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La captura de Hussein


Como bien expuso el presidente norteamericano George Bush, la captura del ex dictador iraquí, Sadam Hussein, no supone el fin de la guerra. Pero, agregamos, puede contribuir a ello. El tirano constituía un factor de inestabilidad y un obstáculo, entre otros, por vencer, para reconstruir el país con base a un modelo democrático.
El hecho constituye además una victoria moral para las atribuladas tropas aliadas, cuyas bajas fatales, luego de anunciado el cese oficial de la guerra, se ha quintuplicado. Además, desvía la atención sobre los recientes escándalos de negociados hechos de las empresas proveedoras de suministros y servicios al ejército norteamericano, que afectan al vicepresidente Dick Chiney y la revelación de información que indicaría que tanto los gobiernos estadounidense y británico sabían de antemano que no había armas de destrucción masiva en poder de Irak, que fue la razón que justificaba la invasión y el derrocamiento del tirano.
El presidente Bush da así un paso necesario para su reelección, seriamente comprometida por los escándalos y por la presión militar de la resistencia iraquí, que en los últimos dos meses se ha dado el lujo de derribar una decena de helicópteros de combate, causando veintenas de bajas. La imagen de Sadam, examinado por un dentista en condiciones humillantes, es un buen tanque de oxígeno para el gobierno norteamericano y la comandancia de sus tropas, complementado luego con un toque de nobleza de vencedor, cuando reconoce sus derechos de prisionero de guerra, al margen de las responsabilidades que le corresponden por los crímenes cometidos.
Pero de aquí en adelante no hay sino riesgos. Saben que no pueden perder el impulso y deben tender puentes hacia los actuales comandantes de la resistencia armada iraquí; tanto a la que continuaba siendo leal al ex dictador, como a la independiente y nacionalista actual, en procura de que se sumen al esfuerzo de reconstrucción. Así lo sugirió el presidente Bush en su breve intervención.
Las bases para la pacificación del país están sentadas. Continuar con la resistencia, cuando las potencias ocupantes han expresado su intención de marcharse cuanto antes, carecería de sentido. Los iraquíes bien podrían gobernar su país y ocuparse de la reconstrucción con la ayuda internacional, en especial, la de los aliados.
¿Qué espera a Sadam? Lo más probable es que un juicio ante el Tribunal Penal Internacional, igual al que se sigue contra el dictador serbio Slobodan Milosevic. Ambos enfrentan cargos de genocidio y otras graves violaciones a los derechos humanos. En fin, el hecho constituye una espléndida noticia.
El manejo de la cosa pública se ha convertido en un negocio demasiado lucrativo para confiarlo a los actuales políticos. Lo menos que debemos exigir los ciudadanos de este tan explotado país, es que se nos informe con regularidad y veracidad sobre la suerte de nuestros billones de la posteridad.

101 años de Panamá América

 
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