La caricatura: ¿Humor, arte o infamia?
Docente y periodista
Presentar alusiones subjetivas con el uso de una pluma o lápiz han convertido a la caricatura, desde 1840, en polígono de dimes y diretes, y todavía más: agregó un embrollo más a la agenda de picapleitos con ganas de pecunio y protagonismo.
Si bien los ejemplos sobran en Panamá, analizarlos uno por uno, es una tarea para decenas de trabajos de grado. Cada caso parece peculiar. Desde las atrevidas insinuaciones a desvaríos sexuales --amenizados por las tortillas fritas de los desayunos panameños- hasta poner dinero en los bolsillos de un mandatario, insinuando que el siempre influyente dólar compró otra conciencia.
Pero todas estas producciones de rasgos exagerados tienen algo en común: lo subjetivo de un mensaje de trazos y de textos, últimos que reciben ya no el saludo de la plumilla sino un atroz castigo al idioma...Sino me cree, examine los mensajes escritos que acompañan estos ejercicios de arte y de humor.
Una caricatura, firmada por RAC (¿ nombre artístico? ) ha provocado, durante los dos últimos años a la fecha, la más grande marea, no roja sino de elegías, titulares y noticias, que han ocupado páginas y columnas del diario que la publicó.
Los flagelos sociales parecen reducidos --al mínimo de las pulgadas columnares-- ante esta vorágine de textos, negritas, recuadros e imágenes dedicados a una caricatura que tuvo como protagonista principal al político, ex catedrático y ex gobernante Ricardo Arias Calderón.
En resumen, un ensayo dedicado al culto a la libertad expresión, que permite al lector disfrutar los alcances de todos los recursos propios de los géneros periodísticos a que alude Martín Vivaldi en sus rememoradas obras de redacción.
Y en estas angustias de la pluma y las travesuras, no escapa un tema que parece redundante y agotado: ¿Es la caricatura una creación ajena a la manipulación y al engaño? ¿Es capaz de denigrar a una persona o irrumpir en el derecho a la intimidad? ¿Puede una coyuntura de intereses inducir a producciones dirigidas contra una persona?.
Con respecto a la primera interrogante, vale traer a colación lo expuesto por el catedrático de la Universidad Complutense Francisco Vásquez en su Manual de Deontología Informativa: ¨no obstante, aunque no exista objetividad en términos absolutos, el informador debe hacer lo posible para dejar a un lado sus intereses, pasiones y otros condicionantes que le llevarían a manipular la información¨.
El (La) lector(a) meticuloso(a)que ve el trasfondo de los hechos, también hace ejercicios de investigación o subjetivismo del carácter e intención del dibujo. No deja de percibir, que la obra coincidió con la elección de una nueva directiva en el diario aludido.
En la caricatura, que motivó una querella legal del agraviado, resalta la figura de la muerte --con su guadaña y capucha-- (en ésta se lee PRD)que agarra en una de sus manos al político, quien a su vez, porta una bandera que dice Meta. Pero hay un detalle en el cual el caricaturista resume la connotación de su mensaje: la sangre que salpica a RAC (el demandante).
Y es que la cuestionada obra, cuyo símbolo es la muerte, coincidió con un período clave en intereses y matices, incluso políticos, en el matutino que la publicó: la elección de una nueva directiva. En un interesante artículo de Sabrina Bacal, publicado en el mismo diario el 10 de enero, ésta es explícita: ¨La caricatura fue realmente una manifestación de la enemistad que mantiene el diario La Prensa y el Dr. Arias Calderón¨.
Ese día, el investigador de mercado Jaime A. Porcell Alemán, en un artículo titulado La Caricatura Infame parece poner el dedo sobre la llaga, cuando sostiene ( en cuanto a interpretación de la caricatura en término general) y la subjetividad (en lo relativo a interpretación de su mensaje): Nuestra tolerancia dispone de límites movibles que tiene que ver con la relación histórica entre vacilado y vacilador, incluso con el humor del momento.