Kofi Annan: las Naciones Unidas del futuro
El discurso pronunciado el pasado martes por el Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, al inaugurar el 59° período ordinario de sesiones de la Asamblea General, me causó una impresión que trataré de explicar en mis comentarios de hoy. El discurso guarda directa relación con el postulado de la Carta de las Naciones Unidas que dispone que la Organización debe promover condiciones de progreso y desarrollo económico y social y la solución de problemas internacionales de carácter social y sanitarios y de otros problemas conexos, que figuran como objetivos primordiales de la Declaración del Milenio adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 8 de septiembre de 2000 y del Consenso de Monterrey, como se califica el documento final de la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo que tuvo lugar en Monterrey- México del 18 al 22 de marzo de 2002, con la participación de prominentes Jefes de Estado y de Gobierno, a nivel mundial.
Cabe señalar a ese respecto que los países latinoamericanos y del Caribe están comprometidos a otorgar singular preeminencia en su política exterior a los ocho objetivos de desarrollo del Milenio, que como sostiene Annan, "únicamente se pueden alcanzar por medio de políticas económicas y sociales sólidas, un buen gobierno, la movilización de recursos y una verdadera alianza entre países desarrollados y en desarrollo".
Los antecedentes de Annan y su extraordinaria experiencia en la escena internacional lo han calificado para comprender y tratar los problemas que afectan al mundo y de los cuales las Naciones Unidas no son sólo una caja de resonancia sino instrumento de reflexión y de acción.
Muchos analistas han subrayado que la guerra preventiva decidida por el presidente George W. Bush en marzo de 2003 contra el régimen de Sadam Hussein, sin tener el visto bueno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ha significado una herida, que sigue abierta, en la Organización Mundial encargada de velar por la paz y la seguridad internacionales. Recientemente, en una entrevista en Londres, Kofi Annan pronunció la palabra "ilegal" para referirse a esta guerra.
En su discurso del 21 de septiembre, el Secretario General se refirió al "impresionante hábeas corpus de normas y leyes que abarcan desde el comercio hasta el terrorismo y desde el derecho del mar hasta las armas de destrucción en masa, lo que constituye uno de los logros que más enorgullecen a nuestra Organización".
No creo que nadie de buena fe pueda disentir con esa afirmación. Quienes hemos actuado en los mecanismos intergubernamentales de las Naciones Unidas sabemos el formidable esfuerzo y las innegables realizaciones que las Naciones Unidas han cumplido en el plano normativo.
Por mi parte, en virtud de mi desempeño como miembro de la Comisión de Derecho Internacional de las Naciones Unidas, puedo confirmar que se ha trabajado intensamente en la codificación de las normas. Cada vez es más inexacto o incorrecto hablar de un derecho internacional como de un derecho imperfecto.
El Secretario General en su discurso agregó: "Sin embargo, este marco está plagado de lagunas y deficiencias. Con demasiada frecuencia se aplica de manera selectiva y se hace valer de manera arbitraria. Este marco no tiene la garra que hace de un corpus legislativo un sistema jurídico eficaz." Kofi Annan no arrojó con la afirmación transcrita una piedra en un río tranquilo. Pienso que su propósito fue provocar nuevas olas que aporten una revitalización a los esfuerzos. Aprovechó que estaba frente a una audiencia mayormente compuesta por Jefes de Estado o Jefes de Gobierno y les recordó que depende de los miembros de las Naciones Unidas, de los responsables políticos, dar cumplimiento cabal a las decisiones que allí se tomen. Pienso que quiso transmitirles la idea de que hemos llegado a una encrucijada histórica en la cual debemos tomar partido por la ley, por el imperio de la ley; de lo contrario, la humanidad estará retrocediendo en el camino hacia la civilización de paz y progreso que ha ganado la voluntad de los pueblos.
El discurso pronunciado por Kofi Annan el martes 21 de septiembre es un nuevo esfuerzo que hace para que resuene en el mundo la alarma de los peligros que conlleva una comunidad internacional que no logra plasmar en propósitos firmes y cumplidos un orden mundial basado en el imperio de la ley. Las emociones y sufrimientos que provocan tanta injusticia, tanta violencia, tanta arbitrariedad que se están enseñoreando en este inicio del tercer milenio deben tener una respuesta clara y fuerte de parte de la comunidad internacional organizada.
