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La ampliación: encrucijada de una Nación


NUESTRO sentido y futuro como nación se definirán en la encrucijada a que nos enfrenta el proyecto de ampliación del Canal. Para nada es exagerado afirmar que el proceso que se desencadenó el pasado 24 de abril, con la divulgación del proyecto preparado por la Autoridad del Canal Panamá, para el gobierno de la "patria nueva", que, como era de esperar, le ha dado total e incondicional apoyo, pero que tendrá su prueba de fuego cuando se someta al veredicto del pueblo panameño para que decida su aprobación o rechazo en el referendo ordenado por la Constitución, marcará nuestra vida como nación.
En 1903, formalmente, nacimos como república independiente, pero gravados por la hipoteca "a perpetuidad" que nos impuso Estados Unidos, mediante el leonino Tratado Hay-Bunau Varilla. La nación panameña, prácticamente desde su nacimiento, comenzó su larga lucha para perfeccionar su independencia. Varias generaciones aportaron el sustento para la reivindicación de nuestra soberanía; pero no todos los sectores de la sociedad panameña tuvieron el mismo grado de protagonismo ni asumieron iguales compromisos.
Las gestas de 1947, para rechazar el Convenio Filós-Hines, que hubiera prolongado la presencia de bases militares en distintos puntos de nuestra geografía, fuera de la Zona del Canal, y del 9 de enero de 1964, punto de partida para la concertación de los Tratados Torrijos-Carter, fueron protagonizadas por el pueblo, que fue el que les dio contenido con su militancia en las calles.
Desde 1903 hasta el golpe cuartelario de 1968, el poder político lo controlaron las oligarquías que, con diferentes pantallas políticas (partidos), de una u otra manera, siempre encontraron la vía para hacer prevalecer sus intereses económicos, que no eran los del pueblo-pueblo, aunque alegaran representarlo o pregonaran servirlo. El grupo de militares que dio el golpe del 11 de octubre de 1968, pudo hacerse con el control del poder político, pero, sobre todo, retenerlo, gracias a tres factores: Primero, el desencanto y cansancio general, acumulado en la población contra los partidos políticos; segundo, la incapacidad de la clase política de entonces para retar a los golpistas parapetados tras el poder de las mismas armas que antes le habían servido a las facciones políticas dominantes; y, tercero, haberse arropado con la bandera de la lucha nacionalista.
Una de las primeras medidas de los golpistas, fue abolir los partidos políticos, pero su desaparición fue lamentada por muy pocos. La prolongación durante 21 del régimen militar, aparte de la supresión del juego político "democrático", tampoco permitió el surgimiento de nuevos liderazgos políticos. Arnulfo Arias, exiliado, siguió siendo, hasta su muerte, el único líder con capacidad para hacer el contrapeso a los cuarteles. Y así lo demostró, cuando ganó las elecciones convocadas por los militares en 1983, que lo despojaron de su legítima victoria mediante un fraude, para entregarle la presidencia al candidato de los cuarteles, que había perdido de forma abrumadora.
La desaparición física de Arnulfo Arias, dejó el país sin liderazgos auténticos. Por ello, no es exagerado decir, después de los resultados de las elecciones de 1989, 1994, 1999 y 2004, que en Panamá seguimos votando entre Arnulfo Arias y Omar Torrijos. En el pasado torneo electoral, para sorpresa de nadie, se impuso el último, encarnado en la figura de su hijo que, aunque como se ha comprobado carece de luz propia, aprovechó la desunión de sus opositores para encumbrarse en el poder, que viene utilizando a placer ante una oposición casi inexistente.
Si algo han demostrado los primeros escarceos o amagos de discusión sobre el proyecto de la ampliación, ello es que, mientras del lado gubernamental hay la decisión obsesiva de empujar su aprobación, a como dé lugar y haciendo uso de cuanto recurso puedan disponer, la llamada oposición no encuentra cómo estructurar una posición coherente que ayude a orientar a la ciudadanía. Su conducta, o es errática o es complaciente. Todavía, ninguno de sus dirigentes pareciera decidirse a poner "carne en el asador". Todos evidencian una pasividad que no se corresponde con la responsabilidad que les cabe en la formación y orientación de la opinión pública.
En el proceso que, inexorablemente, concluirá en el referendo, es urgente e ineludible tomar posiciones. El gobierno y los intereses que conforman su entorno, ya lo han hecho, y en el desarrollo de su estrategia a favor del SI nos atiborrarán de propaganda. Quienes, con legítimo derecho, cuestionamos las "bondades" no aclaradas de la propuesta oficial, no contaremos, ni de lejos, con medios similares para lograr un debate equitativo y medianamente justo. De allí, la importancia del papel que deben jugar los dirigentes que aspiran a la conducción política del país. El reto que tienen planteado no es fácil, pero deben asumirlo con decisión. Los momentos cruciales en la vida de los pueblos necesitan de conductores que asuman con responsabilidad la orientación de la ciudadanía. La ausencia de líderes de ese calibre es tan evidente que no requiere ser demostrada. Y el proceso de discusión del proyecto de la ampliación es una oportunidad para que emerjan nuevos liderazgos; pero también para que desaparezcan algunos que pretenden ocupar esos espacios.
¡Amanecerá y veremos!
Actualmente el sistema masivo de buses funciona con éxito en ciudades como Bogotá en Colombia, Curitiba en Brasil y Yakarta en Indonesia, entre otros.

101 años de Panamá América

 
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