La arrogancia neoliberal
La Organización Mundial del Comercio alcanzó por fin en Ginebra, el día 30 de agosto, un acuerdo sobre medicamentos genéricos que permitirá a los países más pobres acceder a ellos, siempre que declaren emergencia sanitaria y pidan a los países suministradores que supriman los derechos de patente del fármaco correspondiente.
La industria farmacéutica, una de las más poderosas de nuestro planeta, se cerraba en banda hasta el momento ante la posibilidad de renunciar al derecho de patente aun en casos de emergencia, un derecho que alcanza, en ocasiones, los 20 años, por miedo, entre otras cosas, a que se beneficien de los fármacos liberados países que sí tienen posibilidad de pagar. De ahí la doble exigencia de declarar la situación de emergencia y de envasar los medicamentos correspondientes con un etiquetado especial, que disminuya la posibilidad de fraude.
Evidentemente, las cosas no son simples. Ante la pregunta “¿para qué hacen falta las patentes?”, recuerdo que un colega contestó con todo acierto:
“Porque, si no, la industria farmacéutica no invertiría ingentes cantidades de dinero en investigación, y ni siquiera existirían los fármacos de los que estamos hablando”. La propuesta de miseria para todos no es la mejor alternativa a la desigualdad.
Sin duda, una empresa que invierte quiere amortizar sus gastos y obtener beneficio, cosas ambas para las que exige un derecho de patente. Y con ello no hace sino cumplir con lo que Milton Friedman llamó en 1970 su “responsabilidad social”.
El Libro Verde de la Unión Europea, propuesto en el 2001, y que lleva por título Fomentar un marco europeo para la responsabilidad social de las empresas, entiende la expresión de un modo diferente al de Friedman. Una empresa asume su responsabilidad social cuando integra voluntariamente preocupaciones sociales y medioambientales en sus operaciones comerciales y en sus relaciones con los interlocutores; cuando -por decirlo de forma sintética- se compromete a llevar un triple balance: económico, social y medioambiental.
No se trata sólo de cumplir las leyes, de “rendir cuentas”, en el sentido de la accountability, sino también, yendo más allá, de tomar medidas sociales y medioambientales que las leyes no exigen, en el sentido de la responsibility.
Tampoco apuestan por la filantropía, término muy extendido en el discurso empresarial, porque la filantropía trata de promover el desinterés, mientras que la responsabilidad social se dirige a lo que los actuales kantianos llamaríamos el interés universalizable; la empresa no puede optar por una ética desinteresada, pero sí puede y debe hacerlo por una ética del interés de todos los afectados por ella: clientes, trabajadores, accionistas, proveedores, organizaciones cívicas, lugar de implantación, administración.
Por último, la empresa socialmente responsable no busca el suicidio económico, sino todo lo contrario. La Cumbre de Lisboa de 2000 se proponía convertir a la Unión Europea en el 2010, en “la economía del conocimiento más competitiva y dinámica del mundo”, pero hacerlo intentando que sea “capaz de crecer económicamente de manera sostenible, con más y mejores empleos y con mayor cohesión social”. La estrategia europea de lograr un desarrollo sostenible, acordada en Gotemburgo en 2001, consistiría en tratar de conseguir que, a largo plazo, crecimiento económico, cohesión social y protección medioambiental caminen en paralelo. Éstos serían los tres pilares de una empresa humana, por justa y eficiente.
Desde una opción semejante los acuerdos de la OMC sobre genéricos serían ya leyenda, no un hecho reciente, y no existirían complicidades entre promotores de la construcción y políticos, ni tantos otros sucesos nefastos que más perjudican a los más débiles. El problema, como siempre, es si este nuevo -y antiguo- concepto de responsabilidad social no será una operación de cosmética, más que de ética.
Hace poco me decía mi amigo y excelente sociólogo José María Tortosa, hablando de una organización humanitaria: son gentes normales, quieren palabras, no hechos. Tenía razón en aquel caso, tal vez será verdad también en éste. Pero entonces estarán siempre en otra esquina no sólo los paraísos, sino también la más elemental humanidad.
