“Juega vivo” en las escuelas
Puede que sea más viejo que la República, y aunque existen sospechas que su origen tiene que ver con la herencia que nos dejaron los invasores españoles, mal llamados “descubridores”, es tan panameño como la carimañola. Los españoles que invadieron estas tierras no eran cantantes, ni muebleros, eran más bien soldados de fortuna con ansias de enriquecerse a cualquier costo. Muchas de sus conquistas se debieron a que “jugaron más vivo” que los aborígenes que encontraron; de allí que hasta hoy día perduran expresiones como “me ves cara de indio”, “cambiar espejitos por oro”, “crees que tengo plumas en la cabeza”, entre otras...¡ah! y se me olvidaba, el “taparrabo”. Como mal ejemplo tenemos el reconocimiento a uno de estos “juega vivo”, cuyo apellido lo encontramos en nuestra moneda, en sitios de interés; lo vemos en estatuas y hasta en una orden de honor (¿Será para los que saben jugar vivo?), y su jugada es enseñada en las escuelas como un acto de reconocimiento.
Lo cierto es que el “juega vivo” ya forma parte de nuestra cultura. Lo encontramos en la casa, en el barrio, en la calle, en las oficinas, en los políticos, empresarios, etc. Está en todas partes e incluso logra alcanzar a los que están llamados a ser modelos, y de esto pocos logran evitarlo.
Como noticia no es novedad la constante queja de parte de la sociedad con respecto a la conducta de los adolescentes. Hemos oído hasta el cansancio debates, comentarios y medidas a tomar que van desde el antidoping en las escuelas hasta el endurecimiento de las penas para menores que delinquen. Sin embargo, hoy revienta “por fin” el “juega vivo” en las escuelas, y no nos referimos a la copiadera o a la fuga para una chupata de estudiantes. Más bien al banquete que se dan algunos directivos de los planteles, presidentes de asociaciones de padres de familia con los fondos y partidas destinados para fines específicos.
¿Cuántas fiestas de graduandos se han aguado porque el dinero se ha esfumado? ¿Cuántos materiales educativos no han llegado porque el dinero se ha perdido? ¿Será, acaso, que en nuestras escuelas existe un triángulo de las Bermudas o una dimensión desconocida en donde sólo se desaparece dinero, materiales y no gente?
Este misterio que puede parecer sin resolver tiene solución, y es que ha llegado la hora para que aquellos que en un tiempo se jactaron de ser modelos, ahora paguen su cuota social. ¿Cuántos de estos “juega vivo” no les tocó, en su momento, expulsar a un estudiante o castigar a sus hijos porque mintieron o tomaron algo que no era de ellos? La pregunta ahora es, ¿con qué moral puede esta sociedad adulta dar la cara a nuestros adolescentes y decirles lo que es correcto, cuando sus modelos ahora son acusados de “juega vivo”?
El hecho que el Ministerio de Educación señala que auditará alrededor de 200 asociaciones de padres de familia, y que en los medios se habla de escándalos en escuelas en Penonomé y Azuero, el reciénte caso del José Remón Cantera, y ahora en el Instituto Comercial Panamá, entre otros, es que la cosa es más grave de lo que creemos.
Para muchos, estos actos no son nada nuevos y el mensaje perverso es que nunca ha pasado nada, no hay nadie preso, el dinero no aparece y el directivo se mantiene en su “reino”, digo, en su puesto. Mientras tanto, se organizan estrategias para reprimir y controlar a los estudiantes como si fueran delincuentes de marca mayor.
Nuestra sociedad tiene que reaccionar y darse cuenta que mientras existan estas contradicciones, difícilmente podremos ayudar a nuestros adolescentes a que superen la crisis en la que los tenemos inmersos.
Lo cierto es que el “juega vivo” ya forma parte de nuestra cultura. Lo encontramos en la casa, en el barrio, en la calle, en las oficinas, en los políticos, empresarios, etc. Está en todas partes e incluso logra alcanzar a los que están llamados a ser modelos, y de esto pocos logran evitarlo.
Como noticia no es novedad la constante queja de parte de la sociedad con respecto a la conducta de los adolescentes. Hemos oído hasta el cansancio debates, comentarios y medidas a tomar que van desde el antidoping en las escuelas hasta el endurecimiento de las penas para menores que delinquen. Sin embargo, hoy revienta “por fin” el “juega vivo” en las escuelas, y no nos referimos a la copiadera o a la fuga para una chupata de estudiantes. Más bien al banquete que se dan algunos directivos de los planteles, presidentes de asociaciones de padres de familia con los fondos y partidas destinados para fines específicos.
¿Cuántas fiestas de graduandos se han aguado porque el dinero se ha esfumado? ¿Cuántos materiales educativos no han llegado porque el dinero se ha perdido? ¿Será, acaso, que en nuestras escuelas existe un triángulo de las Bermudas o una dimensión desconocida en donde sólo se desaparece dinero, materiales y no gente?
Este misterio que puede parecer sin resolver tiene solución, y es que ha llegado la hora para que aquellos que en un tiempo se jactaron de ser modelos, ahora paguen su cuota social. ¿Cuántos de estos “juega vivo” no les tocó, en su momento, expulsar a un estudiante o castigar a sus hijos porque mintieron o tomaron algo que no era de ellos? La pregunta ahora es, ¿con qué moral puede esta sociedad adulta dar la cara a nuestros adolescentes y decirles lo que es correcto, cuando sus modelos ahora son acusados de “juega vivo”?
El hecho que el Ministerio de Educación señala que auditará alrededor de 200 asociaciones de padres de familia, y que en los medios se habla de escándalos en escuelas en Penonomé y Azuero, el reciénte caso del José Remón Cantera, y ahora en el Instituto Comercial Panamá, entre otros, es que la cosa es más grave de lo que creemos.
Para muchos, estos actos no son nada nuevos y el mensaje perverso es que nunca ha pasado nada, no hay nadie preso, el dinero no aparece y el directivo se mantiene en su “reino”, digo, en su puesto. Mientras tanto, se organizan estrategias para reprimir y controlar a los estudiantes como si fueran delincuentes de marca mayor.
Nuestra sociedad tiene que reaccionar y darse cuenta que mientras existan estas contradicciones, difícilmente podremos ayudar a nuestros adolescentes a que superen la crisis en la que los tenemos inmersos.