“La actitud no la cambia cincuenta años de prisión”
Sin lugar a dudas, quien cometa un delito tiene que ser sancionado con todo el rigor de la justicia panameña, considerando que ha transgredido la ley, lesionado y vulnerado los bienes jurídicos de la sociedad que la normativa legal consagra. De hecho, de manera teórica, se dice que “el ser humano es responsable de sus actos, ya que posee inteligencia para conocer; voluntad, para querer; y libre albedrío, para decidir”. Hasta aquí es importante establecer que no somos apologistas de delito, ni de criminales, a contrario sensum, soy defensor de la razón y por ende es que nos parece de lo más ignorante que el presidente de la república, Martín Torrijos, con el fin de mitigar su incapacidad de más seguridad, esté orquestando a su salida del poder un nuevo incremento a la pena de prisión, ahora a cincuenta años como respuesta al alto índice de delincuencia, cuando Panamá no posee institución carcelaria para cumplir con dicha función.
Edwin Sutherland, sociólogo estadounidense considerado uno de los criminólogos más influyentes del siglo XX, trabajó en su famosa “Teoría de la Asociación Diferencial”, de la cual esbozo como resultado que “todas las conductas humanas son aprendidas, por tanto, la conducta criminal es aprendida”. En ese sentido, lo que influye en el futuro delincuente es su relación en el hogar con la familia, en la escuela, en los barrios, trabajo y lo que le transmiten los medios de comunicación. Por lo que es necesario reforzar el sistema educativo panameño, y proliferar buenos principios y valores desde la familia, las escuelas y los medios de comunicación.
Generalmente una persona llega a ser delincuente porque su aprendizaje de conducta criminal suele ser más importante que el anticriminal; radica también en la capacidad del sujeto para captar valores y medir la consecuencia de sus actos. De ahí depende sí le sirve o no la amenaza de castigo.
La pena de muerte, hace 200 años, dejó de ser el eje central del sistema represivo en Europa por su ineficacia al no contribuir con la disminución de la criminalidad. Debemos tomar en cuenta que el hecho de sancionar no soluciona el problema de la criminalidad; poco o nada cambian los delincuentes que son recluidos en los centros penales, puesto que las improvisaciones de cárceles que existen en el país sólo controlan al sujeto y lo retienen sin siquiera brindarle la capacidad de rehabilitación, que establece nuestra Constitución.
Incrementar a cincuenta años la pena de prisión llevaría al colapso a nuestro Sistema Penitenciario ya sobre poblado e inhumano y para muestra, que el señor Presidente dé un paseo por La Joya y Nueva Esperanza.
En Panamá, a diferencia de otros países, las cárceles no llenan ninguna función positiva por falta de políticas para mejorar el sistema; el incremento de pena sin resocialización aumentará la ociosidad, la proliferación de enfermedades y la contaminación criminal, pues ni siquiera se dan clasificaciones entre detenidos y presos. Al delincuente se le debe dar castigos ejemplares, pero en cárceles acondicionadas para una debida resocialización, y brindársele tratamientos durante su encierro. “La Cárcel contiene pero no corrige”, y devuelve al recluso estigmatizado a la sociedad después de tantos años de ociosidad en prisión.