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La autoestima


Todas las personas tenemos una opinión personal sobre nosotros mismos, que constituyen las ideas referentes al valor propio. En situaciones normales, el hombre es consciente de sus características positivas y negativas, y es cuando comienza apreciarse o despreciarse a sí mismo. Este es el sentimiento que acompaña al auto concepto, la autoestima.
La autoestima nace en un individuo del concepto que se forma a partir de los comentarios verbales, actitudes y gestos de las demás personas hacia él, al igual que de la forma como este individuo perciba esos niveles de comunicación. Si una niña escucha comentarios como: que no es bonita, pero se porta bien; o eres bonita, pero te puedes comparar con tu hermana que tiene una cara preciosa; es probable que ella adquiera un autoncepto sobre su belleza muy negativo y se va a sentir mal, inadecuada y triste.
Algunas veces el autoconcepto depende más de nuestra interpretación de la vida que de la misma realidad. Por ejemplo, algunas personas no creen que son inteligentes, cuando en realidad solucionan bien sus problemas y son buenos profesionales. También es errado el autoconcepto de una persona que se asigna una cualidad, cuando tampoco coincide con la realidad, esto lo vemos muy a menudo.
El niño cuando nace no tiene una experiencia de comportamiento y carece de la escala de valares con la cual medir su compararse. Esto él lo aprende de la experiencia que va adquiriendo con las personas que lo rodean y de los mensajes que recibe respecto a su valor como persona. El niño aprende la autovaloración en la familia. Posteriormente intervienen otras influencias, pero éstas tienden a reforzar los sentimientos de valor o falta de él, que se hayan adquirido primordialmente en su hogar.
A los individuos con baja autoestima les falta confianza en sí mismos, son renuentes a expresarse en grupo, se centran más en su problema logrando menos relaciones interpersonales afortunadas; se sienten incapaces, ansiosos, faltos de valor, temen ser rechazados y constantemente viven acosados por las dudas acerca de su capacidad personal. Cuando viven momentos difíciles y enfrentan problemas, se desesperan y pueden recurrir al alcohol, las drogas, el suicidio o asesinato. Por el otro lado, cuando tienen éxitos, no los disfrutan porque siguen sintiendo una duda constante respecto a su propio valor. Básicamente, experimentan sentimientos indeseables hacia sí mismos, creando un ambiente hostil a su alrededor.
Cada palabra, expresión facial, gesto o acción por parte de los profesores y adultos transmite mensajes al niño en cuanto su valor, aunque la mayoría de las veces las personas que rodean al infante no se percatan de los mensajes que envían y de los efectos que éstos tienen sobre él. Ahora también los padres con bajo nivel de autoestima establecen muy pocas o débiles reglas fijas, pero sus métodos de control tienden a ser rudos, hostiles, fríos; no esperan mucho de sus hijos, y sus expectativas, negativas, a menudo se hacen realidad. Estos progenitores, por lo general, son dominantes y su forma de represión da como resultado hijos con un bajo nivel de autoestima.
Si crecemos sintiéndonos amados y seguros, son mayores las probabilidades de que poseamos un alto sentido de la autoestima y, por ende, desarrollamos un verdadero sentido de identidad personal; aprenderemos a confiar en las reacciones que tenemos hacia el mundo exterior y nuestra imagen será entonces más justa. Estos sentimientos positivos sólo florecen en un ambiente donde los padres tienen un grado alto de autoestima, donde se tengan en cuenta las diferencias individuales, se toleren los errores y la comunicación sea franca y abierta.
Aprender a elevar nuestra estima, nos permite enfrentar la realidad, los buenos y los malos momentos desde una nueva perspectiva, lo que actúa favorablemente como retroalimentación para mantener alta nuestra valoración.
En la medida que cada uno de nosotros actúemos así y aprendamos a amarnos transmitiendo positivos mensajes de amor y estima en nuestro hogar; de la misma forma mejorará enormemente la salud mental de nuestro núcleo familiar y se expandirá a los lugares y demás personas que frecuentemos.

101 años de Panamá América

 
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