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Justine, embajadora


Nuestra única Miss Universo, Justine Pasek, es una figura pública, de lo contrario no nos habría llamado la atención su nombramiento en la Cancillería, con sueldo mensual de B/.3,500. Para nosotros fue un hecho que revestía cierto grado de interés, como lo habría sido su contratación para un trabajo en Australia, como en un momento llegó a informarse. Pero de allí a las críticas aisladas e infundadas que hemos leído y escuchado, hay mucha distancia.
Fuentes de la Cancillería y de la propia Justine, coinciden en describirle funciones propias de relaciones públicas, promoción y proyección de imagen, turística incluso, todas las cuales giran en torno al indudable prestigio inherente a la corona que con tanto brillo cargó durante casi un año. Fuera de eso, es una mujer educada e inteligente, rasgos que fueron determinantes para escalar a tan alto sitial.
El que no se le sujete a horarios ni al marcado de tarjeta, tampoco es relevante. Muchos de los miles de asesores que pueblan todos los despachos gubernamentales tampoco lo hacen, a más de que a algunos le triplican y más el sueldo. Y no por eso hemos de asumir que todos son “botellas”, que cobran sin hacer nada. Algunos devuelven con creces lo que cobran con largas jornadas de fines de semana, días festivos, viajes, trabajo nocturno, etc.
Además, en muchas ocasiones, al gobierno o a una empresa le conviene más ligar a un asesor con una mensualidad, sueldo o “retainer” que pagar gruesas facturaciones por hora y minutos. Algo así suele hacerse con las empresas de “lobby” que periódicamente contrata el país en Washington para facilitar que se preste oídos a Panamá, en medio de un coro universal de voces más sonoras. En estos casos se suele recurrir a prestigiosas figuras que captan la atención inmediata de la gente que ejerce el poder y se les paga por contrato y disponibilidad, para cuando se les requiera.
El servicio que presta Justine Pasek puede ser distinto, pero tiene la misma naturaleza que la de los asesores externos, “lobbistas”, relacionistas públicos, etc. No es distinto, repetimos, que el que presta Muhammad Alí cuando su gobierno lo designa “embajador de buena voluntad” aquí o allá. Igual de lo que podemos hacer con el enorme prestigio de un Roberto “Mano de Piedra” Durán. Todos ponen su nombre y prestigio al servicio de su país, cada cual en su terreno. Y nada pecaminoso hay que cobren por ello si ganaron sus laureles en buena lid, y si nadie se los regaló ni pagó el precio que ellos dieron por ello. En todo esto hay mucha envidia de por medio.

101 años de Panamá América

 
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