La admirable impureza del castellano
Quiero ampliar algunas ideas que esbocé en el Congreso Latinoamericano de Periodismo respecto a las transgresiones que se perpetran contra la lengua castellana en la prensa escrita. Quienes defienden la pureza del español, atrincherándose en los paradigmas puristas de la Real Academia Española, suelen olvidar el origen del castellano. Olvidan que, como consecuencia de la fragmentación de la Romanía, vale decir de la creación de nuevas naciones en los territorios controlados por el Imperio Romano, del tronco del latín vulgar brotaron diversas lenguas populares.
Paralelamente a la progresiva aparición del francés, italiano, portugués, provenzal, rético- rumano, sugieron las lenguas romances de Castilla, León, Navarra, Cataluña, Aragón. No fue la lengua de los copistas de los conventos y los laicos eruditos. Fue la lengua franca de soldados, contrabandistas, espías, rameras; lenguas plebeyas en las que, en las entrañas del latín coloquial, copulaban con voces depositadas por los conquistadores cartagineses, godos, visigodos, árabes. El romance castellano se impuso a los romances de Aragón, León, Navarra, gracias a la audacia expansionista de los castellanos viejos y a la sagacidad geopolítica de Isabel la Católica para unir a los reinos del entorno.
Recién en tiempos de Alfonso X el Sabio, el castellano adquirió carta de ciudadanía, gracias a su capacidad de absorción de giros lingüísticos de variado origen, gracias a la vitalidad creativa de su sincretismo cultural. Porque, a despecho de los defensores a ultranza de la fingida pureza del castellano, ésta es una lengua fundamentalmente impura, mestiza, en la que se acoplan el griego heredado por los romanos, el latín sagrado y el latín profano, el árabe sedimentado por ochocientos años de dominación, y, desde el Renacimiento hasta el siglo XX, la irrupción cultural de romances hermanos como el italiano (Boscán, Garcilaso) y el francés (Jovellanos, Campomanes y los asesores ilustrados de Carlos III) y de idiomas de otro origen, pero con sedimento románico, como el inglés y el alemán.
Cuando los puristas se indignan por la asimilación de galicismos o italianismos, al contrario, yo lo celebro. Las viejas lenguas hermanas vuelven a encontrarse, recuperan la heredad del tronco común. Más aún, la vitalidad del castellano se fortalece por la permanente absorción de extranjerismos.
El descubrimiento de América fue un hito fundamental para la adaptación de lenguas que reflejaban nuevas geografías, nuevas culturas, nuevos estilos de vida. Cuando Antonio de Nebrija le propuso a Isabel la Católica la edición de la primera gramática y la reina le preguntó qué sentido tenía imprimir las reglas del castellano, irrumpió el obispo Hernando de Talavera, su asesor, y dijo que " después que Vuestra Alteza metiese debajo de su yugo muchos pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas, y con el vencimiento aquéllos tendrían necesidad de recibir las leyes que el vencedor pone al vencido".
Fue entonces que, la humilde lengua de los castillos se convirtió en la lengua general de América, con más fuerza que en la propia España, y se enriqueció con la adopción de palabras de las etnias araguaco, caribe, azteca, maya, quechua, aimará.
Huracán es voz onomatopéyica aprendida en el Caribe. Caníbal es una corrupción de los temidos caribes antropófagos. Papa, tomate, maíz, colibrí, cacique, guacamaya, chocolate, chicle, hule, cacahuete, cacao, aguacate, pampa, cóndor, tabaco, son algunos de los americanismos insustituibles, abrevados en las viejas lenguas indígenas. A pesar de los esfuerzos de Rufino Cuervo, Andrés Bello y Ricardo Palma, la Academia de la Lengua Española demoró muchos años en abrir sus puertas intransigentes a la riqueza semántica de los americanismos, reflejo de la cultura que cambió el estilo de vida del mundo occidental.
Germán Arciniegas decía que, al despertarse y antes de acostarse, el hombre moderno rinde homenaje a la América indígena al tomar chocolate en el desayuno, cenar con acompañamiento de maíz, papas y tomates, y cerrar la jornada, fumando un cigarro o un habano.
A diferencia de lo que piensan los anacrónicos puristas, el castellano ha fortalecido su impureza, asimilando palabras del inglés como líder, linchar, fútbol, básquebol, béisbol, carro; restaurante, manicurista, coqueta, bidet, bufete, jardín, paje, gañán, del francés; bodega, corbata, fachada, carroza, medalla, escopeta, piano, barcarola, del italiano, porque sino lo hubiera hecho a tiempo habría quedado como una antigualla. La tecnología nutre el idioma con la computadora( del inglés, computer, internet y no el castizo intered). Y si la astronáutica nos hizo pasar del verbo aterrizar al verbo alunizar, nos vamos a ver en auténticos apuros cuando el hombre llegue a Saturno, Marte o a Ganímedes.
