Juventud, divino tesoro...
En la década del 60, cuando lo exigían las circunstancias de la época, se sabía que los actos que gestionaban los estudiantes eran heroicos, cumplían un ideal, buscaban el respeto, la dignidad y la igualdad. En los años 80, de igual forma, el estudiantado se sumó a la consigna por la libertad y la fraternidad de la nación panameña. En esa etapa histórica, como adolescente, me identifiqué con todos mis contemporáneos que sentían que había un mejor mañana, canalizamos nuestros ideales en metas claras que sirvieron como insigne protesta de la incesante búsqueda por un cambio y mejoramiento en la calidad de vida nacional.
Hoy, después de haber analizado los suceso recientes, queda claro que ha quedado atrás ese espíritu solidario, esa convicción de ideales basados en la entrega y respeto por el prójimo; se ha tergiversado el concepto de la libertad de expresión, incurriendo en vandalismo y en caos, lo que denota una crisis en las raíces más profundas de nuestra identidad como nación.
Es precisamente el núcleo familiar el que muchas veces se ha visto incapaz de captar positivamente el ímpetu de las mentes precoces, por lo que termina siendo víctima de diversos factores internos y externos. Señalar de quién es la culpa, es como "escupir al cielo"; todos somos responsables. Los padres, por no educar con valores; el joven, por incurrir en dos acepciones: en caso de ser el cabecilla, por ser uno que no construye o en el caso de ser uno más del rebaño, por no tener criterio propio y dejarse manipular por la presión de grupo.
Igualmente es responsabilidad del gobierno al no contemplar penas más duras y estrictas contra el menor infractor; de forma tal que, al tipificar ciertos delitos, se le aplique el rigor de la ley. Esto va relacionado con la incapacidad de identificar las células malignas, separarlas y sancionarlas. Y, por último, la sociedad, que tiene su cuota parte de culpa al no ser más consciente y vislumbrar que quien tira piedra en la escuela, de adulto es capaz de tirar balas; el menor que daña la propiedad ajena, de mayor perjudicará la integridad del ser humano; aquellos que hoy sin razón destruyen los bienes de sus conciudadanos, serán los que tendrán la responsabilidad en un futuro de educar a las generaciones venideras. Recuerden el antiguo aforismo: "Si siembras veneno, cosecharás veneno".
La falta de respeto a la autoridad, a los mayores, a las normas mínimas de convivencia, son claro reflejo de la imperante necesidad de aplicar correctivos inmediatos.
Cerrar las escuelas no resuelve el problema, los malos elementos siguen. Es como el cáncer y, por tanto, hay que sacarlo de raíz. Una vez lograda esa fase, se debe aplicar medidas de prevención, inyectando una práctica responsable de valores en las comunidades, con legislaciones sociales más serias y reales.
La libertad puede ser convertida en un intangible si abusamos de ella, por lo que hay que ejercerla con responsabilidad. Al afectar los derechos de los demás, se está corrompiendo el precepto democrático de la libre convivencia, ya que la misma va casada con la tolerancia. No se puede concebir que la única salida sea siempre una seudo rebelión. Cuando se lucha por una causa se hace con inteligencia, eso implica sumar a la mayor cantidad de personas posibles, pero si se perjudica a la masa, entonces se logra un efecto contraproducente, situación que da claros indicios de que las motivaciones, más que perseguir ideales, son interrumpir la paz colectiva y llamar la atención.
Los adultos debemos predicar con el ejemplo y las autoridades, aun cuando esto conlleve un costo político, deben ser verticales en sus decisiones para que no pase a mayores.
No esperemos que hayan muertos para actuar. Hay que educar, enseñar que la información es de un gran capital y las mejores armas son el conocimiento y la comunicación. Vivir en un estado de derecho implica compromiso de todos sus actores.
Hoy más que nunca debemos actuar según la premisa del insigne abogado, mente preclara de su época, el ilustre mexicano Benito Juárez García, quien nos legó una máxima de convivencia: "Entre los individuos como entre las naciones, el derecho al respeto ajeno es la paz".
Hoy, después de haber analizado los suceso recientes, queda claro que ha quedado atrás ese espíritu solidario, esa convicción de ideales basados en la entrega y respeto por el prójimo; se ha tergiversado el concepto de la libertad de expresión, incurriendo en vandalismo y en caos, lo que denota una crisis en las raíces más profundas de nuestra identidad como nación.
Es precisamente el núcleo familiar el que muchas veces se ha visto incapaz de captar positivamente el ímpetu de las mentes precoces, por lo que termina siendo víctima de diversos factores internos y externos. Señalar de quién es la culpa, es como "escupir al cielo"; todos somos responsables. Los padres, por no educar con valores; el joven, por incurrir en dos acepciones: en caso de ser el cabecilla, por ser uno que no construye o en el caso de ser uno más del rebaño, por no tener criterio propio y dejarse manipular por la presión de grupo.
Igualmente es responsabilidad del gobierno al no contemplar penas más duras y estrictas contra el menor infractor; de forma tal que, al tipificar ciertos delitos, se le aplique el rigor de la ley. Esto va relacionado con la incapacidad de identificar las células malignas, separarlas y sancionarlas. Y, por último, la sociedad, que tiene su cuota parte de culpa al no ser más consciente y vislumbrar que quien tira piedra en la escuela, de adulto es capaz de tirar balas; el menor que daña la propiedad ajena, de mayor perjudicará la integridad del ser humano; aquellos que hoy sin razón destruyen los bienes de sus conciudadanos, serán los que tendrán la responsabilidad en un futuro de educar a las generaciones venideras. Recuerden el antiguo aforismo: "Si siembras veneno, cosecharás veneno".
La falta de respeto a la autoridad, a los mayores, a las normas mínimas de convivencia, son claro reflejo de la imperante necesidad de aplicar correctivos inmediatos.
Cerrar las escuelas no resuelve el problema, los malos elementos siguen. Es como el cáncer y, por tanto, hay que sacarlo de raíz. Una vez lograda esa fase, se debe aplicar medidas de prevención, inyectando una práctica responsable de valores en las comunidades, con legislaciones sociales más serias y reales.
La libertad puede ser convertida en un intangible si abusamos de ella, por lo que hay que ejercerla con responsabilidad. Al afectar los derechos de los demás, se está corrompiendo el precepto democrático de la libre convivencia, ya que la misma va casada con la tolerancia. No se puede concebir que la única salida sea siempre una seudo rebelión. Cuando se lucha por una causa se hace con inteligencia, eso implica sumar a la mayor cantidad de personas posibles, pero si se perjudica a la masa, entonces se logra un efecto contraproducente, situación que da claros indicios de que las motivaciones, más que perseguir ideales, son interrumpir la paz colectiva y llamar la atención.
Los adultos debemos predicar con el ejemplo y las autoridades, aun cuando esto conlleve un costo político, deben ser verticales en sus decisiones para que no pase a mayores.
No esperemos que hayan muertos para actuar. Hay que educar, enseñar que la información es de un gran capital y las mejores armas son el conocimiento y la comunicación. Vivir en un estado de derecho implica compromiso de todos sus actores.
Hoy más que nunca debemos actuar según la premisa del insigne abogado, mente preclara de su época, el ilustre mexicano Benito Juárez García, quien nos legó una máxima de convivencia: "Entre los individuos como entre las naciones, el derecho al respeto ajeno es la paz".