La capacidad para conducir la universidad
Mañana es la elección del Rector de la Universidad de Panamá. El término para el cual se elegirá al Rector, va del presente año 2000 al 2003; si bien, los efectos e impactos de la elección en curso trascienden ese trienio. En realidad de verdad, la decisión de los universitarios condicionará el rumbo de la más Alta Casa de Estudios del país por un período prolongado. Esa es una responsabilidad que concierne a los universitarios y por la que habrán de rendir cuentas ante la sociedad a la que se deben.
No se trata de un acto irrelevante y simple; y ello, entre otras, por las siguientes razones: En primer lugar, se trata de la elección del Rector de una Universidad que tiene tareas pendientes con el desarrollo nacional, humanista, solidario y sustentable, en particular, a través de la formación de profesionales con calidad, pertinencia y espíritu cívico, y a través de la producción, adecuación y transferencia crítica y constructiva de conocimientos socialmente relevantes.
En segundo lugar, no se trata de la elección del Rector de una Universidad provinciana, encerrada a la manera de un feudo medieval. A la inversa, se trata de la elección del Rector que deberá conducir la Casa de Octavio Méndez Pereira en un entorno nacional e internacional complejo y competitivo, en el cual la oferta de servicios educativos y bienes culturales está en continua expansión; un escenario, además, incierto y abierto, que acelera la circulación de capital intelectual y la flexibilización del ejercicio de las profesiones de nivel universitario, temas que están en la propia agenda de la Universidad de Panamá a través del CSUCA y que están presentes en los proyectos de negociaciones del país de carácter multilateral y bilateral. Por otra parte, la inserción del país en la sociedad del conocimiento y en el proceso de globalización, que comprende a los propios sistemas de educación superior, reclama de la universidad de hoy el desempeño de funciones y roles que sólo podrá atender bajo un nuevo modelo de liderazgo académico, capaz de cohesionar a todos los actores en torno a una visión compartida que provea de sentido estratégico a la cotidianeidad.
Sin embargo, como alguien ha sentenciado, en el caso de la Universidad el modo de gestionar los cambios, resulta tan importante como el contenido de los cambios mismos. La capacidad de gestión, por lo tanto, es un asunto crucial para el futuro de la Universidad y, en ese entendimiento, los universitarios reclaman del próximo Rector, entre otras, las siguientes competencias: Conocimiento profundo de los problemas centrales de la Universidad y capacidad para enfrentarlos con la participación de todos los actores; amplia cultura científica y humanista; capacidad para comunicar su pensamiento con claridad y fluidez; destrezas intelectuales, principios y valores de orden superior para analizar y jerarquizar problemas y orientar su propia actuación;
capacidad para tomar decisiones y firmeza para ejecutarlas; espíritu de tolerancia y flexibilidad ante la divergencia y la diversidad; habilidad para la negociación y la construcción de consensos en escenarios donde convergen actores diversos, con intereses contrapuestos y, a veces, en conflicto; disposición para el trabajo en equipo, para la consulta permanente y abierta a la participación; sentido de compromiso social y nacional.
Es evidente que esas competencias resultan absolutamente incompatibles con algunas prácticas electorales que, según denuncian diversas fuentes a través de los medios, persisten en ciertos ámbitos universitarios, tales como: La sustitución del debate alrededor de los asuntos medulares por el despliegue y ostentación de recursos propagandísticos. El "pieguerrerismo" expresado en operaciones sistemáticas de vandalismo para destruir la propaganda de los otros candidatos. El uso parcializado de los bienes y del patrimonio universitario. La coacción de un perverso bazar de ofertas de cargos en el gobierno universitario que pretenden alcanzar.
Categóricamente se debe reafirmar que esa no es "la universidad que tú te mereces", y, ante esas debilidades la mayoría de los candidatos y candidatas han venido mostrando las fortalezas colectivas que posee la Universidad, piedra angular sobre la cual asumirá los desafíos de esta hora.
No se trata de un acto irrelevante y simple; y ello, entre otras, por las siguientes razones: En primer lugar, se trata de la elección del Rector de una Universidad que tiene tareas pendientes con el desarrollo nacional, humanista, solidario y sustentable, en particular, a través de la formación de profesionales con calidad, pertinencia y espíritu cívico, y a través de la producción, adecuación y transferencia crítica y constructiva de conocimientos socialmente relevantes.
En segundo lugar, no se trata de la elección del Rector de una Universidad provinciana, encerrada a la manera de un feudo medieval. A la inversa, se trata de la elección del Rector que deberá conducir la Casa de Octavio Méndez Pereira en un entorno nacional e internacional complejo y competitivo, en el cual la oferta de servicios educativos y bienes culturales está en continua expansión; un escenario, además, incierto y abierto, que acelera la circulación de capital intelectual y la flexibilización del ejercicio de las profesiones de nivel universitario, temas que están en la propia agenda de la Universidad de Panamá a través del CSUCA y que están presentes en los proyectos de negociaciones del país de carácter multilateral y bilateral. Por otra parte, la inserción del país en la sociedad del conocimiento y en el proceso de globalización, que comprende a los propios sistemas de educación superior, reclama de la universidad de hoy el desempeño de funciones y roles que sólo podrá atender bajo un nuevo modelo de liderazgo académico, capaz de cohesionar a todos los actores en torno a una visión compartida que provea de sentido estratégico a la cotidianeidad.
Sin embargo, como alguien ha sentenciado, en el caso de la Universidad el modo de gestionar los cambios, resulta tan importante como el contenido de los cambios mismos. La capacidad de gestión, por lo tanto, es un asunto crucial para el futuro de la Universidad y, en ese entendimiento, los universitarios reclaman del próximo Rector, entre otras, las siguientes competencias: Conocimiento profundo de los problemas centrales de la Universidad y capacidad para enfrentarlos con la participación de todos los actores; amplia cultura científica y humanista; capacidad para comunicar su pensamiento con claridad y fluidez; destrezas intelectuales, principios y valores de orden superior para analizar y jerarquizar problemas y orientar su propia actuación;
capacidad para tomar decisiones y firmeza para ejecutarlas; espíritu de tolerancia y flexibilidad ante la divergencia y la diversidad; habilidad para la negociación y la construcción de consensos en escenarios donde convergen actores diversos, con intereses contrapuestos y, a veces, en conflicto; disposición para el trabajo en equipo, para la consulta permanente y abierta a la participación; sentido de compromiso social y nacional.
Es evidente que esas competencias resultan absolutamente incompatibles con algunas prácticas electorales que, según denuncian diversas fuentes a través de los medios, persisten en ciertos ámbitos universitarios, tales como: La sustitución del debate alrededor de los asuntos medulares por el despliegue y ostentación de recursos propagandísticos. El "pieguerrerismo" expresado en operaciones sistemáticas de vandalismo para destruir la propaganda de los otros candidatos. El uso parcializado de los bienes y del patrimonio universitario. La coacción de un perverso bazar de ofertas de cargos en el gobierno universitario que pretenden alcanzar.
Categóricamente se debe reafirmar que esa no es "la universidad que tú te mereces", y, ante esas debilidades la mayoría de los candidatos y candidatas han venido mostrando las fortalezas colectivas que posee la Universidad, piedra angular sobre la cual asumirá los desafíos de esta hora.