Catedrática de la Universidad de Valencia Agencia de Información Solidaria(infosolidaria@telefonica.net)
La industria farmacéutica, una de las más poderosas de nuestro planeta, se cerraba en banda hasta el momento ante la posibilidad de renunciar al derecho de patente aun en casos de emergencia, un derecho que alcanza, en ocasiones, los 20 años, por miedo, entre otras cosas, a que se beneficien de los fármacos liberados países que sí tienen posibilidad de pagar. De ahí la doble exigencia de declarar la situación de emergencia y de envasar los medicamentos correspondientes con un etiquetado especial, que disminuya la posibilidad de fraude.
Evidentemente, las cosas no son simples. Ante la pregunta “¿para qué hacen falta las patentes?”, recuerdo que un colega contestó con todo acierto:
“Porque, si no, la industria farmacéutica no invertiría ingentes cantidades de dinero en investigación, y ni siquiera existirían los fármacos de los que estamos hablando”. La propuesta de miseria para todos no es la mejor alternativa a la desigualdad.
Sin duda, una empresa que invierte quiere amortizar sus gastos y obtener beneficio, cosas ambas para las que exige un derecho de patente. Y con ello no hace sino cumplir con lo que Milton Friedman llamó en 1970 su “responsabilidad social”.
El Libro Verde de la Unión Europea, propuesto en el 2001, y que lleva por título Fomentar un marco europeo para la responsabilidad social de las empresas, entiende la expresión de un modo diferente al de Friedman. Una empresa asume su responsabilidad social cuando integra voluntariamente preocupaciones sociales y medioambientales en sus operaciones comerciales y en sus relaciones con los interlocutores; cuando -por decirlo de forma sintética- se compromete a llevar un triple balance: económico, social y medioambiental.
No se trata sólo de cumplir las leyes, de “rendir cuentas”, en el sentido de la accountability, sino también, yendo más allá, de tomar medidas sociales y medioambientales que las leyes no exigen, en el sentido de la responsibility.
Tampoco apuestan por la filantropía, término muy extendido en el discurso empresarial, porque la filantropía trata de promover el desinterés, mientras que la responsabilidad social se dirige a lo que los actuales kantianos llamaríamos el interés universalizable; la empresa no puede optar por una ética desinteresada, pero sí puede y debe hacerlo por una ética del interés de todos los afectados por ella: clientes, trabajadores, accionistas, proveedores, organizaciones cívicas, lugar de implantación, administración.
Por último, la empresa socialmente responsable no busca el suicidio económico, sino todo lo contrario. La Cumbre de Lisboa de 2000 se proponía convertir a la Unión Europea en el 2010, en “la economía del conocimiento más competitiva y dinámica del mundo”, pero hacerlo intentando que sea “capaz de crecer económicamente de manera sostenible, con más y mejores empleos y con mayor cohesión social”. La estrategia europea de lograr un desarrollo sostenible, acordada en Gotemburgo en 2001, consistiría en tratar de conseguir que, a largo plazo, crecimiento económico, cohesión social y protección medioambiental caminen en paralelo. Éstos serían los tres pilares de una empresa humana, por justa y eficiente.
Desde una opción semejante los acuerdos de la OMC sobre genéricos serían ya leyenda, no un hecho reciente, y no existirían complicidades entre promotores de la construcción y políticos, ni tantos otros sucesos nefastos que más perjudican a los más débiles. El problema, como siempre, es si este nuevo -y antiguo- concepto de responsabilidad social no será una operación de cosmética, más que de ética.
Hace poco me decía mi amigo y excelente sociólogo José María Tortosa, hablando de una organización humanitaria: son gentes normales, quieren palabras, no hechos. Tenía razón en aquel caso, tal vez será verdad también en éste. Pero entonces estarán siempre en otra esquina no sólo los paraísos, sino también la más elemental humanidad.
Catedrática de la Universidad de Valencia Agencia de Información Solidaria(infosolidaria@telefonica.net)