace de la pertenencia a un grupo una especie de fatalidad sin salida. En esta visión determinista se inspiran tanto los fundamentalismos religioso que no prevén cambio de pertenencia, como la corriente mentalidad relativista, que ahoga al individuo en sus relaciones sociales. El Papa, al contrario, sugiere que la cultura es obra del hombre (cf.8) que busca la verdad, hasta el punto que se puede "medir" la autenticidad de cada cultura "por su ser para el hombre y para la promoción de su dignidad a cada nivel y en todo contexto". Se podría decir que es el sofocamiento del elemento "humano", "libre" de la cultura, el que produce los conflictos. Por lo demás cualquiera que haya visitado países islámicos o hindúes se percata de que muchos fundamentalismos africanos, medio-orientales o asiáticos son con frecuencia una reacción precisamente contra la mentalidad relativista (atea e inmoral) del Occidente. El lazo entre cultura y verdad garantiza el diálogo, el respeto, el enriquecimiento recíproco. Y el lazo entre cultura y libertad dice que el destino del planeta no es necesariamente conflictual, sino que se confía a las opiniones y al trabajo de cada individuo. (Y sigue...).
Las catastróficas previsiones a la Hungtington pueden ser desactivadas no a través del poder de los líderes, sino a través de la Educación, al diálogo y llevando a la práctica los valores comunes de todas las culturas: solidaridad, promoción de la justicia, eliminación de las armas, defensa de la vida (nn.19 y 20). Leyendo el Mensaje se pierde ese sentido de impotencia que se tiene ante conflictos cercanos y lejanos, como si no se pudiera hacer nada. Las palabras de Juan Pablo II son un llamamiento al hombre común -que educa en la familia, se encuentra con los vecinos o con tercermundistas- también un llamamiento a los gobiernos: en demasiados países se destinan más fondos al ejército y a los gastos bélicos que a la educación. En ambos casos, uno se percata de que la paz es posible y de que ésta pasa a través de nuestras decisiones.
En 22 números en el estilo acostumbrado de conceptos abstractos nos recuerda la necesidad de la fraternidad universal, la globalización que une los destinos de la economía, cultura y sociedad, del desafío de las migraciones, diversidad de culturas, y respeto y recíproco del perdón y la reconciliación, del valor de la paz, de la educación de solidaridad, de la vida y del llamamiento a los jóvenes. Según el comentarista del Vaticano, Bernardo Cervellera de Zenith, quien califica al Papa Juan Pablo II, como el Profeta de la Paz posible. Uno que "ve delante" e intuye las pistas que la humanidad debe seguir "en este decisivo pasaje de su historia".
El Papa ve: "las vastas y densas sombras", las tragedias de este inicio de milenio que, casi contradiciendo el mensaje de paz del Jubileo, se dan la mano para vencer a la esperanza. Los intentos de paz en Sri Lanka, Kahmir, Molucas, Argelia, Congo, Burundi y, sobre todo, en Israel y en los territorios ocupados de Palestina, donde se combate la guerra más larga de todo el planeta, parecen destinados al fracaso.
Hace algunos años, al explotar la guerra étnica en Bosnia, Samuel Huntington, profesor de Harvard, había previsto que el tercer milenio habría sido el tiempo del conflicto entre las civilizaciones. Basándose en datos de Chechenia, del Cáucaso, Sudán, Medio Oriente, preveía un incremento de conflictos a lo largo de "los confines" culturales, reavivados aún más por el derrumbamiento de la cortina de hierro. Con el surgir de China como gran potencia oriental y "confuciana", Huntington trazaba un futuro de guerra entre Oriente y Occidente. Y con el incremento demográfico de los países de mayoría islámica preveía también un enfrentamiento entre poblaciones cristianas y musulmanas. Los recientes conflictos de antigua Yugoeslavia, en Indonesia, el brazo de hierro entre China y Occidente sobre derechos humanos y derechos del comercio, parecían darle razón.
Según Huntington, los conflictos culturales pueden terminar sólo por "agotamiento" de las partes o porque se crean treguas, más o menos largas, garantizadas por "terceros" más potentes que las partes en conflicto. Y así -es un ejemplo de Hungtington-, Arabia, financiadora del fundamentalismo islámico, podría garantizar la paz en Sudán, la NATO y Rusia la del Kosovo, en todo caso, la paz del planeta puede ser garantizada sólo por los líderes políticos, espirituales, de la economía.
Este Papa ve la cultura y la religión no como una especie de cáncer inevitable de la vida humana, sino como elementos ligados a la misma definición de hombre: "ser humano significa necesariamente existir en una determina cultura "(n.5). Por eso no tiene miedo de afirmaciones contracorriente sobre el valor de "patria" y de "nación" vistas como el sedimentarse de la historia de un individuo, en su familia y en su territorio. Y por esto, Juan Pablo II ve la multiplicidad de culturas como expresión maravillosa de las riquezas de la naturaleza y del mundo creado, no como presupuesto de un conflicto. Para el Papa, las amenazas a la paz provienen tanto de la exaltación de la propia cultura como las otras, como de la homologación, fruto de los medios de comunicación al servicio de una cultura sin dios, es decir, una no-cultura" (n.9).
Este Papa ve la cultura ligada a la verdad y a la libertad. Un cierto maximalismo dominante hace de la pertenencia a un grupo una especie de fatalidad sin salida. En esta visión determinista se inspiran tanto los fundamentalismos religioso que no prevén cambio de pertenencia, como la corriente mentalidad relativista, que ahoga al individuo en sus relaciones sociales. El Papa, al contrario, sugiere que la cultura es obra del hombre (cf.8) que busca la verdad, hasta el punto que se puede "medir" la autenticidad de cada cultura "por su ser para el hombre y para la promoción de su dignidad a cada nivel y en todo contexto". Se podría decir que es el sofocamiento del elemento "humano", "libre" de la cultura, el que produce los conflictos. Por lo demás cualquiera que haya visitado países islámicos o hindúes se percata de que muchos fundamentalismos africanos, medio-orientales o asiáticos son con frecuencia una reacción precisamente contra la mentalidad relativista (atea e inmoral) del Occidente. El lazo entre cultura y verdad garantiza el diálogo, el respeto, el enriquecimiento recíproco. Y el lazo entre cultura y libertad dice que el destino del planeta no es necesariamente conflictual, sino que se confía a las opiniones y al trabajo de cada individuo. (Y sigue...).
Las catastróficas previsiones a la Hungtington pueden ser desactivadas no a través del poder de los líderes, sino a través de la Educación, al diálogo y llevando a la práctica los valores comunes de todas las culturas: solidaridad, promoción de la justicia, eliminación de las armas, defensa de la vida (nn.19 y 20). Leyendo el Mensaje se pierde ese sentido de impotencia que se tiene ante conflictos cercanos y lejanos, como si no se pudiera hacer nada. Las palabras de Juan Pablo II son un llamamiento al hombre común -que educa en la familia, se encuentra con los vecinos o con tercermundistas- también un llamamiento a los gobiernos: en demasiados países se destinan más fondos al ejército y a los gastos bélicos que a la educación. En ambos casos, uno se percata de que la paz es posible y de que ésta pasa a través de nuestras decisiones.