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La ARI: se derrumbó el castillo de naipes


O, como relata el famoso cuento, "el rey ha quedado en cueros". Cuando el nuevo gobierno le pidió al entonces administrador de la Autoridad de la Región Interoceánica que renunciara al cargo, no fueron pocas las voces que protestaron contra esa demanda, alegando que su salida truncaría una "gestión exitosa, plagada de maravillosas realizaciones", y pondría en peligro todos los grandiosos proyectos que, según la bien orquestada y costosa propaganda del señor Barletta, ya estaba a un "pelillo" de soltar los diques que derramarían una catarata de empleos que, en menos de lo que canta un gallo, harían de los desocupados una especie extinguida en nuestro país.
Siempre he tenido una especial suspicacia hacia los "cantamañanas", esa especie de profetas del bienestar que viven a base de vender el cuento del "dorado". Por eso, desde que recuerdo las primeras andanzas del personaje de marras, siempre desconfié de sus vaticinios y nunca pude aceptar los "rollos" que se disparaba desde cuanta tribuna le quedaba a mano.
Como no es extraño en nuestros países, el autoproclamado "profeta del inminente bienestar" escaló altísimas posiciones en el Estado y desde ellas "deslumbró" a muchos con sus alardes de oráculo infalible.
Sin embargo, como entre la fantasía y la realidad hay un abismo, baste recordar que entre las más conspícuas hazañas de nuestro personaje están el monstruoso endeudamiento que patrocinó y defendió para sus jefes de la avenida A y, el monstruoso fraude electoral de 1984, con que los cuarteles premiaron sus "brillantes servicios".
De la presidencia del ex-administrador sólo quedaron más deudas y cuentos y, como corolario, su patética comparecencia ante las cámaras de televisión, una semana antes de que Noriega lo echera, afirmando con voz sonora que contaba con el respeto y sumisión incondicional de los cuarteles, cuando todo el país, menos él, sabía que el comandante de turno había decidido quitarlo de donde lo había puesto.
Como uno de los peores vicios de nuestras sociedades es la corta memoria, todo ese "glorioso" historial quedó borrado cuando su amigo, el frustrado aspirante a emperador, lo impuso en la ARI, luego de forzar la salida del administrador Chen Barría.
Pero como "al que nace para ombligón es inútil que lo fajen", tan pronto "el oráculo reciclado" se encaramó en su nuevo pedestal, volvió a las andadas, y nuevamente brotó incontenible el torrente de promesas, en copia aumentada de sus mejores tiempos. Cada vez que abría la boca era para anunciar otra inversión multimillonaria que generaría decenas de miles de empleos.
Como ningún castillo de naipes resiste la más leve brisa ni los ropajes invisibles cubren la desnudez, nuevamente ha quedado en evidencia que la aparatosa rimbombancia del flamante ex-administrador era una pirámide de fantasías y que los plumajes de pavo real, que algunos le vieron, nunca existieron.
Poca importancia tendría que "la réplica criolla" del rey del cuento haya quedado en cueros, sino fuera porque el precio lo pagaremos todos, menos él. Cuando patrocinó y se benefició de la estafa electoral del 84, su complicidad contribuyó a la consolidación del "noriegato" que la nación sufrió hasta 1989, con las secuelas que todavía padecemos. Ahora, nos deja el desastre de su administración incompetente de la ARI, cuyos costos desorbitados consumieron los ingresos producidos por la venta de los bienes revertidos.
Los recursos producidos por la venta de bienes fueron gastados para cubrir los costos de una burocracia desproporcionada y pagada con salarios escandalosos, sólo comparable a la megalomanía del ex-administrador, en fastuosas promociones nacionales e internacionales que, como ahora ha quedado demostrado, sólo produjeron inversiones imaginarias; y en la construcción de costosas infraestructuras para recibir proyectos que nunca llegarán.
¿Qué corresponde hacer ahora? Por lo pronto, llevar a cabo una investigación verdaderamente exhaustiva, no de esas que sólo duran mientras el tema es noticia, para determinar las responsabilidades y sancionar a los culpables de una manera ejemplar. Son muchos los millones malgastados y tanto al ex-administrador como a su subadministrador, que todavía sigue en el cargo, y que no pudo ser ignorante de lo que ocurría, hay que exigirles cuentas.
Con los antecedentes del personaje en cuestión, tengo la premonición de que una revisión prolija de los contratos suscritos por los supuestos inversores en los proyectos de Amador descubrirá que las fianzas presentadas para garantizar su cumplimiento se esfumarán como pompas de jabón o producirán una recuperación irrisoria y, al final de cuentas, terminaremos burlados.
El prontuario es extenso y hay bases suficientes para actuar contra el ex-administrador. De sus anteriores fechorías salió ileso y hasta premiado. Que esta vez no ocurra lo mismo y no quede impune tanta bellaquería.

101 años de Panamá América

 
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