Dentro de un año, las Naciones Unidas deberá discutir, en el seno de su 60ª Asamblea General, los progresos que la comunidad internacional haya logrado con relación a lo acordado en el año 2000 en la "Declaración del Milenio". Hay citas que tienen el dramatismo de un ultimátum histórico. Cada vez le queda menos tiempo a los responsables políticos del mundo para demostrar que son los intérpretes de las angustias, de las esperanzas de los pueblos.
No tardará en llegar el momento en que los países que integran la región de América Latina y el Caribe tendrán que demostrar una voluntad colectiva, una resolución integrada sin fallas ni debilidades, con plena capacidad para decidir y actuar en la unidad. Me refiero al momento en que habrá que decidir sobre las reformas que las Naciones Unidas deberá afrontar y que comprenden una reforma en la composición del Consejo de Seguridad. Desde hace años dedico a este tema un interés que no es solamente nacido de mi experiencia en las Naciones Unidas durante los años 1959, 1960, 1976, 1981 y 1982 en que actué como representante de Panamá en este Organo. Es un interés que se origina en la conciencia que tengo de que se trata de un tema crucial para el futuro de las Naciones Unidas. A mi juicio ningún gobierno puede decidir sobre este tema en la soledad ni en el aislamiento.
En los círculos de las Naciones Unidas prevalece la idea de que los objetivos de desarrollo del milenio sólo se lograrán si los países desarrollados y en desarrollo se concertan a través de un enfoque global, promoviendo el aumento de la capacidad productiva de los países en desarrollo y los países de economía en transición mediante el comercio, las inversiones, la movilización de los recursos y el desarrollo de la tecnología. Señalan que la "Campaña del Milenio" reclama un apoyo popular de amplia base a fin de dar un impulso político al objetivo que supone incrementar la ayuda, aliviar sustancialmente la deuda y aumentar el acceso al comercio y la tecnología teniendo en mira, además, el examen de la Declaración del Milenio que tendrá lugar en el 2005.
En su Memoria Anual, el Secretario General de la ONU pone de relieve que el año próximo se celebrará el Sexagésimo Aniversario de las Naciones Unidas que, asociado al examen de la Declaración del Milenio y del Consenso de Monterrey, ofrecerá la oportunidad de hacer un replanteamiento de la forma en que la Organización puede hacerle frente a los problemas del mundo contemporáneo. Exhorta para que los próximos meses los Estados Miembros, la Secretaría y demás entidades de las Naciones Unidas, así como la sociedad civil y las organizaciones empresariales, junto con hombres y mujeres de todo el mundo, trabajen de consuno para que el aniversario sea una ocasión digna de las Naciones Unidas y de todo lo que representan.
De las resoluciones que la comunidad internacional tome sobre estos asuntos depende, para ser consonante con el discurso de Kofi Annan, no el futuro de las Naciones Unidas si no las Naciones Unidas del futuro.
Cabe señalar a ese respecto que los países latinoamericanos y del Caribe están comprometidos a otorgar singular preeminencia en su política exterior a los ocho objetivos de desarrollo del Milenio, que como sostiene Annan, "únicamente se pueden alcanzar por medio de políticas económicas y sociales sólidas, un buen gobierno, la movilización de recursos y una verdadera alianza entre países desarrollados y en desarrollo".
Los antecedentes de Annan y su extraordinaria experiencia en la escena internacional lo han calificado para comprender y tratar los problemas que afectan al mundo y de los cuales las Naciones Unidas no son sólo una caja de resonancia sino instrumento de reflexión y de acción.
Muchos analistas han subrayado que la guerra preventiva decidida por el presidente George W. Bush en marzo de 2003 contra el régimen de Sadam Hussein, sin tener el visto bueno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ha significado una herida, que sigue abierta, en la Organización Mundial encargada de velar por la paz y la seguridad internacionales. Recientemente, en una entrevista en Londres, Kofi Annan pronunció la palabra "ilegal" para referirse a esta guerra.
En su discurso del 21 de septiembre, el Secretario General se refirió al "impresionante hábeas corpus de normas y leyes que abarcan desde el comercio hasta el terrorismo y desde el derecho del mar hasta las armas de destrucción en masa, lo que constituye uno de los logros que más enorgullecen a nuestra Organización".
No creo que nadie de buena fe pueda disentir con esa afirmación. Quienes hemos actuado en los mecanismos intergubernamentales de las Naciones Unidas sabemos el formidable esfuerzo y las innegables realizaciones que las Naciones Unidas han cumplido en el plano normativo.
Por mi parte, en virtud de mi desempeño como miembro de la Comisión de Derecho Internacional de las Naciones Unidas, puedo confirmar que se ha trabajado intensamente en la codificación de las normas. Cada vez es más inexacto o incorrecto hablar de un derecho internacional como de un derecho imperfecto.