Desde los tiempos del Cid campeador, cuando aún predominaba la f sobre la h, y se decía fembra y no hembra, el castellano ha adaptado y expulsado palabras innumerables. Eso que Amado Alonso llamó la concepción herreriana de la lengua como cosa haciéndose y nunca hecha, es la clave de su supervivencia.
Paralelamente a la progresiva aparición del francés, italiano, portugués, provenzal, rético- rumano, sugieron las lenguas romances de Castilla, León, Navarra, Cataluña, Aragón. No fue la lengua de los copistas de los conventos y los laicos eruditos. Fue la lengua franca de soldados, contrabandistas, espías, rameras; lenguas plebeyas en las que, en las entrañas del latín coloquial, copulaban con voces depositadas por los conquistadores cartagineses, godos, visigodos, árabes. El romance castellano se impuso a los romances de Aragón, León, Navarra, gracias a la audacia expansionista de los castellanos viejos y a la sagacidad geopolítica de Isabel la Católica para unir a los reinos del entorno.
Recién en tiempos de Alfonso X el Sabio, el castellano adquirió carta de ciudadanía, gracias a su capacidad de absorción de giros lingüísticos de variado origen, gracias a la vitalidad creativa de su sincretismo cultural. Porque, a despecho de los defensores a ultranza de la fingida pureza del castellano, ésta es una lengua fundamentalmente impura, mestiza, en la que se acoplan el griego heredado por los romanos, el latín sagrado y el latín profano, el árabe sedimentado por ochocientos años de dominación, y, desde el Renacimiento hasta el siglo XX, la irrupción cultural de romances hermanos como el italiano (Boscán, Garcilaso) y el francés (Jovellanos, Campomanes y los asesores ilustrados de Carlos III) y de idiomas de otro origen, pero con sedimento románico, como el inglés y el alemán.
Cuando los puristas se indignan por la asimilación de galicismos o italianismos, al contrario, yo lo celebro. Las viejas lenguas hermanas vuelven a encontrarse, recuperan la heredad del tronco común. Más aún, la vitalidad del castellano se fortalece por la permanente absorción de extranjerismos.
El descubrimiento de América fue un hito fundamental para la adaptación de lenguas que reflejaban nuevas geografías, nuevas culturas, nuevos estilos de vida. Cuando Antonio de Nebrija le propuso a Isabel la Católica la edición de la primera gramática y la reina le preguntó qué sentido tenía imprimir las reglas del castellano, irrumpió el obispo Hernando de Talavera, su asesor, y dijo que " después que Vuestra Alteza metiese debajo de su yugo muchos pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas, y con el vencimiento aquéllos tendrían necesidad de recibir las leyes que el vencedor pone al vencido".
Fue entonces que, la humilde lengua de los castillos se convirtió en la lengua general de América, con más fuerza que en la propia España, y se enriqueció con la adopción de palabras de las etnias araguaco, caribe, azteca, maya, quechua, aimará.
Huracán es voz onomatopéyica aprendida en el Caribe. Caníbal es una corrupción de los temidos caribes antropófagos. Papa, tomate, maíz, colibrí, cacique, guacamaya, chocolate, chicle, hule, cacahuete, cacao, aguacate, pampa, cóndor, tabaco, son algunos de los americanismos insustituibles, abrevados en las viejas lenguas indígenas. A pesar de los esfuerzos de Rufino Cuervo, Andrés Bello y Ricardo Palma, la Academia de la Lengua Española demoró muchos años en abrir sus puertas intransigentes a la riqueza semántica de los americanismos, reflejo de la cultura que cambió el estilo de vida del mundo occidental.
Germán Arciniegas decía que, al despertarse y antes de acostarse, el hombre moderno rinde homenaje a la América indígena al tomar chocolate en el desayuno, cenar con acompañamiento de maíz, papas y tomates, y cerrar la jornada, fumando un cigarro o un habano.
A diferencia de lo que piensan los anacrónicos puristas, el castellano ha fortalecido su impureza, asimilando palabras del inglés como líder, linchar, fútbol, básquebol, béisbol, carro; restaurante, manicurista, coqueta, bidet, bufete, jardín, paje, gañán, del francés; bodega, corbata, fachada, carroza, medalla, escopeta, piano, barcarola, del italiano, porque sino lo hubiera hecho a tiempo habría quedado como una antigualla. La tecnología nutre el idioma con la computadora( del inglés, computer, internet y no el castizo intered). Y si la astronáutica nos hizo pasar del verbo aterrizar al verbo alunizar, nos vamos a ver en auténticos apuros cuando el hombre llegue a Saturno, Marte o a Ganímedes.
Desde los tiempos del Cid campeador, cuando aún predominaba la f sobre la h, y se decía fembra y no hembra, el castellano ha adaptado y expulsado palabras innumerables. Eso que Amado Alonso llamó la concepción herreriana de la lengua como cosa haciéndose y nunca hecha, es la clave de su supervivencia.