El Secretario General en su discurso agregó: "Sin embargo, este marco está plagado de lagunas y deficiencias. Con demasiada frecuencia se aplica de manera selectiva y se hace valer de manera arbitraria. Este marco no tiene la garra que hace de un corpus legislativo un sistema jurídico eficaz." Kofi Annan no arrojó con la afirmación transcrita una piedra en un río tranquilo. Pienso que su propósito fue provocar nuevas olas que aporten una revitalización a los esfuerzos. Aprovechó que estaba frente a una audiencia mayormente compuesta por Jefes de Estado o Jefes de Gobierno y les recordó que depende de los miembros de las Naciones Unidas, de los responsables políticos, dar cumplimiento cabal a las decisiones que allí se tomen. Pienso que quiso transmitirles la idea de que hemos llegado a una encrucijada histórica en la cual debemos tomar partido por la ley, por el imperio de la ley; de lo contrario, la humanidad estará retrocediendo en el camino hacia la civilización de paz y progreso que ha ganado la voluntad de los pueblos.
El discurso pronunciado por Kofi Annan el martes 21 de septiembre es un nuevo esfuerzo que hace para que resuene en el mundo la alarma de los peligros que conlleva una comunidad internacional que no logra plasmar en propósitos firmes y cumplidos un orden mundial basado en el imperio de la ley. Las emociones y sufrimientos que provocan tanta injusticia, tanta violencia, tanta arbitrariedad que se están enseñoreando en este inicio del tercer milenio deben tener una respuesta clara y fuerte de parte de la comunidad internacional organizada.
Dentro de un año, las Naciones Unidas deberá discutir, en el seno de su 60ª Asamblea General, los progresos que la comunidad internacional haya logrado con relación a lo acordado en el año 2000 en la "Declaración del Milenio". Hay citas que tienen el dramatismo de un ultimátum histórico. Cada vez le queda menos tiempo a los responsables políticos del mundo para demostrar que son los intérpretes de las angustias, de las esperanzas de los pueblos.
No tardará en llegar el momento en que los países que integran la región de América Latina y el Caribe tendrán que demostrar una voluntad colectiva, una resolución integrada sin fallas ni debilidades, con plena capacidad para decidir y actuar en la unidad. Me refiero al momento en que habrá que decidir sobre las reformas que las Naciones Unidas deberá afrontar y que comprenden una reforma en la composición del Consejo de Seguridad. Desde hace años dedico a este tema un interés que no es solamente nacido de mi experiencia en las Naciones Unidas durante los años 1959, 1960, 1976, 1981 y 1982 en que actué como representante de Panamá en este Organo. Es un interés que se origina en la conciencia que tengo de que se trata de un tema crucial para el futuro de las Naciones Unidas. A mi juicio ningún gobierno puede decidir sobre este tema en la soledad ni en el aislamiento.
En los círculos de las Naciones Unidas prevalece la idea de que los objetivos de desarrollo del milenio sólo se lograrán si los países desarrollados y en desarrollo se concertan a través de un enfoque global, promoviendo el aumento de la capacidad productiva de los países en desarrollo y los países de economía en transición mediante el comercio, las inversiones, la movilización de los recursos y el desarrollo de la tecnología. Señalan que la "Campaña del Milenio" reclama un apoyo popular de amplia base a fin de dar un impulso político al objetivo que supone incrementar la ayuda, aliviar sustancialmente la deuda y aumentar el acceso al comercio y la tecnología teniendo en mira, además, el examen de la Declaración del Milenio que tendrá lugar en el 2005.
En su Memoria Anual, el Secretario General de la ONU pone de relieve que el año próximo se celebrará el Sexagésimo Aniversario de las Naciones Unidas que, asociado al examen de la Declaración del Milenio y del Consenso de Monterrey, ofrecerá la oportunidad de hacer un replanteamiento de la forma en que la Organización puede hacerle frente a los problemas del mundo contemporáneo. Exhorta para que los próximos meses los Estados Miembros, la Secretaría y demás entidades de las Naciones Unidas, así como la sociedad civil y las organizaciones empresariales, junto con hombres y mujeres de todo el mundo, trabajen de consuno para que el aniversario sea una ocasión digna de las Naciones Unidas y de todo lo que representan.
De las resoluciones que la comunidad internacional tome sobre estos asuntos depende, para ser consonante con el discurso de Kofi Annan, no el futuro de las Naciones Unidas si no las Naciones Unidas del futuro.